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Edición Nº 1755 |
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24 Horas
En el Delito
El pasado jueves 9, la Municipalidad de Lima y el Ministerio del Interior firmaron el Convenio de Cooperación y Asistencia Recíproca. Allí, las entidades se comprometen a conformar comisiones que tracen directrices para combatir la delincuencia común y mantener el orden público. Pieza clave para implementarlas serán las Unidades de Emergencia, fusionadas desde agosto con Radiopatrullas. Son 380 camionetas y tres mil efectivos atentos a cualquier emergencia. CARETAS los acompañó durante un sábado, lo suficiente para comprobar que la capital no da cuartel. Escribe ENRIQUE CHAVEZ EL hombre mayor tiene frescas las costras de los brazos. Le dedica
a los policías una sonrisa desdentada e intenta aplacar a su compañero.
"Son la autoridad, sus razones tendrán", le dice al flaco achorado
que tiene entre sus manos un bolo de malabarista. Por su torso surcado
de chavetazos no asoma un gramo de grasa. Está en los Barracones
del Callao. Está furioso. -¿Me vas a tomar fotos, mierda? A lo largo del día, la pregunta se plantea desde diferentes aproximaciones. Los fumones la hacen idos y los ladronzuelos cancheros. Las meretrices profieren insultos de creatividad callejera. En todos los casos, CARETAS baja de una camioneta perteneciente a las Unidades de Emergencia de la Policía. Para ellos, es un sábado cualquiera. En la actualidad, la jefatura de la Avenida 28 de Julio, en La Victoria, es el hogar de diez escuadrones: Acciones Tácticas (EAT), Desactivación de Explosivos (EDEX), Seguridad de Bancos (ESBANC, integrado por Aguilas Negras) y siete equipos que peinan toda la ciudad. "Cuando capturas a los miembros de una banda sientes que anotaste un gol", explica un suboficial. Antes de hacer puntos, los policías que van a integrar los escuadrones de emergencia siguen un curso básico de dos meses. En los años siguientes, pueden optar por recibir instrucción especializada en rescate de suicidas y rehenes, seguridad bancaria o desactivación de explosivos. El límite para gozar de plena actividad, dice el suboficial, es de unos 40 años. Eso siempre que la barriga y las piernas no sugieran otra cosa. A partir de entonces, cuenta un policía que cruzó esa barrera, "al choro lo tengo que agarrar durante las dos primeras cuadras". Los turnos son de 24 horas. Se descansa un día y se trabaja otro entero. La flota total de camionetas en las unidades de emergencia es de 380 y los hombres son tres mil. A ellos hay que agradecerles que los limeños pasaran las últimas fiestas en relativo silencio y tranquilidad. Un alto oficial afirma que, con el apoyo del Ministerio Público y la DISCAMEC, se redujo el comercio de pirotécnicos en un 80% frente al año pasado.
El informe de la Comisión de Reestructuración de la Policía tuvo varias coincidencias con el presentado por el famoso ex policía neoyorquino William Bratton. Para reducir la criminalidad que combate Radiopatrullas es necesario dinamizar los servicios policiales, obtener información detallada en tiempo real -"mapeo"- e imponer "tolerancia cero" ante el crimen. "Nuestro trabajo es en vano", se lamenta un suboficial, "si es que tienen a los delincuentes un par de horas en la comisaría y luego los sueltan". Un alto comando afirma que "la ley no nos permite detener a las personas si no hay un delito flagrante. Hay pocos fiscales para apoyar nuestra labor y además en la ciudadanía existe una cultura de irrespeto por la Policía". UNA SOLA BALA "Puntualidad, obediencia, el dinero no puede doblegarte". En el techo del comedor de la Jefatura se leen máximas pintadas en meses recientes. Los excelentes frejoles acompañados de lomo al jugo -servidos por una señora encantadora que amenaza con castigar a todo el mundo-, facilitan un momento de distracción. A pesar de los estrechos recursos, se intenta motivar a los efectivos sirviéndose de la identificación con el equipo y otros estímulos. Internamente se otorgan diplomas, estatuillas y días libres para quienes cumplen con tareas destacadas. También son elevados partes administrativos que recomiendan ascensos y felicitaciones. Por desgracia, el constante desorden de afuera no deja siquiera que la institucionalizada pachamanca de los viernes sea digerida con el solaz merecido. En cualquier momento, el llamado canalizado por la central 105 los obliga a dirigirse a algún punto de la capital. Le pasó al brigadier Gonzalo López, que el pasado octubre fue a salvar a un niño al que unos delincuentes tenían de rehén. Lo hizo al costo de su propia vida. "A veces me pongo a llorar cuando veo a mis hijos dormir", confía un efectivo. "¿Qué pasa si me cae una bala? Sólo una. A la mañana siguiente mi esposa me dice cuídate, yo sé que vas a regresar. Le respondo sí mamita. Pero me voy con el bobo haciendo pum, pum, pum".
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