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Edición Nº 1766 |
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Líderes, Topos y Burócratas en la ONU
Por JOSE RODRIGUEZ ELIZONDO CUANDO a mediados de los años 80 ingresé a la Secretaría General de la ONU, comprendí mejor la diferencia entre la prosa y la poesía. Ahí estaban los que creían en la buena pega y los que creían en la Carta. Los primeros, de preferencia en los niveles directivos superiores, lucían más preocupados de su poder personal que del mundo. Esto significaba crear redes de complicidad, negociar con los clanes internos, zancadillear a sus rivales, hacerse ver en el piso del Secretario General y ser encantador. También significaba cultivar rutinas, hostilizar a los creativos, exprimir los beneficios estatutarios y organizar conferencias encadenadas. Esas cuya última conclusión dice: "esta Conferencia acuerda continuar sus trabajos el próximo año en la ciudad equis". Los segundos, con presencia mayoritaria en la planta profesional y entre los newcomers (novatos), asumían la doctrina onusiana con entusiasmo. Como futbolistas aficionados que comienzan a vivir del fútbol, disfrutaban trabajando en una organización multinacional, multiétnica y multicultural. Estaban ahí para impedir el flagelo de la guerra, promover los derechos humanos, cooperar al desarrollo e impulsar el Derecho Internacional. Agreguemos que, según una ley olvidada de Murphy, los que tenían vocación ONU no tenían poder interno -eran las voces del silencio- y los que tenían poder interno no tenían vocación ONU. Con esta textura de personal, la importancia del Secretario General era superlativa. Pese a estar definido como "funcionario" (el más alto), el articulo 99 de la Carta le daba la opción de asumir un liderazgo activo, representando a la comunidad internacional, en diálogo con los miembros del Consejo de Seguridad. El artículo 100 protegía esta opción al reconocerle -a él y a su personal- un notable margen de autonomía: "... no solicitarán ni recibirán instrucciones de ningún gobierno ni de ninguna autoridad ajena a la Organización". Su opción alternativa consistía en administrar, simplemente. Esto significaba apoyarse en los burócratas "carreristas", rodearse más con serviles que con talentosos y reconocer como superiores de facto a los representantes de los Estados miembros más poderosos. Basta pensar en esa polaridad, para entender lo delicado que era para los grandes electores del Consejo proponer un Secretario General a la Asamblea General. Javier Pérez de Cuéllar me dio una pista, tras su primera elección, al contarme que en el Consejo preferían candidatos "predecibles". Esto no significaba, necesariamente, que apostaran a los burócratas, sino que temían como al demonio a quienes pudieran "dispararse" con posiciones imaginativas. Algún historiador macrobiótico, como Paul Johnson, podría escribir la historia de la ONU siguiendo el perfil de esos jefes. La tradición oral dice que entre los líderes estuvieron el sueco Dag Hammarskjöld y el peruano Pérez de Cuéllar. Ambos plantearon iniciativas propias, discutieron con los poderosos y se preocuparon de defender, enriquecer e internalizar la doctrina de la Carta. Más discutida es la gestión inaugural del noruego Trygve Lie, acusado de ceder a las presiones del Departamento de Estado para eliminar funcionarios norteamericanos acusados de comunismo. El birmano U-Than dejó el sello de un pragmatismo eficiente, en la convulsionada década del 60. Excepcional, por lo escandalosa, es la huella que dejó Kurt Waldheim. Un buen novelista podría describirlo como un "topo" de Hitler mutable en marioneta de Brezhnev, que usó el cargo para llegar a la Presidencia de Austria. Por motivos que nunca se expresaron, el egipcio Boutros Boutros-Ghali fue un Secgen impredecible para Estados Unidos. Por eso no fue reelegido. Y al ghanés Kofi Annan... ¿dónde lo encasillamos? Pues, como el burócrata paradigmático, predecible en exceso y reelegible con alivio. Con 30 años de servicio en la ONU, era el hombre corporativo que llegaba cargado de inercias administrativas y de temor a liderar. Los choques de Pérez de Cuéllar con Bush padre y el piso aserruchado de Boutros-Ghali, le indicaban que era mejor no moverse para seguir saliendo en la foto. Por eso, cultivó un bajo perfil, privilegió el rol humanitario sobre el político y nunca denunció el tratamiento antidoctrinario de la crisis de Irak. Y ahora estamos ante su rendición consumada. Ha retirado funcionarios y enseres del teatro de operaciones y nadie de la ONU sigue el ejemplo del representante del Vaticano, de los "escudos humanos" y de los periodistas. Como sigo creyendo en la doctrina de la Carta -que es la de Roosevelt y Churchill-, pienso que Annan tendría que dar un paso al lado. La organización no debe limitarse a salvar los muebles ni volcarse a competir con la Cruz Roja o con las ONG que, en mejor hora, ayudó a crear. Hoy deben hablar las voces del silencio y un líder, interno o externo, debe llegar para impulsar su reestructuración y evitar su malmorir. De no ser así, el mundo enfrentará una alternativa catastrófica: la anarquía internacional o un sistema mundial "privatizado", que relegará a la ONU a funciones de protocolo y aseo.
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