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Edición Nº 1765 |
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La Batalla por BAGDAD AL cierre de esta edición, una paracas de proporciones islámicas había interrumpido parcialmente la guerra en Irak y detenido la columna blindada de fuerzas mayormente norteamericanas de tres divisiones que enfilaba hacia Bagdad y estaba a menos de 100 kilómetros de esa capital. La columna de centenares de tanques y blindados había avanzado como si el propio George Patton la dirigiera, como un ariete en un país ahora manifiestamente hostil, en el que raramente aparecían esas mayorías chiítas que los promotores de esta guerra preventiva creían que iban a aplaudir a las fuerzas liberadoras. ¿No sería que entre tanto trueno y demolición,
la gente abandona sus enconos locales y tira más hacia la defensa
de su país?
Había algo temerario en ese avance de la columna blindada, como temerario había sido Patton, y ya varias voces experimentadas como la del general Barry McCaffrey, comandante de la División de Infantería Nº 24 hace 12 años en la Guerra del Golfo, señalaba que el total de fuerzas aliadas, que no llega a 300,000 hombres es demasiado escasa para la tarea que se había propuesto. Después de todo, la columna dirigida hacia Bagdad marchaba dentro de un país de 24 millones de habitantes cuyo temperamento podría sumar fuerzas al medio millón de militares, Guardias Republicanos y fedayines suicidas. Portento de las dificultades por confrontar se habían encontrado en el pequeño puerto de Oum Qasr. De no más de 4,000 habitantes, sobre la frontera de Kuwait, había demorado cinco días en caer en manos aliadas a pesar de su insignificancia. Más problemas se registraban en Basora, la segunda ciudad de Irak, a la que recién ahora Fuerzas Especiales norteamericanas (más recias y versátiles que los Marines) y comandos curtidos británicos se aprestaban a atacar como blanco militar y obviando las deseadas pero imposibles consideraciones hacia una población civil cuyas lealtades y militancia quedaban mezcladas con la resistencia en una batalla de calle por calle. Basora y otras ciudades como Nasiriya, a cuyo interior tampoco han podido ingresar las tropas norteamericanas, eran preludio de lo que viene en Bagdad. En la periferia de Nassiriya ya habían caído marines y estallado blindados norteamericanos. La estrategia iraquí consiste evidentemente en atrincherarse en sus ciudades, de tal forma que en el camino las tres divisiones que van hacia Bagdad también han obviado el ingreso a poblaciones como Najal, y en el norte, tanto Mosul como Kirkuk son bombardeadas pero no tomadas.
Lo que sucede es que la experiencia de la Guerra del Golfo, en la que las fuerzas de lo que era entonces una coalición de la ONU, casi no sufrieron bajas. Mientras tanto, el ejército invasor de Irak fue arrasado en el desierto y a fugar de Kuwait. Esa experiencia dio un impresión engañosa de lo que son las guerras contemporáneas, tanto a grandes sectores de la opinión pública norteamericana, traumatizada por cierto por el catastrófico ataque terrorista del 11 de setiembre del 2001, como a los halcones que rodean al presidente Bush e incluso a un Secretario de Estado como Colin Powell, que siendo militar debiera haber dado mejores consejos. Porque desde el punto de vista iraquí, una cosa es luchar en territorio ajeno invadido y otra defendiendo lo propio. Hasta ahora las bajas aliadas se cuentan en decenas y los prisioneros caídos en manos iraquíes son muy pocos. Por otro lado, a pesar de los espectaculares bombardeos, la cadena de TV árabe Al Yazira también reporta relativamente pocas bajas en muertos y heridos. Pero estas cifras van a cambiar. McCaffrey ha calculado el lunes que las bajas aliadas podrían llegar a unas 3,000 en la batalla de Bagdad, y se puede quedar corto. EXPECTATIVA DE MUERTE Según una estadística difundida por un experto en CNN, la relación entre bajas y tropas norteamericanas en los últimos grandes conflictos ha sido notablemente pareja, exceptuando en la Guerra del Golfo.
Si se aplica la relación más común a la actual guerra y el contingente asignado por EE.UU. hasta ahora, las bajas llegarían a 17,000. Más aún, después de Bagdad queda por tomar Tikrit, al noroeste de la capital, que es el reducto tribal del propio Saddam Hussein. "Si los iraquíes deciden pelear, dice McCaffrey, y ésa
la primera suposición, esto va a ser un trabajo brutal y peligroso".
Está por verse si la opinión pública norteamericana está dispuesta a asimilar ese tipo de tragedia en una guerra claramente innecesaria. Saddam Hussein será un déspota deplorable, pero tanto las inspecciones permanentes de la ONU como el asedio económico, con todo lo imperfecto que pudiera ser, lo tenían en jaque. Además, está acreditado que Irak no es un singular auspiciador de movimientos terroristas, como sí lo es Irán. Esa columna que se acerca a Bagdad está corriendo riesgos. McCaffrey señala que "nunca hemos hecho algo como esto (entrar a Bagdad) con una fuerza tan modesta como ésta a tan gran distancia de sus bases." EL DESASTRE BUSH Quien ha pasado el nivel de los riesgos y confronta un desastre histórico es el propio Bush. Ha pedido US$ 75,000 millones al Congreso en Washington, pero todo el mundo sabe que ése sólo será el adelanto en una aventura nefasta que puede llegar a costar cuatro veces más. De un plumazo ha enardecido y unificado al mundo árabe en la
condena a su país, y en los propios Estados Unidos una porción
muy selecta de la opinión pública se opone a la guerra -minoría
capaz de convocar a 200,000 protestantes en las golpeadas calles de Nueva
York, y que puede convertirse en mayoría pronto.
