Edición Nº 1755


 

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    16 de enero de 2003

    Por LORENA TUDELA LOVEDAY

    Pucha, Suddenly in Summer

    TE lo juro que este país es más complicado que Babilonia y sus jardines colgantes, cómo te explico. Te cuento, ¿ya? Bueno, me mudé a Kapa Lapa, como todos los años por esta época, hija, porque no hay nada que me reconcilie mejor conmigo misma que, pucha, estar absolutamente sola, metida en mi mundo interior un sábado a las seis de la tarde en mi terraza, o sea, mirando el sol diluyéndose entre las islas de Asia, mientras Pocotón Díaz Ufano se cae de borracho a mi costado, Maripí sigue hablando con Mariló del michelín que le ha salido a Sue justo este año, cuando ya parecía que agarraba viaje con un gringo pajarón más millonario que todos los de Osma juntos; Pocotón y Mariafé se dicen vela verde porque así es la vida y mis nuevos vecinos -que creo vienen de un cono- sacan los parlantes a la playa y ponen el disco de unas semifeudales que se llaman Agua Bella y por eso ya no hay muchachas en Lima, no sé si me entiendes. Yo no sé qué ha pasado con el reglamento de la playa pero si seguimos así, qué quieres que te diga, el año que viene va a ser un must bajar a tu toldo (con logo de Kola Real) a tomar sopa en bolsa de plástico con tus primos mellizos el Cléver y el Never, yo sé que tú me entiendes.

    Bueno, el fin de semana pasado estábamos así de relajados cuando en eso Maridé me dice, "China, prepárate algo para comer porque Pocotón está con el estómago vacío y ahorita se le sale la botella entera de vodka por la úlcera". Joder, pero ya, llamé a Jessikah's Jesseniah's y le di el encargo. Por supuesto, como siempre, me contestó: "No hay nada en los refrigeradores, señorita China". Concha la de la lora, me la llevé a la cocina, le abrí las despensas, la congeladora y las dos refrigeradoras y mientras se salían trotando los jamones, los quesos, las ostras y los lenguados, le pedí con todo el paternalismo del que soy capaz: "Prepárate una pasta sencillita ya pero ya, si no quieres regresar a tu pueblo joven a vender marcianos". "¿Pasta?", me contestó con una cara como si estuviera chupando toronja, "ay señorita China, no me gusta nada la pasta que usted compra, yo prefería mil veces los Lucchetti".

    Ay, no sabes, sentí que el piso se abría debajo de mis pies, pucha, ante la evidencia de que ellos, que son pobres, humillados y ofendidos como personajes de Dostoievski, o sea, por lógica deberían estar del lado de los más desheredados de la tierra (los pobres animalitos), cómo te explico, ahora me salían en defensa de esos chilenos desalmados que no tienen la menor consideración por la garza azul (polimorphae peruviana), el bellísimo cuchivives pico de espátula (espatulorum limensis), la noble cotorrilla de agua dulce (parlantis chorrillanae) o mi favorito, el gallinazo cura sin cabeza (horridus pajarorum), todos, pucha, en peligro de extinción.

    Te juro que me traumé de tal forma ante tal desencuentro psicosocial y entendí tanto del por qué no podemos nosotros tener un desarrollo sostenible (porque a ellos les vale madre la naturaleza), que casi llorando salí a la terraza y me puse a mirar la entrada de la noche sin poder creerlo. En eso viene Maridé y la cojuda me insiste, "China, ¿vamos a comer o no?" Pucha, no me aguanté, volteé y la solté toda, a gritos, extenuada de tanta falta de sensibilidad: "¡Los pobres no tienen ninguna conciencia ecológica, nuestro planeta se está recalentando, no vamos a durar ni una década más, a los sectores C y D les importa un cuete y tú lo único que quieres es tragar!!!!!!"

    Hija, cómo te explico que ante mi arranque de rage de vivre, pucha, a Pocotón se le pasó la borrachera más rápido que con los tiros que milagrosamente no tenía ese día y cómo habrá sido de intenso mi comentario que Maripí y Mariló dejaron de destrozar a Sue, algo tan rico para una tarde de verano. Y lo peor de todo, pucha, es que cuando les conté lo que me había dicho la Jessy, pucha, todos estuvieron de acuerdo con ella, a favor de los chilenos, aunque claro, precisando que la pasta Lucchetti era regia para sus empleadas porque las engordaba menos pero que a sus mesas llegaba la misma Santangelo que en ese momento se cocía al dente en mi cocina. Te juro que cuando me di cuenta de que hay temas en los que, pucha, o sea, se juntan ellos con parte de nosotros, cómo te explico, comprendí que nos falta horrores para ser un país moderno, ¿no te parece? Por eso es que me pareció que era mejor no apurarse con la historia, saborear los excelentes papardelle al fuocco que la Jessy nos había preparado y retomar el asunto del michelín de Sue, que la verdad, está como para que Andrónico Lucsick venga y se lo industrialice. Chau, chau. (Rafo León).


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