Edición Nº 1761


 

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    MAL MENOR
    27 de febrero de 2003

    Por JAIME BEDOYA
    Elogio del Neocortesano

    SOBÓN puede ser cualquiera. Su virtud es la del oportunista amateur, un ser asustadizo que cree afianzar su situación en base a acciones voluntaristas de poca monta y fácil hartazgo. Usualmente el sobón lo acaba siendo de manera vitalicia, no logrando mejor recompensa que la de acabar odiado por todos y amado, a medias, por su amo.

    El cortesano, en cambio, es un profesional de la adulación. Un individuo que asume su vocación con conciencia competitiva y premunido de las estrategias necesarias para ejercerla a plenitud y tras una meta concreta: aferrarse al poder con la firmeza y amor con que un insecto anopluro parásito1 se abraza a un cabello ensortijado.

    Un gobierno como el actual, de feble liderazgo e hipersensibilidad a los favores de la opinión pública, pues es en sentirse querido que cree cumplir con su misión patriótica, es inmejorable caldo de cultivo para la proliferación de toda la gama de sobones, aduladores y huelepedos que la zoología política reconoce como propios. Pero esto no es razón suficiente para que a cualquier funcionario que cobre puntualmente por ver luz brotar de la mirada de su jefe se le eleve automáticamente a la categoría de cortesano propiamente dicho. Sería como llamarle tiburón a la sardina.

    El cortesano puede reclamarse miembro de una estirpe. En la corte de Darfur, actual Sudán, los cortesanos debían hacer todo lo que hacía el sultán. Si éste caía de la cabalgadura, éstos se tiraban al suelo. Tayllerand, cortesano napoléonico, mandaba soltar en el bosque cerdos y patos comprados en el mercado para organizarle cacerías falsas al pequeño gigante, que se crecía ante la proeza prefabricada por su consejero. A lo largo de la historia esta raza cortés ha sabido navegar de costado bajo el auspicio de la falsa gracia y la agresión velada.

    Pero no equivocarse, el cortesano no guarda más lealtad que hacia sí mismo. Es un trepador predeterminado que de manera voluntaria decide trocar cualquier residuo de dignidad en favor de su conversión en un ectoplasma autoadhesivo respecto al poder, esquivando en puntas de pie la sinfonía de guadañas que suele orbitar en torno a éste. Todo un ballet. Pero si bien para sus fines hace uso de un método que podría llamarse científico, no por ello es ajeno a la inspiración. Es decir, el cortesano es también un artista de la frotación, un artesano de la intriga, un orfebre de la puñalada sonriente.

    La actual experiencia peruana abona considerables aportes al aggiornamiento del neocortesano2, al menos en las formas. La escuela clásica del premier Solari besando ceremoniosamente la manos del Presidente3 se ha fusionado con la celebración televisada del propio cumpleaños, estilo tributario de las fiestas infantiles de las añoradas cabañitas infantiles de El Rancho. La ocasión es idónea para evidenciar la acumulación de influencias y al mismo tiempo medir los favores del líder (qué tan tarde llega el presidente, tasación del regalo según el parámetro del celular satelital obsequiado a Zaraí, énfasis del respaldo público, número de la dotación policial designada para cerrar las calles donde se realice la falsa fiesta, etc.). Pero hay mas de una razón para temer que en la mayoría de casos se trata nada más que de una sobonería que aún no sabe dar el gran salto hacia cotas mayores. De las 15 leyes políticas que rigen la vida cortesana4, el postulante peruano prácticamente no cumple ninguna. Cito:

    Evite la ostentación.- Nunca es prudente hablar mucho de usted mismo o llamar demasiado la atención sobre sus acciones. Cuanto más hable sobre lo que hace, más sospechas despertará. También generará suficiente envidia entre sus pares como para inducirlos a la traición o a clavarle un puñal por la espalda. Es preferible pecar de modesto.

    Hágase notar.- He aquí una paradoja: usted no puede exhibirse de forma demasiada descarada, y sin embargo deberá esforzarse por hacerse notar. En la corte de Luis XIV, cualquier persona a la que el rey decidiera mirar ascendía de inmediato en la escala jerárquica de la corte. Usted no tiene ninguna posibilidad de ascender si el amo no lo distingue entre los demás cortesanos. Esta tarea exige mucho arte. Nunca presuma de amistad o intimidad con su amo.- El amo no quiere tener un subordinado amigo, sino un subordinado a secas. Nunca lo encare con tono informal o amistoso como si ambos fuesen amigos; esto es algo reservado con exclusividad a él. Si él decide tratarlo de ese modo, adopte una actitud de cautelosa camaradería. Obsérvese a sí mismo.- El espejo es un invento maravilloso; sin él, usted cometería grandes pecados contra la belleza y el decoro. También necesita un espejo que refleje sus acciones. Usted debe ser su propio espejo y aprender a verse como lo ven los demás. ¿Intenta con demasiado ahínco complacer a los demás? ¿Se muestra desesperado por recibir atención, dando la impresión de que está en decadencia?

    Controle sus emociones.- Al igual que un actor en una gran obra teatral, deberá aprender a llorar y a reír a voluntad y en el momento indicado. Deberá ser capaz tanto de disimular su ira y su frustración como fingir satisfacción y consenso. Usted debe ser el amo de su propio rostro.

    No es otro el objeto de esta consejería no solicitada que distinguir entre los alcances del neocortesano y la chatura rampante del sobón común. Y de paso hacerle menos penosa al primero la empinada cuesta que enfrenta en su trajinar hacia la cumbre. Un cortesano feliz redunda en un gobernante idem, configurando una dulce sinergia de signo positivo.

    Obviamente este derroche de contento megalomaníaco y negado a la realidad en nada garantiza la eficiencia de un gobierno, pero ¿qué importancia tiene esto al lado de la calidez de unas palmadas satisfechas que un mandatario exacerbado vierte sobre la espalda del cortesano cual si fuera el lomo de su mas noble bestia?

    Ese es el triunfo del cortesano, su propia supervivencia adherido al poder sin mayor talento que el de la oblicuidad gentil. En cambio el simple sobón, tras abnegados años lesionándose cerviz y coxis lo único que atesora es memorizar a conciencia los sabores que el pie del amo imprime en sus calcetines. Tal vez habría que reconocer que en esto radica su pequeña belleza: el sobón no pide más. No hay por qué ser mezquinos tampoco.

    __________
    1 Ladilla.

    2 El término pertenece a Gustavo Gorriti (Ideele # 152, febrero 2003)

    3 Lealtad temeraria teniendo en cuenta que la mano que besa es la de un ciudadano que padece de vejiga hiperactiva.

    4 "Las 48 Leyes del Poder" (Robert Greene, Joost Elffers).

     


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