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Edición Nº 1754 |
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Por JAIME BEDOYA
UNA ola más llega a Cerro Azul. Ha recorrido durante cinco semanas miles de millas de océano alejándose de su propia fuente, una desapercibida tormenta tropical próxima a las islas Marquesas. La ola no será la más grande del día, tampoco la más pequeña. Como tumbo guarda una velocidad constante, ondulando elegantemente las aguas conforme se desplaza. No es agua lo que se mueve, es el efecto del viento sobre su superficie, la transmisión física de un ímpetu que hace a los mares ejemplos puros de perseverancia. El zócalo continental cañetano desacelera la base sumergida de este ritmo transocéanico, empinando la ola e incitándola a desprender su cresta sobre sí misma. Esta ha llegado al punto mágico propio de aquellas playas que hacen coincidir su indefectible muerte en la orilla con la posibilidad de ser surcada por única y última vez. En Cerro Azul este punto se ubica junto a las peñas detrás del morro que recibe el nombre de el Fraile cuando se ve desde el muelle, llamado el Cóndor cuando se ve desde la playa. Los tablistas locales simplemente le llaman La Piedra. Cuando la ola empieza a reventar y el violento susurro de su espuma móvil reverbera bajo la fibra de vidrio hidrodinámica, la ola trasciende el morro que funge de bastidor natural, deslumbrando a su jinete con el generoso escenario de su debut terminal en tierra firme: el salón acuático de Cerro Azul1. El paisaje de fondo es fundamental y toponímico, un cerro terracota que es lo que queda de la fortaleza que cambiaba de color entre el azulino y el verde según Middendorf2, y que Pachácutec, el verdadero, mandara levantar en honor a las proezas militares de Cápac Yupanqui. En el vértice horizontal del panorama, casi a espaldas del tablista conforme éste se desplaza en una diagonal rumbo noroeste, dunas de reflejos violáceos se suceden hasta llegar a la antípoda geológica establecida por la presencia magenta de Cerro Colorado. Es ahora cuando la pared esmeralda de la onda ejerce su mayor poder, bautizando paganamente a quien la corre con rocío salino de virtudes equilibrantes: todos somos tres cuartas partes de agua. El proscenio líquido tiene un límite no definitivo3, la hermosa e inútil elongación de un muelle vuelto obsoleto en los setentas por el pragmatismo comercial de la Panamericana Sur. Más que muelle es columna, con vértebras y ligera escoliación lumbar perceptible hacia donde su extremo toca el mar, que da soporte al balneario propiamente dicho a la vez que ofrece al veraneante una gama de posibilidades recreativas que abarcan el paseo cortés tanto como el drama suicida4. La base cervical del muelle conduce al malecón, cuya autoridad reposa en las viejas edificaciones de madera y quincha que han sobrevivido a los alcaldes y a sus pasadas vidas de dependencias aduaneras de cuando el lugar mereció en 1886 el calificativo oficial, injustamente subestimado, de puerto menor5. La ola, ya con poca fuerza y tiempo de vida, obliga sobre la tabla a una acompasada arremetida corporal análoga a la dulce pero firme mecánica amatoria. Se anticipa así, a fin de no quedar marginado de su menguante espíritu, la virtual necesidad final de surcarla desde el extremo último de la tabla, maniobra de inercia pura que sin embargo requiere de la delicadeza con la que Kuan Chang Kein6 caminaba sobre el papel de arroz, sin romperlo, en el templo Shaolín. A estas alturas la ola cruza la fachada de la tradicional posada restaurante de don Saturnino Herrera, don Satu, y entonces se sabe que bajo el agua puede acechar alguna viga del antiguo muelle, el mismo en donde atracó en 1899 el vapor Sakura Maru trayendo los primeros, y honrados, japoneses al Perú. En ese mismo muelle fantasma, era junio de 1881 y Lima ya llevaba cinco meses ocupada por un ejército invasor, desembarcaban del crucero chileno Amazonas 120 hombres de caballería y dos cañones con los que harían una matanza de negros y cholos en Cañete. La historia queda sumergida bajo agua (las piedras de este antiguo muelle fueron utilizadas para rehacer el malecón del Callao destruido por el maremoto de 1687), y la ola ya es casi toda feble espuma, otro espectro. El cambio de ritmo encuentra su compensación y sosiego al confrontar desde el agua la cercanía del malecón y la autenticidad de sus habitantes: los ingenuos delfines de yeso que sobrepueblan las calles como sutil guiño a una crónica de Cieza de León7, los dos contiguos y leales vendedores de fresca raspadilla de higo cañetano hecha con hielo de la fallida fábrica de harina de pescado, los emprendedores hippies que venden artesanías en horario corrido, las golondrinas que anidan en el techo de don Satu, el comienzo del Jirón Comercio donde la gente hace siesta con la puerta abierta, la siempre cerrada discoteca Waimea, el festivo colorido de la dulcería El Mundo de las Golosinas, el kilo de pejerreyes a un sol, y la manada de niños cerro azuleños tostados por el sol y de ropas de baño raídas que corren olas con todo adminículo capaz de flotación que tengan a su alcance. La purificación de vivir junto al mar. Es decir, un pueblo marino de verdad, y no la ostentosa impostación que ha convertido a las inocentes playas de Asia en una sucesión de ghettos de lujo de civilizada raigambre facistoide. Evitando la zona rocosa de poca profundidad que domina el centro de la playa, el plácido tramo final hacia la orilla suele hacerse acostado sobre la tabla hasta donde el fondo arenado lo permita. Surcar una ola en Cerro Azul tarda aproximadamente 30 segundos. Parecerían más. ___________ 2 Cambio cromático que atribuía a la tilancia, planta epífita de la misma familia de la orquídea que crecía en la huaca. 3 Hay referencias legendarias a un campeonato internacional, años setenta, en que una inmensa crecida hacía posible cruzar el muelle zigzagueando temerariamente entre sus pilotes. 4 En fecha imprecisa la escritora Miranda Archimbaud se lanzó al mar desnuda desde aquel muelle. 5 Los puertos mayores peruanos usualmente apestan a harina de pescado. 6 "El Pequeño Saltamontes" magistralmente intrepretado por el tan venido a menos David Carradine. 7 Se remite a que la primera vez que los españoles vieron un delfín fue en el mar de Cerro Azul.
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