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Edición Nº 1771 |
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La Memoria
Cautiva
UNA de las desgracias más crueles de nuestra historia acaeció la madrugada del 10 de mayo de 1943, cuando el fuego devoró cientos de miles de libros de nuestra Biblioteca Nacional. Fue daño doloroso e irreparable. Nunca se pudo establecer culpables, en el caso probable de que el incendio hubiera sido intencional. Pero hay una catástrofe anterior, cuyos responsables se conocen: las tropas del ejército chileno de ocupación. La siguiente crónica revela una iniciativa que puede llevar a la recuperación de parte del tesoro entonces arrebatado. En marzo del 2001, Miguel de Althaus, bibliófilo insaciable, halló en una librería de lance de Santiago de Chile tres libros antiguos con el sello de la Biblioteca de Lima -el nombre que tenía nuestra Biblioteca en días de la ocupación chilena. Los compró y, al volver a Lima, los donó a la Biblioteca Nacional. De Althaus, abogado por la Pontificia Universidad Católica del Perú y con título de Ciencias Políticas de la Universidad de París, concibió de inmediato la idea de una campaña persuasiva para que las autoridades culturales de Chile procuren la devolución de ese rico fondo bibliográfico capturado como botín de guerra. Fue un caudaloso botín. Ricardo Palma, en carta de don Marcelino Menéndez y Pelayo del 20 de noviembre de 1883, escribe; "La antigua y rica biblioteca del Perú fue transportada a Chile". El coronel Manuel de Odriozola, distinguido historiador y entonces director de nuestra Biblioteca, precisó en el momento mismo del saqueo: "El 26 de febrero se me exigió la entrega de las llaves de la biblioteca, dándose principio al más escandaloso y arbitrario despojo. Los libros son llevados en carretas, y entiendo que se les embarca con destino a Santiago". Miguel de Althaus recuerda que su idea de una campaña para la recuperación de ese tesoro fue de inmediato compartida por el director actual de la Biblioteca Nacional, Sinesio López. Desgraciadamente, a un periodista peruano se le ocurrió plantear que también se reclame la devolución del "Huáscar", la nave en que murió, en combate, el glorioso almirante Miguel Grau. Esto desató polémicas y pretextos. Son, en el fondo, cosas distintas. Y deben mantenerse así. La
recuperación de nuestros libros sí es legítima y
atendible. Claro que no es cuestión sencilla.
Ricardo Palma, en Memoria presentada el 28 de julio de 1884, recordaba que nuestra Biblioteca fue inaugurada por el general José de San Martín con 11,256 volúmenes, 600 de los cuales fueron obsequio del propio Libertador. En el momento de la ocupación chilena, el caudal (sin contar duplicados) ascendía a 56,127 volúmenes. Desgraciadamente, no existe catálogo de los libros arrebatados. Pero los tres recuperados por De Althaus demuestran que sí cabe una seña identificatoria: el sello de la Biblioteca de Lima. Ubicar buena parte de los libros será sin duda trabajo de largo aliento y paciencia benedictina, pero se puede de modo gradual. Además, por sectores. Es posible, por ejemplo, que se pueda empezar por textos de historia y periódicos. Es muy probable que números de la Gaceta de Lima, el periódico más antiguo de Sudamérica, reposen bien empastados en la Biblioteca Nacional de Chile. De Althaus considera que ha habido tres tipos de botín de guerra bibliográfico: 1. El organizado por el gobierno de Chile. Nadie puede pensar que el traslado nocturno en carretas fue efectuado por particulares en momentos en que la Biblioteca Nacional había sido convertida en cuartel. 2. El saqueo por soldados chilenos. Ricardo Palma compró por dos soles de plata un incunable de 1499 que había sido donado por San Martín. 3. El apoderamiento por oficiales o particulares chilenos. Uno de los libros recuperados por De Althaus tiene este sello: "Juan Pablo Arancibia. Santiago-Chile-1909". La idea de una devolución amistosa ha encontrado eco entre intelectuales de Chile. José Rodríguez Elizondo, ex redactor de CARETAS y viejo amigo del Perú, ha escrito en El Mercurio de Santiago de Chile: "Nuestro historiador Sergio Villalobos, quien ha hecho una muy prolija investigación sobre la materia, ha escrito que los peruanos cuidaron muy mal sus libros, pero que el desvalijamiento por parte de los chilenos no tiene justificación alguna". "Entendiéndolo así", anota Rodríguez Elizondo, "Eduardo Frei devolvió 50 volúmenes del archivo de Tacna, cuando firmó con Fujimori el Acta de Ejecución de temas pendientes, en 1999. Creo que el presidente Lagos y nuestra exitosa canciller Alvear debieran repetir el gesto, cada vez que tengan una buena oportunidad". (César Lévano).
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