Edición Nº 1769


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    ARTES & ENSARTES 24 de marzo de 2003
    Por LUIS E. LAMA

    Bolero

    AMOR I. ¿Quién diría que entre Duchamp y Clinton hay fluidos corporales sobre tela que permiten relacionarlos? Claro que lo de Clinton fue una incontinencia sobre el vestido azul sintético de la robusta Mónica, en cambio la eyaculación de Duchamp fue más... poética. Su semen sobre satén negro sería el origen de un cuadro -Paysage Fautif, 1946, 21 x 17 cm.- que sólo muchísimos años después, un laboratorio descubriría la naturaleza de su materia pictórica.

    Duchamp fue cool (¿bacán?), hizo travestismo bajo el pseudónimo de Rrose Selavy, y algunos marranos sostenían la ambigüedad de su sexualidad, cosa que nunca pareció importarle. Se casó con la acaudalada Teeny en 1954, tuvo amantes espléndidas y un amor de película: María Martins, esposa del embajador de Brasil en Washington. Ambos vivieron intensamente Manhattan. El hizo obras inolvidables y ella realizó exuberantes esculturas, algunas de remembranzas amazónicas, que le merecieran una retrospectiva en el núcleo histórico de la XXIV Bienal de Sao Paulo.

    Pero, Savater dixit, el amor -como la felicidad- siempre termina siendo subversivo. Al llegar el ineludible traslado diplomático, María decidió irse con el embajador. A ella Duchamp le dedicó la obra en la que trabajó durante 20 años y que sólo se conocería después de su muerte: Etant Donnés. La instalación se encuentra en el Museo de Filadelfia y sólo puede verse a través de una puerta que nos convierte en fisgones, cuando intentamos ver a Martins desnuda según los delirios de Duchamp. A propósito, el cuadrito de satén fue una prueba de amor a María.

    Para conocerlo mejor lean la última recopilación de su correspondencia, salvo las que tuvo con María. Sus herederos querían conservar inmaculada su memoria...sobre el papel, a pesar de que María nunca tuvo pretensiones de Virgen, ella simplemente era "Nuestra Señora de los Deseos". Así la llamó Katia Canton, su curadora en Sao Paulo.

    ODIO I. Quién diría que en pleno siglo 21 se haya desatado una homofobia mediática teniendo como protagonistas a un Monseñor y a un curita que logró más de los quince minutos de fama que Warhol predecía. En momentos que en todo el mundo se considera políticamente correcto el respeto a la homosexualidad, el padrecito proclama "NO SOY MARICON". ¿Y? Fíjate en el ejemplo de Duchamp, patita, y no te sientas ofendido,si estás seguro de tu sexualidad. Si te gustan las mujeres, como a todo heterosexual, lesbiana o bisexual, nada tienes de especial. María Martins y Lee Miller (mira su cuerpo abajo) hubieran convertido en carpita ardiente tu sotana. Lo grave es que tu declaración te revela tan homofóbico como tus acusadores.

    Señores de la Obra, lamento deciros que, gracias a vuestras intemperancias, habéis cometido una tremenda cojudez. Por eso yo, como decía San Luis Buñuel, gracias a Dios que soy ateo.

    AMOR II. Hace una década, enterrada la movida madrileña, vi una película española cuyo título era lo único memorable: ¿Por qué le llaman amor cuando quieren decir sexo? Felicidad, amor y/o sexo es lo que se aprecia en el DVD "Man Ray, Profeta de la Vanguardia". En él casi nada se oculta, salvo que hacen pasar a segundo plano su extraordinaria labor como fotógrafo de modas.

    Ray vivió una de las épocas más revolucionarias del siglo XX, tuvo amantes, pero sólo una, su musa, modelo y alumna, Lee Miller fue deslumbrante. Vogue reproduciría su imagen innumerables veces y a ella se debe la pintura maestra que Ray hiciera en su recuerdo: la de enormes labios rojos en el espacio.

    Inolvidable, ambiciosa y liberada Lee. Ella que se inició como modelo de toallas higiénicas, terminó fundando el proyecto feminista "Museo de la Menstruación". Ray la quería afiebradamente, pero a los cuatro años ella marchó con otro y siguió por su cuenta una brillante trayectoria que sólo ahora es más divulgada. Ray sufrió el acerado dolor de los abandonados y le tomó el resto de su vida olvidar.

    En su última entrevista, cuando le preguntaron ante la cámara cuál fue la mayor alegría de su vida, respondió sin titubear: "las mujeres". Así, en plural. Pero a su lado sólo había una foto de Lee Miller sobre la mesa, sonriéndole al viejo que pronto iba a morir.


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