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Edición Nº 1769 |
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¿Quién
es Nancy?
ROBUSTA y chacchando hojita de coca por hojita de coca, Nancy Obregón (42), es el personaje central de la hueste de harapientos cocaleros que llegaron a Lima el lunes 21 de abril tras una marcha de sacrificio a través de los Andes. La mujer tomó la posta de Nelson Palomino en la Secretaría General de la Confederación de Productores de Cuencas Cocaleras del Perú. Palomino está en la cárcel desde febrero y su liberación inmediata es demandada por encima de una larga lista de reclamos. Natural del Alto Huallaga, San Martín, Obregón dice que es "productora de hoja de coca desde los ocho años de edad". Asegura tener sólo "tres cuartas hectáreas de coca y otras con una diversidad de cultivos como yuca, plátano. Pero nuestra hojita de coca, para mí y para todos los agricultores, es nuestra caja chica". Una de las proclamas más insistentes de los cocaleros es: "No
somos narcotraficantes, somos agricultores". Basta comprobar la composición
social de los manifestantes, el número de remedos en sus prendas,
para entender que las masas campesinas productoras de coca en las estribaciones
orientales del Ande son la última rueda del coche en el lucrativo
negocio de la droga. El martes 22 el premier Luis Solari y el director de Devida, Nils Ericsson, recibieron a Obregón y a una veintena más de cocaleros en el local de la Presidencia del Consejo de Ministros. Abordaron diez puntos de la agenda, pero el Ejecutivo fue enfático en señalar que el caso Palomino es responsabilidad del Poder Judicial. Al cabo de dos horas, Marisel Guillén (52) pateó el tablero y se retiró de la sesión. Ella es representante de los cocaleros del Valle del Ene y el Apurímac. Pero la raza le viene del galgo: es esposa de Palomino. Obregón, en cambio, permaneció en la reunión hasta golpe de medianoche. Al cierre de la presente edición, el presidente Alejandro Toledo accedió a recibir a los manifestantes en Palacio. Claro, los cocaleros habían instalado su campamento base en los jardines del Paseo de los Héroes, frente al Palacio de Justicia y el siempre distinguido Hotel Sheraton. Convencerlos de que retornen a sus tierras no será difícil. El verdadero reto es hacer viables programas de desarrollo alternativos para arrancar a las huestes cocaleras de las garras de la pobreza y el narcotráfico.
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