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Edición Nº 1761 |
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Anapia
Escribe RAFAEL LEON DE las 118 mil vicuñas que según el Conacs (Consejo Nacional de Camélidos Andinos) pueblan los Andes de nuestro país, ciento veinte de esos maravillosos animales viven en la isla Yuspique. Hace unos años la comunidad local recibió de aquella institución un grupo de 19 vicuñas, que se han reproducido hasta formar las tropillas que hoy vemos correteando entre tolas y pastizales de ichu, recortadas contra uno de los fondos más impresionantes que pueda el ser humano encontrar en estos predios: la Cordillera Real y sus nevados dorados a la caída del sol. "Deberían ver a las vicuñas cuando bajan hasta de noche a bañarse en el lago. El macho líder de la tropilla se mete primero y lo tienen que seguir todos los otros animales, hasta los recién nacidos, tiritando de frío. El que no lo hace, queda separado del grupo para siempre y son esos que vemos por ahí vagando, solos", nos explica José Flores, un comunero que terminó la carrera de Antropología en la Universidad de Puno. Yuspique es una de las cinco islas que conforman el archipiélago
de Anapia, situado en el Lago Menor, al sur de Puno y muy cerca de la
frontera con Bolivia, tanto que una de las islas que lo integran -Ccaño-
es indistintamente peruana o boliviana, según los arrebatos de
mal humor que asalten a los militares de los puestos fronterizos de uno
u otro país. Además de Yuspique y Ccaño, el archipiélago
contiene las islas de Ccana, Anapia y Patahuata. Las comunidades propietarias
del archipiélago son dos: Ccana y Suana; la población -unas
doscientas familias dedicadas a la agricultura, la ganadería y
la pesca, está concentrada en Anapia, isla que desde la Colonia
fuera sede de la hacienda de un mestizo de español con india. El
último descendiente del hacendado resultó tan desapegado
de su propiedad que perdió el juicio que le entabló la comunidad
por abandono. Cuando se fue, el hacendado intentó llevarse todos
sus bienes. La embarcación, sin embargo, se negó a partir
mientras no se bajara nuevamente a tierra un cuadro cusqueño que
representa al Ecce Homo, el mismo que hoy cuelga en el altar mayor de
la pequeña iglesia de piedras grises que se levanta en la plaza
principal del pueblo.
DENTRO DE LA COMUNIDAD Anapia, también conocida por el vocablo quechua Wiñaymarca (lugar eternamente joven), está embarcada en un programa de turismo vivencial pensado para dar salida económica a la zona pero de una manera inteligente y sensata; es decir, partiendo de que la conservación y el cuidado de los recursos naturales y culturales lejos de ser limitaciones para el desarrollo, son los únicos, verdaderos y valiosos diferenciales ante un tipo de turismo, el culto y conservacionista, que en el mundo gana cada vez más adeptos. En 1998 se crea en Anapia, por impulso de una joven especialista en turismo llamada Eliana Páucar, la Asociación de Desarrollo de Turismo Sostenible (ADETURS), conformada por 58 familias que brindan diversos servicios turísticos (hospedaje, transporte en lancha, paseos en velero) en las islas. ADETURS suscribió un convenio con All Ways Tours, una empresa privada que promociona y vende los paquetes turísticos, de modo que la empresa comunitaria ofrece sus servicios turísticos a la privada, la que se encarga de llevar los turistas. CUIDADO CON LA CABEZA El hospedaje en Anapia se ofrece en las casas de las familias. No hay albergues ni hoteles y tampoco está previsto levantarlos, ya que con ello se aniquilaría la esencia de la propuesta, que consiste en compartir con las familias. Nosotros nos quedamos en la casa de la señora Julia, donde se ha construido un dormitorio anexo al comedor familiar. Si no fuera porque los vanos de las puertas son demasiado bajos (de modo que uno puede regresar a Puno con la cabeza llena de chichones), la experiencia podría ser calificada de perfecta. Un baño medio surreal, construido dentro de un corral techado pero siempre impecable, sirve perfectamente a los fines del viajero, aunque los tenga que llevar a cabo con una pareja de gallinas chismosas que nunca dejarán de observarlo. El visitante llega primero a Yuspique, hacia el mediodía, donde los comuneros lo llevan a observar a las vicuñas, antes de subir a un mirador donde los antiguos habitantes construyeron un círculo de piedra desde donde registraban los flujos y reflujos de la naturaleza en función de la agricultura. En la misma isla se puede conocer el sistema ancestral de rotación de cultivos que hasta hoy se emplea como una forma de manejar con criterio ecológico los suelos. Papas, habas, cebada, se turnan con el descanso en los surcos a lo largo de los años, de modo que la tierra regenere sus nutrientes y no se agote con el monocultivo. También en Yuspique encontramos tumbas subterráneas de piedra pertenecientes a la cultura Pukina. El INC ya las ha registrado como patrimonio; sin embargo, regularmente aparecen de noche grupos de policías que se dedican a desbaratarlas en su afán por encontrar los tesoros de Manco Cápac. De regreso al embarcadero siempre espera una sorpresa al visitante. Las señoras de Anapia han tendido una mesa bajo un toldo colorido. Encima de la mesa, los resultados de una huatia olorosa. La huatia es la pachamanca campesina, hecha únicamente con papas y habas. Sin embargo, unos extraordinarios pejerreyes fritos, extraídos del lago un par de horas antes, acompañan a la huatia. Después del banquete viene un paseo en velero entre los canales de las islas, y es allí cuando uno no entiende cómo los peruanos que tienen posibilidades de viajar, y se van a Miami o a Punta Cana, puedan renunciar a semejante epifanía. Hay que ver Anapia, disfrutar la experiencia y descubrir que en el Perú también se puede desarrollar, conservando.
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