Edición Nº 1760


 

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    20 de febrero de 2003
    Por AUGUSTO ELMORE

    TUVE oportunidad de escuchar al congresista Jorge del Castillo afirmar, ante Rosa María Palacios en televisión, que la Telefónica soborna a algunos periodistas, que supuestamente defienden a la empresa, regalándoles entradas para los toros. Como ésa es una grave acusación -mucho más que el asunto aquel de las tarjetas de recomendación que tanto le criticaron al ministro Loret de Mola-, creo que sería importante, y absolutamente necesario, que el gremio de periodistas (si es que existe para otra cosa que para dar medallas y diplomas y tomarse, de paso, unas cervecitas) le exija al señor Del Castillo revelar el nombre de los periodistas que van a los toros invitados por Telefónica. Los periodistas no somos verdura. ¿O lo somos?

    Todo empezó en Miraflores, cuando Víctor Delfín perpetró su pareja de amantes de barro en el llamado Parque del Amor. Inmediatamente sobrevino el contagio y como el sarampión, la varicela, la viruela, el cólera o el sida, se extendió a todo lo largo y ancho del Perú: figuras similares aparecieron súbitamente en Tumbes y otros lugares que sufrieron la epidemia con el patrocinio de alcaldes en busca de fama fácil a costa del erario municipal. Hoy la epidemia amenaza a todo el país. Delfín puede estar satisfecho: multitud de aficionados a manipular el barro con mejor o menor suerte amenazan ya todo el litoral peruano con esculturas que son hijas de la suya. El Perú entero, sus más improvisados artistas parecen haber descubierto una mina de oro mucho más grande que la frustrada de Tambogrande. Plazas de toda la república serán adornadas tarde o temprano con parejas en abrazos amorosos más o menos similares con el propósito de perpetuar el nombre de alcaldes tan ignaros y sicalípticos como pasajeros. El país que contrataba a un Victorio Macho o a un Piqueras Cotolí hoy acoge los esperpentos de cualquier improvisado. ¡Ya viene la plaga!, debieron advertirnos como en la canción. Pero Delfín, el Zar peruano de la cultura, debe de estar satisfecho porque ahora resulta que tiene más discípulos que el propio Miguel Angel. Al fin de cuentas no tiene la culpa. La culpa es de los alcaldes. A ellos es que hay que colgarlos.

    La semana pasada los diarios dieron cuenta del éxito de la economía peruana, que ha merecido elogios en el extranjero, en donde ven al Perú como un país que sale adelante pese a sus mil problemas. Pero nada de eso vale para las encuestas, en donde, hoy lunes, Toledo ha amanecido con dos puntos menos, ésos que con tanto trabajo se había ganado. Es que parece que los intríngulis y las disputas del partido del gobierno pesan más ante la opinión pública que la buena marcha económica del país. Y el Apra sabe jugar sus fichas muy bien, poniendo piedras en el camino para que el gobierno tropiece. Toledo va a tener que aprender a sortear obstáculos, sobre todo los que le pone su propio partido.

    La economía de mercado aparenta ser inaccesible para cierto tipo de comerciantes, que parecen haberse quedado en épocas pretéritas. Hace poco, por ejemplo, me fui caminando a la bodega de la esquina, que no era "el chino de la esquina" de antes porque el dueño del comercio es bien nacional. Pedí algo muy simple: una lata de agua tónica que, como suele suceder ahora en ciertos negocios pequeños elementales, no había. Y la chica que vendía me dijo "sólo tenemos ésta", señalándome una agua mineral. Entonces caminé cuatro cuadras más y compré en Wong lo que necesitaba para el gin tonic de los sábados. Allí siempre hay todo lo que uno necesita, sin que lo que digo deba ser considerado un comercial, que esa empresa no lo necesita de mi parte. Lamentablemente mientras un tipo de negocios prospera, el otro languidece, porque no tiene ni la menor idea del mercado (y, dicho sea de paso, no tiene el capital pero tampoco la imaginación para implementarlo). Así también, la que fuera emblemática botica Marte de San Antonio, a la que todo el mundo acudía y compraba, hoy ha cerrado víctima de la competencia. Sus tiempos de gloria se parecen a los de Lolo Fernández: ya forman parte de la historia. La competencia mata.

    Leo que el tribunal al que ha acudido la firma Luccheti ha amparado su demanda contra el gobierno peruano, que asciende a la desmesurada cifra de 150 millones de dólares. No sé cuál será el final de ese empeño de quienes no tuvieron empacho en acudir a Montesinos para zanjar ante la "justicia" peruana su controversia con la Municipalidad de Lima, pero si ganan -digo, es un decir- la cosa puede empezar a ir mal para los cuantiosos intereses chilenos en el Perú, porque a los peruanos (aun aquellos, como el que suscribe, que tenemos aprecio y admiración por ese país) se nos va a despertar el indio. Tranquilos, quizá demasiado tranquilos, contemplamos el abuso que en Chile se cometió por dos veces consecutivas contra AeroContinente, pero si Luccheti sale con la suya las pasiones se van a exacerbar, no me cabe la menor duda de ello. Y en el mismo Chile los sectores progresistas -a los que ya no pertenece el presidente socialista Lagos- también verán con malos ojos el abuso de poder de la empresa del poderoso grupo Luksic, nada santo por cierto. El poder del dinero ("Poderoso caballero…") no tiene buena fama en ninguna parte del mundo.

    Los travestis manifestando ante el Congreso en favor de su incorporación a las Fuerzas Armadas más parecía una operación sicosocial en contra de esa iniciativa. Nadie en su sano juicio, menos aún los homosexuales, gays o como se denominen, habrá podido sustraerse al ridículo mayúsculo de dicho despropósito.


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