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Edición Nº 1754 |
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La Crisis
en el Interior
Escribe ENRIQUE CHAVEZ EN Tizoc (1956), clásico del cine mexicano, un altivo príncipe tacuate caracterizado por Pedro Infante tiene que enfrentar la discriminación de los mistecas. Se le salía, metafórica y no peyorativamente, el indio. En los últimos días, la Policía Nacional ha tenido su propio monarca insurrecto. José Tisoc Lindley, director general de la PNP, y el ministro del Interior, Gino Costa, terminaron de romper unos frágiles palitos. La crisis que se desató en el sector policial puso en riesgo la existencia misma de la Reestructuración Policial y tenía a una corriente de Perú Posible preparada para tomar la posta. ¿En qué momento lo que parecía una relación laboral tolerable se transformó en una olla a presión? La química entre Costa y Tisoc nunca fue ideal. Se conocieron cuando el primero era viceministro y el segundo secretario general del Ministerio. Costa no lo tuvo como su favorito para reemplazar al general (r) Fernando Santistevan en la Dirección. Pero el entonces ministro Fernando Rospigliosi y el presidente Alejandro Toledo favorecieron la elección. Tisoc (54) era conocido por Toledo desde la campaña presidencial. Es hijo de un cusqueño general de la Policía y una de las integrantes de la familia Lindley, ex accionista mayoritaria de Inca Kola. Se le conoce por ser un oficial de fuerte personalidad, con significativo grado de liderazgo. Ocupó cargos operativos como aviador policial y fundador del Escuadrón de Emergencia. Antes de ocupar la Secretaría General, tuvo puestos en la dirección de Bienestar y como jefe de región en Chiclayo.
EL ROMPIMIENTO A mediados de diciembre Tisoc llegó hasta Costa con su propuesta de ascensos. Sin consultar con el ministro, había llamado a todos los generales a Lima para realizar la votación por balotaje. Esto disgustó a Costa que respondió conformando un equipo -integrado entre otros por él mismo y el viceministro Carlos Basombrío- encargado de entrevistar a los 36 coroneles con posibilidades de ascender. Así, se llegó a una lista de 12 nombres que presentó a Toledo para su aprobación. Lo que más mortificó a Tisoc fue que no se ascendió al coronel César Arana, jefe de su gabinete de asesores y miembro de su promoción. Las diferencias se agravaron con la invitación al retiro de los generales. El inspector general de la PNP, Oscar Seclén Núñez del Arco, estaba en la relación que Costa llevó a Palacio. En círculos cercanos al director general se comentó que su intención era dejar a Seclén en su cargo, ascenderlo a Teniente General en julio de este año e invitarlo al retiro en diciembre, cuando ya debía jubilarse. Ambos hechos fueron interpretados por Tisoc como duros golpes contra su autoridad. La presencia de Arana era percibida por el ministro como perturbadora y contraria a la reforma. Según esta lectura, él era quien le "calentaba la oreja" al director general. En el caso de Seclén, se le reprochaba su gris desempeño en la Inspectoría, ya que no llegó a encontrar responsables por hechos recientes de corrupción. Fuentes policiales consideran que ascender a Arana y mantener a Seclén por unos meses más le hubiera resultado políticamente rentable a Costa. Era una concesión que no demandaba un costo muy alto. Todo da a entender pues que el titular del despacho se decidió por enviar una señal inequívoca al precio que fuera: aquí mando yo. Luego de ese punto de quiebre no hubo marcha atrás. El 31 de diciembre se condecoró a los nuevos generales. Asistió todo el Estado Mayor de la PNP, excepto Tisoc. Ese mismo día llevó su carta de renuncia a Palacio. Toledo se encontraba en Brasilia. Luis Arias Grazziani, general FAP (r) y asesor presidencial en materias de seguridad, le devolvió la carta y le hizo notar que el canal regular para presentarla era el Ministerio del Interior. Apenas Toledo retornó el 2 de enero, Costa fue a visitarlo para hacerle saber su malestar y darle a entender que, a su parecer, Tisoc debía irse. Quizá esperando que las aguas se calmasen por sí mismas, el mandatario dejó pasar unos días. El fin de semana último, le propuso a Costa que el director general se quedara hasta febrero. Luego se vería. Tisoc no ratificó ni desmintió su renuncia ante la prensa.
El lunes 6 Costa viajó a Chota para presentar la nueva ley de rondas campesinas. En el aeropuerto de Cajamarca le dijo a los periodistas que "nunca pensé en renunciar. Es la presencia del director general la que estuvo en cuestión". Como si fuera necesario un puntillazo final a la maltrecha relación, a su regreso Costa se encontró con que Tisoc había designado al general Jorge Ernesto Cateriano Portocarrero como nuevo inspector general. Cierto, el cargo era interino, pero de nuevo Costa esperaba una propuesta de Tisoc para discutirla, no que él presentara la designación como un hecho consumado. La mañana del martes 7, Costa decidió que, de no recibir un respaldo explícito del Presidente, abandonaría el cargo. Fernando Rospigliosi, ex ministro y actual director del Consejo Nacional de Inteligencia, se dirigió a la sede de Interior. Confiaba que su excelente relación con los dos personajes en discordia ayudaría a solucionar la crisis. Luego de conversar con Tisoc y almorzar con el ministro y su equipo, concluyó que lo menos perjudicial en las difíciles circunstancias era el relevo del director general. Costa tenía su renuncia redactada pero decidió visitar a Toledo para intentar por última vez. Lo recibió luego de grabar su mensaje a la Nación (ver nota aparte). Le ratificó su confianza y de allí mismo llamó a Tisoc, que aceptó la subordinación. El miércoles 8, Costa anunció que el general Carlos García Molledo ocuparía la tan disputada inspectoría. Trascendió que él, apenas anunciado como nuevo jefe de Estado Mayor por Tisoc, es también el candidato favorito para ser nuevo director general. Durante los próximos siete días, el reforzado ministro anunciará nuevos cambios. Por encima de las personas y lo lamentable de las pugnas, está la reestructuración de la institución. Sectores del partido de gobierno todavía consideran Interior como un botín político y tienen las cañas listas para picar en río revuelto. Con buen criterio, el Presidente decidió esta vez que la pesca se quedaba en Punta Sal.
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