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Edición Nº 1765 |
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Por JAIME BEDOYA
NADA detiene a la historia. En marzo de 2003 el destino del mundo libre urgía de un diálogo entre dos titanes hemisféricos. Los entrañables vasos comunicantes propios del Jack Daniels y la Etiqueta Azul felizmente materializaron una llamada telefónica el día 8: aquella fecha George W. Bush, gran presidente y mejor amigo, escuchaba timbrar el número del líder gravitacional de los Andes, el presidente peruano Alejandro Toledo. El otrora atribulado1 mandatario norteamericano redimido por el metodismo necesitaba consultar la valiosa opinión del estratega de Cabana, no en vano descubierto por el Peace Corps, respecto a la candente situación en torno a Irak. A fin de cuentas, la Marcha de los cuatro Suyos se había valido de tácticas operacionales imaginativas2 para derrocar a otro tirano que -tal como el de Bagdad- tambien había sido amigo de los EE.UU. en un comienzo. Según las declaraciones del portavoz de la Casa Blanca, Ari Fleischer, tal conexión telefónica "fue una discusión sustantiva entre un amigo y un aliado". Esto, traducido del fino lenguaje diplomático, podría interpretarse como un fluido intercambio primario entre la afasia y el cantinflismo. No era para menos, los vínculos que alimentaban esta relación eran múltiples. Bush, en realidad un pacifista in pectore, evadió el enlistamiento3 en los sesentas cuando su país se enfrascaba en un callejón sin salida bélico que sólo él superaría: Vietnam. La misma actitud hacia dicho conflicto tendría el entonces becado Toledo, recorriendo San Francisco dejando que la libertad alborote su larga melena a bordo de un exitoso descapotable amarillo. En tiempos de guerra, el amor era trinchera. Siguiendo discretamente con la filigrana de esta coordinación confidencial que tenía la paz mundial pendiendo de un hilo, el presidente Toledo tomó un paso crucial el 13 de marzo. Aprovechando la trascendental plataforma mediática de la Feria Andina de Hilados, anunció al orbe su no solicitada "decisión" de asumir el liderazgo de la Comunidad Andina. Ya oficialmente como líder transcordillerano, añadió: "Yo no me meto en las decisiones de los estados, lo único que digo es que la peor decisión que puede tomar un líder es no tomar una decisión, cualquiera que sea". El habitual silencio interpretativo que obliga el discurso presidencial se triplicó ante el reto lógico que suponía oír este enunciado de quien durante 13 años no había tomado la decisión de reconocer a una hija. Ante el asombrado auditorio de aquella Azores del hilado, este Presidente amigo de sus amigos, adoptando un aire reflexivo según quienes lo vieron, remató: "Soy un hombre de paz." Bastante convincente, pero Washington bien valía un mayor esfuerzo. Había que incidir en la voluntad benévola de un bombardeo masivo preventivo. Y la mejor manera de hacerlo era a través de la inocencia beatífica, rayana en lo inimputable, de sus aliados claves. El Perú, si bien en lo que a armamento se refería, estaba en una situación aún peor que el embargado Irak, tenía en su haber -justamente por militarmente inepto- el poder de la reserva moral. En otra feliz coincidencia de estrategias que harían pensar que los asesores de Bush que lo llevaron a pasear sus tropas por el desierto hasta una emboscada en Bagdad compartían la misma densidad neuronal que los asesores de Toledo, éste se zambulló en sus propias y ambiguas arenas movedizas. Al día siguiente, en una jugada de teología diplomática sólo equiparable al célebre "¡habla!" que Atahualpa le espetara a la biblia de Valverde en Cajamarca, el Presidente se cuadró marcialmente ante los micrófonos para ganarle al polaco Wojtila por puesta de mano e "invocar a Dios para que ilumine a los líderes del mundo y prevalezca la paz." (Sic.) Es decir ni a favor ni en contra, sino todo lo contrario, en impostergable homenaje al mentor4. El verdadero calibre de esta comunión amical sólo se haría palpable el 18 de marzo. El volátil ultimátum de Bush a Irak que conmocionó al mundo fue remedado a escasas 24 horas, pero en una variante pauperizada destinada a fin de aligerar la angustia planetaria: de un pasadizo de la Casa Blanca donde se anunciaba la virtual tercera guerra mundial, se pasaba a un pasadizo del Palacio de Pizarro donde con idéntico drama se profería un ininteligible galimatías acerca de una negociación sobre tarifas telefónicas. Un espaldarazo de salón. Reforzado además el jueves 20 de marzo cuando tres conscriptos peruanos morían en una práctica de tiro en La Joya, Arequipa, en clarísima evidencia de que el interés belicista era en efecto lo último que podría impulsar el eje Rímac- Potomac. Las cartas estaban echadas. Sólo faltaba el número final. El viernes 21, mientras el brutal bombardeo en vivo de Bagdad no dejaba margen de duda sobre la subnormalidad intelectual y moral de su autor, el Presidente Toledo mentaba orgulloso en Palacio a otra gran amistad, Bill Gates, como futuro inversor en favor de la niñez. La misma niñez que en Bagdad moría, sino de miedo, a pedazos gracias a su amigo George. Pero si un amigo no es generoso, no es amigo. En delicado gesto que pinta de cuerpo entero esta camaradería, este último fin de semana de marzo -fecha del cumpleaños de Alejandro- posiblemente coincida con la carnicería anunciada de la Batalla de Bagdad: todo servido como para que el par peruano no desaproveche la ocasión de celebrarlo en vivo por tv mientras simultáneamente el mundo calcula cuánta sangre se necesita para llenar un barril de petróleo5. Un verdadero broche de oro que confirmará el protagonismo soberano de nuestra nación en el nuevo orden mundial. ___________ 2 Recuérdense las Máscaras Antigases Populares fabricadas por el doctor Dante Yorgues con una botella descartable de gaseosa y un poco de algodón. 3 A 12 días de ser enlistado en el ejército se refugió, mediante contactos, en la Guardia Nacional. 350 soldados americanos morían por semana. Bush nunca fue a la guerra. ("At Height of Vietnam, Bush Picks Guard", Washington Post, julio 28, 1999). 4 El gran bufo mexicano Mario Moreno, QUEPD. 5A grosso modo: En un barril caben aprox 160 litros. El cuerpo humano lleva 5 litros de sangre. Para llenar un barril de petroleo se necesitaría la sangre de 32 personas. Iraquíes, en este caso.
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