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Edición Nº 1769 |
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¿Hasta
Cuándo Fidel?
Escribe JOSE RODRIGUEZ ELIZONDO FIDEL Castro siempre está de reestreno. Desde que su Historia personal lo absolvió, es el tutor estable de todos los izquierdistas, centroizquierdistas y "progres" que se ponen a su alcance. En los años '60 comenzó combatiendo, ecuánime, contra el adeco venezolano Rómulo Betancourt, porque era un simple "reformista" y contra el dominicano Rafael Leonidas Trujillo, porque era un tirano. El "Perú como doctrina" de Fernando Belaunde le supo a chicharrón de sebo y ayudó a los peruanos a clarificar posiciones mediante las guerrillas de De la Puente y Lobatón. Al gobierno del líder chileno Eduardo Frei Montalva lo descalificó como "prostituta del imperialismo", porque John F. Kennedy le tenía mucha simpatía. Orlando Millas, dirigente comunista de la época, osó protestar ante tamaña intrusión y se fue de burla ante "las masas". Castro lo ridiculizó en un acto público en La Habana. El "líder máximo" mantuvo la onda tutorial sobre los progres chilenos toda la década del '60, burlándose de los "buró-comunistas" (Neruda inclusive) y de quienes defendían la vía electoral, en vez de tomar los "fierros". Y, como obras son amores, dio cursillos guerrilleros, apadrinó al MIR, sedujo socialistas, conquistó dos diputados democristianos y puso revista política en Santiago. De paso, soltó a Regis Debray para que asustara a Salvador Allende a golpe de tesis. Allende debió trabajar sobretiempo para que Castro dejara de descalificarlo. De hecho, el cubano le reconoció posibilidades de victoria a regañadientes y sólo una semana antes de las elecciones de 1970. Tras su triunfo, Allende, desafiando a Richard Nixon y a la ley de las
probabilidades, lo invitó a Chile. Castro aceptó y aprovechó
el viaje para aserrucharle el piso. Se quedó un mes recorriendo
el país, para demostrarse y demostrar que él siempre está
en las "posiciones correctas" y que revolución sin "fierros" no
es revolución. Ahí no más enardeció a sus
admiradores, indignó a la oposición, descolocó a
Allende y creó un anticlima de órdago.
El colofón de ese castrointrusismo fue el invento de una muerte guerrillera para Allende. Un mito ad hoc para advertir a los "verdaderos revolucionarios" que la vía electoral lleva a la catástrofe y que el propio Allende, más tarde que temprano, lo había comprendido. Seguro que, por trucos como ése, Gabriel García Márquez escribió lo siguiente: "No creo que pueda existir en este mundo alguien que sea tan mal perdedor". Lo peor fue que ni siquiera ese tremendo estropicio lo disuadió de seguir velando por los progres. En los años '80, agarró un segundo aire con los sandinistas, aclaró a los españoles que el eurocomunismo de Santiago Carrillo era una herejía y a Felipe González le fijó la línea gruesa de su política exterior: de entrada, España no debía participar en la OTAN. También dio clases de revolución al peruano Alan García, diciéndole cómo manejar la deuda externa y a los demócratas chilenos, que levantaban una estrategia propia para terminar con la dictadura, les regaló una estrategia empaquetada. Con "fierros", por supuesto. Hasta les preparó cuadros militares de buen nivel para ejecutarla. Es que, aunque algunos nuevos pupilos, como Alan y Felipe, le salieron respondones, Castro siguió percibiéndose como un incombustible ángel de la guarda. Es posible que la ilusión le haya durado hasta un día de 1996 que, seguro, quisiera olvidar. Fue cuando, en un acto del Partido Socialista chileno, escuchó un saludo insólito. En sus barbas, una mujer pequeñita, de aspecto frágil, le dijo que cuarenta años de poder absoluto eran más que suficientes para equilibrar las conquistas de su revolución con elecciones democráticas y respeto a los derechos humanos. Con ese saludo al plexo, Tencha Bussi viuda de Allende, demostró que no todo es opacidad en nuestra política. Apenas repuesto, Castro trató de arrastrar al tuteo paternalista a Ricardo Lagos y de intrusear en la Concertación, pero ahora sólo picó la derecha. Fue a visitarlo el alcalde de Santiago Joaquín Lavín y el cubano, a la inversa de lo que hizo con Allende, no demoró un día en presentarlo ante los medios como un presidenciable con opción. Su último reestreno obedece a que acaba de hacer fusilar, sin debido proceso, a tres disidentes y de encarcelar a una ochentena de defensores de los derechos humanos que, por cierto, estaban infiltrados por decenas de heroicos agentes secretos. Eso le costó un llamado de atención de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, patrocinada por países -entre los cuales el Perú- a los que había tratado de tutelar. Más sorprendente fue la condena a dichas violaciones que aprobó el Senado chileno por unanimidad, el 16 de abril. Allí la izquierda y la derecha unidas, asumiendo que los derechos humanos son una conquista cultural de la humanidad, lo censuraron sin ambigüedad y sin dejarse impresionar por la coartada del bloqueo norteamericano ni por los usuales epítetos que Castro comenzaría a lanzar. Ya era hora. Porque, aunque duela reconocerlo, Castro 2003 es más un Franco anciano matando opositores en el garrote, que el Rambo bueno de 1958. Ese que aplaudimos en nuestra juventud.
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