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Edición Nº 1754 |
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CIERTOS chilenos, como los nuevos ricos, parecen creer que el dinero lo puede todo. Y aparentan no percatarse de que si han invertido en el Perú no es por amor a este chancho sino a sus chicharrones, es decir a las jugosas ganancias que obtienen en el país, lo que no los autoriza a hacer aquí de las suyas. No somos nosotros los que no queremos a los chilenos "por razones históricas y por obvias frustraciones comparativas" como, con insoportable arrogancia, afirma un lector de esa nacionalidad en carta publicada en el último número de esta revista. La gran cantidad de empresas chilenas que trabajan en el Perú y que no tienen de qué quejarse, lo demuestra. Claro que a algunos de sus empresarios, que tanto admiraron y siguen admirando a Pinochet, no les extraña nada que uno de ellos, el más rico y poderoso, converse y confabule con il cappo di maffia Montesinos para conseguir beneficios. Parecen creer que todo método es bueno para obtenerlos. ¿Por la razón o la fuerza? Observando el caso Lucchetti y la reacción del presidente Lagos, uno se pregunta ¿quien manda en Chile?: ¿Andrónico Luksik? Está bien que el socialismo esté de capa caída, pero eso de servir de vocero de un momio (¿no era así como llamaban los socialistas a los de la derecha económica?), de un empresario capaz de conversar y pactar con la mafia, me parece demasiada decadencia. ¡Qué pena! El sátrapa Fujimori se atrevió a decir que va a regresar para restituir no sé qué jerarquías en las fuerzas armadas, o algo parecido, porque no estoy muy atento a los mensajes que manipula desde su cubil. ¡Él, que obligó y condujo a los altos mandos de las tres armas al más vergonzoso, humillante y aberrante acto de sumisión y subordinación que se conozca en la historia de las fuerzas armadas, cuando los altos oficiales tuvieron que ir a firmar llevando su sello, su sujeción a Montesinos! ¡Él, que nos sometió a los peruanos a una casi derrota total ante el Ecuador y que mantuvo durante ocho años al mando al desvergonzado general Nicolás de Bari Hermoza, que se embolsicó no sabemos aún cuántos millones y que por ello ha ido a parar con sus jamones a la cárcel! ¡Él que protegió y aupó a una cúpula corrupta (Gral. Víctor Malca, por ejemplo), corroyendo el espíritu de nuestros militares a un grado jamás visto! ¡Qué tal desvergüenza! La televisión por cable suele pasar películas que llevan esta información por delante: El siguiente programa ha sido modificado para que sea apto para todo público. Eso me parece un abuso, porque constituye una censura. Si una película no les parece conveniente tal como fue filmada, entonces, en vez de modificarla (es decir cortarla, alterarla), deberían pasar una verdaderamente adecuada, de las que hay en abundancia. Algo verdaderamente increíble resultó el largo reportaje que el Canal "N" le dedicó el domingo 29 a la grotesca, regordeta, trajinada y patética vedette Monique Pardo. La audiencia del "N", entre la que me encuentro, se merecía un poco más de respeto. En un mural callejero, frente a un inaudito basural, se lee, evidentemente escrito con toda buena intención, el siguiente lema: Leer nos hace grande (sic). La falta de concordancia revela, justamente, la falta de lecturas del que lo pintó o mandó pintar. Hace poco, para hacer tiempo antes de un compromiso, hice algo insólito para mí: a las siete de la noche entré y me senté en una de las bancas de la gran nave central de la iglesia de San Pedro, en el centro histórico de Lima. En esos momentos, un sacerdote rezaba el rosario desde el púlpito, acompañado por el eco de los fieles allí presentes. En mi misma banca un hombre joven, vestido de forma modesta, recitaba con dedicación pero sin alarde todas las letanías, perdidas en mi memoria de escolar marista. Aprendí así que hay aún jóvenes que creen y que tienen fe, y que no piensan que rezar es una cosa de viejas beatas; y supe que los jóvenes, aún hoy, son capaces de algo más que divertirse como loquitos, tal como los caricaturizan en los comerciales de cerveza. No perdí nada de mi agnosticismo en la ocasión, ni recibí la revelación que mis buenas tías reclamaban al Cielo para mí, pero me di cuenta de que aún nosotros los agnósticos creemos. En el hombre y en los jóvenes, por de pronto. Los supremos del Poder Judicial, con el apoyo de ciertos medios (el director de "Cambio" principalmente), parecen creer que el Presidente de la República debe ser un convidado de piedra en esta fiesta democrática inaugurada hace tan poco tiempo. Según ellos, nada menos que el primer mandatario debe permanecer callado y silencioso para no ofender la buena conciencia de quienes son responsables de la administración de justicia que, si bien está en sus manos como debe ser, concierne a todos los peruanos vigilar. Tanta sensibilidad como la demostrada debería más bien estar concentrada en obtener mejores y más rápidos resultados, sin echarle la culpa a nadie por la carencia de estos. Y todos los peruanos, y por cierto el Presidente de la República, tenemos el derecho de sentirnos molestos con la exculpación de Montesinos por el atentado al Banco de la Nación, evidentemente planificado por él. El Presidente también tiene el derecho a opinar que la Constitución consagra. El Instituto Cultural Peruano Norteamericano acaba de inaugurar lo que deberíamos llamar El Año Basadre, en razón de celebrarse el próximo 12 de febrero el primer centenario del nacimiento del reconocido historiador y humanista, de quien tuve el altísimo honor de ser su amigo. Espero que muchas otras instituciones, y por cierto la Biblioteca Nacional, que Basadre reconstruyó y dirigió, se añadan a la iniciativa. Si es que no lo han hecho ya.
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