Bush es representante de sectores conservadores primarios que lo han llevado a reducir los impuestos a los más adinerados de su país en circunstancias como éstas, y que tiene un Secretario de Defensa como Donald Rumsfeld, un asistente de Ronald Reagan de la época que EE.UU. proporcionaba toxinas de butolismo y ántrax a Saddam Hussein en la época de su guerra contra Irán (según la revista Foreign Policy, Rumsfeld es un halcón que sin embargo ha subestimado la capacidad de resistencia de Irak y ha destinado un número insuficiente de tropas a la contienda a pesar de las recomendaciones del Pentágono. Resulta asombroso que una potencia de la envergadura no sólo económica y militar sino también intelectual y política de Estados Unidos resultara derivando, a través de una elección accidentada en un presidente como este Bush hijo, un político provinciano de un simplismo abismal y una audacia temeraria con la vida de tantos jóvenes de su país que ahora enfrentan injustificadamente terribles peligros y muerte. La idea de una ocupación "civilizadora" de Irak tiene, lamentablemente, antecedentes negativos a veces catastróficos en el mundo árabe. Bagdad, la ciudad gloriosa de los grandes califas de los siglos VIII a XIII fue arrasada muchas veces desde entonces y ahora es la capital de una república que, aparte de tiránica, es difícilmente gobernable. ¿Un siglo de las luces liberales occidentales podrá ser impuesto en una nación que nunca conoció la democracia y que en el tránsito hacia el futuro deberá ser aplanada por la aviación de sus bien intencionados tutores? ¿Las mayorías de ese pueblo comprenderán algo de eso? Tome o no tome Bagdad, ¿no está Bush hasta el cuello?
Un Nudo Kurdiano
Robert Baer, agente de inteligencia de Estados Unidos, ha publicado un revelador libro sobre interioridades de la política en el Medio Oriente. Su trabajo se titula Soldado de la CIA. El autor es sin duda un "halcón"; pero ha actuado en las interioridades más hondas del conflicto político-militar de la región. Un kurdo singular con el que tuvo contactos en su labor de espionaje es Masud Barzani, del Partido Democrático Kurdo, uno de los principales grupos kurdos que tienen en Irak un territorio semiautónomo. He aquí fragmentos reveladores de ese personaje y de su disputa a tiros con Jalal Talabani, líder de la Unión Patriótica del Kurdistán. "A Barzani le iba bien el statu quo. Tras haber pasado la mayor parte de su vida en el exilio, estaba encantado de tener su propio país, aunque sólo fuera un estado virtual... Durante los meses previos a la guerra del Golfo, las Naciones Unidas habían impuesto a Irak un embargo total, cortando todas las exportaciones, entre ellas las del petróleo. Pero prácticamente de forma inmediata ese embargo empezó a tener filtraciones. En primer lugar consistieron en la actividad nocturna de las lanchas que burlaban el bloqueo. Al poco tiempo se abrió una ruta terrestre hacia Turquía. Los camiones de verduras en realidad transportaban desde Kirkuk petróleo en bidones amañados y soldados en los bajos. En 1995 algunas estimaciones calculaban que llegaban pasarse a Turquía hasta cien mil barriles diarios. Para llegar a su destino, el petróleo debía atravesar una extensa zona del Kurdistán dominada por el Partido Democrático Kurdo, y Barzani se quedaba con una prima por cada camión. El petróleo de contrabando se convirtió también en algo vital para Saddam, que utilizaba el dinero obtenido para financiar sus servicios de inteligencia y al cuerpo especial de la Guardia Republicana, las fuerzas que le permitirían seguir con vida. De hecho, todo el mundo parecía sacar provecho del contrabando a excepción de Talabani, que no sacaba ni un céntimo, porque ningún tramo de la ruta contrabandista atravesaba la esquina del Kurdistán que él controlaba... Los camiones transportadores de petróleo formaban una larga caravana, que con frecuencia llegaba a los veinte kilómetros, a la espera de entrar en Turquía... "El azote kurdo de Barzani, Jalal Talabani, no sólo era un hombre agradable y un gran político. Grande como un armario, las líneas de una enorme boca de incendios y con una sonrisa tan ancha como el Eufrates, Talabani disfruta interpretando su papel de pícaro simpático. Cuando le pedía explicaciones después de que, sin mediar provocación, hubiera ordenado un ataque contra alguna de las posiciones de Barzani, se echaba a reír, me ofrecía un puro y me prometía no volver a hacerlo. Y al día siguiente, como cabía suponer, empezaba a atacar de nuevo. La sinceridad no era virtud de ninguno de los dos, pero al menos con Talabani se pasaban buenos ratos."
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