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Edición Nº 1771 |
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SI no muchos, podría decir que he visitado un número bastante amplio de países, pero en ninguno la gente fuma más que en España. Aquí se fuma puros habanos, y de los otros, así como cigarrillos de todas las marcas, y lo hacen desde casi niños y niñas, jóvenes y personas de todas las edades en cantidad tal que se hace imposible de creer y aún más de soportar. Hace poco, comiendo, es decir almorzando en un restaurante, me tocó de vecino un fumador que, luego de echarme todo el humo que le dio la gana, cuando le pregunté que si le molestaría no encender el tercer cigarrillo en vista que estaba comiendo, me contestó, molesto, que sí, que sí le molestaba, pero que iba a hacerlo. Y tan fumador compulsivo era que, cuando terminé mi plato, diciendo ahora sí puedo, encendió su tercer cigarrillo, y luego el cuarto, el quinto y finalmente, como postre, el sexto. No sé si la edad me habrá dado sabiduría -creo que no-, pero evidentemente lo que sí me ha sido concedida es grandes cantidades de paciencia (la famosa Santa Paciencia) y hasta buen carácter, así es que me tragué el humo, junto con el de los otros comensales que fumaban en ese restaurante. Total, no es cosa de irse de España porque la gente fume. Ni irse a las trompadas por un montón de humo. Me siguen lloviendo cartas por ese comentario que hice refiriéndome a la soldado norteamericana (¿de color está bien dicho?) que fue a Irak a matar gente y a la que ciertos lectores, que evidentemente aman todo lo que forme parte del ejército norteamericano, parecen admirar. Bueno, ante ello, alzo los brazos en señal de: me rindo. Sin embargo tengo la impresión de que la mayoría o la totalidad de esas cartas proviene de los Estados Unidos, en donde parece estar imperando una suerte de intolerancia, casi como una forma de ganar méritos quizá para ganarse la ansiada Green Card. Para esas personas ningún soldado norteamericano puede ser ni feo ni patizambo y tampoco malo. Asimismo el aparato logístico y de imagen guerrero de ese país sería incapaz de urdir tramas de ninguna clase (como la de Salvando a la soldado Lynch). Así hasta Rumsfeld terminará siendo un nuevo y apuesto John Wayne, que sólo mataba a los malos (por lo general indios, es decir iraquíes). Otros tiempos eran esos cuando en Estados Unidos un escritor puso en duda de que alguna vez los astronautas norteamericanos hubiesen puesto el pie en la Luna, afirmando en un libro que todo no fue sino una urdimbre del Departamento de Estado. No sé por qué, pues, tanto aspaviento de un lector, o lectora, porque quien suscribe piense que el rescate de la soldado Lynch haya podido ser tramado. Busco afanosamente los diarios peruanos en Internet y suelo arrepentirme, porque más tranquilo me quedo leyendo los españoles que no suelen decir nada del Perú (aunque a Eliane Karp sí le dedicaron hasta reportajes con motivo de su visita y la donación de un caballo de paso que hizo a los Reyes). (También salieron noticias, en especial en los medios dedicados a economía, acerca de la gran puesta en escena del pisco, que estuvo a cargo del vicepresidente y ministro de Comercio Exterior y Turismo Raúl Diez Canseco y Promperú). (De paso les digo que con motivo de la presentación del libro del pisco, de Mariela Balbi, ya nadie aquí dice pisco peruano porque eso está implícito, lo que parece le saca roncha al embajador de Chile). Ahora, para que nadie dude en adelante de mi objetividad, debo de certificar que Alan García tenía toda la razón cuando se refería -y creo que sigue haciéndolo- al alto precio de los medicamentos en el Perú, respecto a lo que valen en otros países. Pude constatar que eso es verdad por lo menos en España: aquí los remedios son infinitamente más baratos que en el Perú. Aquí casi dan ganas de enfermarse para curarse por unos pocos euros. Creo que eso es algo que los laboratorios farmacéuticos peruanos deberían explicar. Leo también en Internet eso de la destrucción de la plazoleta Pizarro y el retiro de la gran escultura que allí había. Creo que a estas alturas de la historia del Perú reinvindicaciones como ésa son, además de tardías, absolutamente intonsas. Aunque no nos guste, la figura de Pizarro pertenece a la historia del Perú. Detenernos en esas pequeñas venganzas ultramontanas es un retroceso. Y mucho me temo que la Plaza Perú -nombre ampuloso más propio para bautizar a una plaza en el extranjero y no en el propio país-, va a servir más que para exaltarla para humillar la nacionalidad peruana. ¿Quién cuidará la bandera que allí se coloque? ¿Alguien la lavará o parchará cuando se desgaste? ¿Quién salvará la plaza de los orines de los viandantes? Aquí en Madrid existe una Plaza España ¡pero qué tal plaza, señores! ¡Dios libre a nuestra Plaza Perú! La semana pasada estuvo llena de satisfacciones digamos que patrióticas o peruanistas al menos: Una, la de asistir a la premier de una obra en la que participa la casi legendaria Elvira Travesí, tantos años residente en este país. Se trata de `La barca sin pescador', una de las obras más características de Alejandro Casona. Yo que la he visto actuar en el incendiado Teatro Municipal, haciendo una extraordinaria Madre Coraje, constaté que su gran temperamento teatral sigue vigente, pese a su edad. Luego, en la emblemática Plaza del Sol, gracias a la Comunidad de Madrid, que la organizó, los españoles dieron un maravilloso ejemplo de solidaridad con la celebración del Día del Libro Solidario, que estuvo dedicado a donar libros al Perú: allí miles y miles de españoles acudieron con bolsas repletas de libros que jóvenes voluntarios ponían en cajas para enviarlos a nuestro país. Fue ése un espectáculo verdaderamente conmovedor y gratificante.
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