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Edición Nº 1761 |
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Por
FERNANDO VIVAS
UN amigo que se ha propuesto escribir un libro sobre las relaciones entre el poder político y los medios me cuenta que atraviesa un dilema: No está seguro del enfoque a seguir, si el estructural que poncha la acción de las inexorables leyes históricas sobre las variopintas coyunturas, o el fenomenológico que privilegia el azaroso accionar de los individuos sobre la historia. Ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario, mi estimado. Pero si, presionado entre la espada y el teclado, tuviera que inclinarme por uno solo, recordaría a Pepe Biondi en "Patapúfete" diciendo ¡qué fenómeno! Seamos fenomenológicos. Una de las más pesadas herencias de los '90 es una desinstitucionalización del carajo. La anomia sobrevivió a la dictadura y ha mutado en democracia, adquiriendo nueva carga viral. Pero no es que nada funcione, sino que todo sucede con demasiado margen de duda. La venalidad del Poder Judicial enfrentada al megaproceso de la corrupción fujimontesinista; el cólico intestino en el partido de gobierno; la quebradiza e insolvente pantalla; han generado pequeños vacíos de poder, limbos de certeza en la opinión pública, bolsones de oportunidad y riesgo; que son llenados por la más silvestre e informal iniciativa. Nada se da por cierto, todo es presunto; los hechos le hacen perromuerto a la voluntad política. Normas y tradiciones se han relajado al punto que lo legalmente establecido parece ilegítimo. Por ejemplo, el sano equilibrio entre oficialismo y oposición se confunde con el juego propio del Presidente del Congreso. Carlos Ferrero es un buen concertador pero tiene el estigma del correligionario sospechoso. Además, la paranoia -la más excitante de sus anfitrionas- lo traiciona y ¡zas! denuncia conspiraciones de segundo nivel para que las primeras planas se llenen con anécdotas de tercera. Sólo este relajo de la institucionalidad y alegre privatización de las iniciativas puede explicar que Anel Townsend, la más votada y promisoria parlamentaria del 2001, sea acusada de advenediza por el oportunista Víctor Valdez. Aunque ella se la buscó: su alianza con Guillermo González Arica, el valet político de Toledo, le dio una cercanía al poder máximo que se saltó la más elemental disciplina de grupo. Ojalá desande los atajos. La angurria y el figurettismo distorsionan los liderazgos, reemplazan cónclaves y acuerdos por pequeños actos de demostración de fuerzas a punta de franelazos. Gustavo Gorriti lo ha explicado muy bien en la revista del Ideele a propósito de la nueva manía posibilista de celebrar cumpleaños al calor de las bases y traza un organigrama del gobierno así entendido. Toledo, el estadista capaz de armar equipos de todas las sangres, de dejar hacer en la macroeconomía y crecer hasta que su "amigo" Bush lo permita; es sin embargo este caudillo de la micropolítica con angurrienta clientela. La alienta en su partido, la agita en su entorno, la lanza a nuestros televisores. Su afán, nunca dejado de lado, de interferir en los medios, enerva la pantalla. Esta semana la historia de la televisión tiene un solo nombre y sobra el apellido: Genaro, acusado de presión política por los que tenían más capacidad de presión que él. Y su entrada al 5 también fue un cumpleaños con desfile fenomenológico que incluía a Alejandro Guerrero y Ricardo Belmont. Los ciudadanos vemos un megaproceso con todas las de la ley pero la morosidad e impredictibilidad de los pequeños procesos, confirman que se sigue invitando a sacar cartas bajo la manga, a festejar la criollada, a buscar varas y palancas para salir adelante. Todas las sentencias son discutidas y sin embargo nos hemos judicializado hasta en el debate político, nos hemos entregado morbosamente al dictamen de la relatividad. A Fernando Fuenzalida lo encarcelan por culpa de su presunta hija dealer mientras Lucía de la Cruz sigue sumando víctimas, para no hablar de los grandes peces, algunos justamente reos y otros escandalosamente libres. En definitiva los titulares y las imágenes son pasto para la fenomenología pero un poquito de visión estructural no estaría mal para encontrar sentido al zafarrancho.
Escribe OLGA ZUMARAN
Ver televisión para mí siempre ha sido y será un gran entretenimiento; entre los programas emblemáticos y de los que siempre guardaré un gran recuerdo, sobre todo porque regresan a mi mente las épocas del Miss Perú y de la Universidad es "Trampolín a la Fama" criticado y vilipendiado por muchos, pero cómo me entretenía y divertía el negro Ferrando y su corte, los sábados en la tarde era bolo fijo. Hoy en día en casa se impone la dictadura del control remoto, que por supuesto la llevo Yo, y como podrán comprender no me pierdo un solo capítulo de 1,000 OFICIOS (cada vez que puedo y San Efraín lo permite); con Canal N y 24 horas cubro mi cuota de información; sin dejar de lado a César Hildebrant, cuando el cuerpo aguanta y los ensayos del teatro me lo permiten. De cable me agrada sobremanera el humor negro de Matrimonio con Hijos, y la perversa ingenuidad de The Nany; y más de una vez me he pegado con algún documental The History Channel o Biografías. No puedo dejar de mencionar la fascinación que siento por los desfiles de modas que suelen pasar en ¡Entretenient Televisión, Giordano Versace y Oscar de la Renta son mis preferidos. Por higiene mental evito ver a Magaly pero la tentación de vez en cuando me gana.
Viña de Ira
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