Edición Nº 1757


 

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    ARTES & ENSARTES 30 de enero de 2003
    Por LUIS E. LAMA

    Madonnas del Futuro

    1.- Leo a Arthur C. Danto, autor del título de esta nota, y coincido cuando él sostiene que hoy, lo más estimulante en materia de arte, es precisamente aquello que cuestiona los límites del arte mismo. En tiempos que resucitan la añeja polémica entre lo popular y lo elitista, la definición de lo que es el arte en el Perú parece aún pendiente. Posiblemente la nueva generación entrenada en el vídeo-clip, que navega -sí, en muchos conos hay cabinas- o calma ardores en el chat, encuentre una respuesta más rápida en aquellos artistas que recurren al vídeo, a la web art, o al CDROM, que en la pintura tradicional.

    2.- La reflexión en torno a la tecnología y a los límites del arte obedece a la exposición "El método de la duda". Allí se reúnen 7mujeres que, saludablemente, evitaron hacer una muestra de género para dedicarse a lucubrar en torno al dilema cartesiano del: ¿Quién soy? Cada expositora tiene una respuesta disímil y, paradójicamente, el conjunto funciona, porque el contenido es uno solo: el cuestionamiento de lo que debe hacer un artista en un entorno endogámico que aún debate sobre tradición y contemporaneidad.

    3.- Margarita Orihuela presenta una vídeo-instalación que pudiera apreciarse como un ácido comentario de nuestras clases sociales, pero resulta infinitamente más compleja en sus múltiples meandros. Las secuencias se suceden a un ritmo que se vuelve vertiginoso hasta derivar en avalancha de información. Su obra, que llega a ser alucinatoria, adquiere nuevas dimensiones gracias a los vacíos de la superficie proyectada y a los círculos que la complementan, multiplicando el poder de un vídeo, que aún abstrayendo su significado, tiene un rigor que no elude lo irónico ni lo macabro. Nicole Franchy agudiza el caos urbano y acentúa la paranoia con un desquiciamiento del lugar, al fotografiar espacios distantes que reconocemos, pero que reunidos sobre una sola superficie nunca lograremos identificar. Sus murales tienen ese carácter onírico, o -citando a Borges- de sueño dentro del sueño, capaz de transformarse en pesadilla.

    4.- Sylvia Fernández trabaja una dicotomía que pocos se atreven a tratar: mujer y/o/vs. madre. Su casa con juguetes gigantescos ubica a los espectadores a la altura de un niño. Allí somos liliputienses o la Alicia de Carrol. En cambio, las pinturas sobre impresión digital nos devuelven a la madurez. Son cuadros en los cuales acentúa con la pintura los símbolos infantiles, mientras que el rostro materno es anulado por brochazos que anulan su identidad para resaltar la del hijo. Ella opta por un acerado susurro que puede resultar devastador, porque de allí, sin proponérnoslo, salimos convencidos que la (p) maternidad no es la única salida posible. Gabriela Hennig crea una especie de laboratorio taxidérmico en el que indaga sobre elementos naturales -algas y pieles de pescados- que van adquiriendo matices y texturas dependiendo del proceso empleado. Hay también un enfrentamiento entre naturaleza y civilización, cuando integra las tiras de piel a objetos industriales -el tambor de lavadora, el horno, la reja- haciendo que la grasa se impregne al tacto a medida que las escamas van hundiéndose en nuestras manos. El conjunto es sutil y mórbido, su rigor ejemplar. Y Beuys, nuestro maestro, puede descansar en paz.

    5.- María Fe Flórez Estrada trabaja grandes impresiones digitales sobre las cuales ha impreso caligrafías que vinculan al catolicismo y al judaísmo. El primer plano de su rostro con las inscripciones resulta emblemático, pero su foto recibiendo la hostia con caracteres hebreos, resulta verdaderamente subversiva frente a todo dogmatismo religioso. Sigrid Ross crea una cámara oscura para mostrar la confrontación entre dos culturas. Ella recurre a la escultura, al diseño, la fotografía y el ready-made, para mostrar la condición de ser una alemana del Perú. Su silla cromada es un magnífico trabajo multidisciplinario, cuyas púas, cruzadas sobre el asiento, eliminan toda posibilidad funcional y al mismo tiempo se transforma en memoria del Berlín natal. Talía Ellenbogen tiene la obra más hermética. Dos cajas del tamaño de una mujer promedio que a la altura del vientre tienen dos perforaciones en las que se aprecia sólo un punto de luz. En una pantalla la luz se acerca y en la otra se aleja, remitiendo a una situación fetal y a un retorno uterino. Las piezas, unidas por un cordón (umbilical) de fibra óptica, hacen posible apreciar la indesligable relación entre psicoanálisis y arte. Dura batalla en la que ella ha ganado.

    6.-Al final, si en ARTCO les preguntan ¿y esto es arte? habrán logrado el objetivo de sembrar la duda en el espectador. Ellas piensan. Por eso, en su próxima exposición, descubrirán que la respuesta a ¿quién soy? podrá ser muy distinta a la que hoy han encontrado.

     


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