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Edición Nº 1772 |
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Por LORENA TUDELA LOVEDAY Pucha, Mezcla
de Zorros
¡A mí, a mí! A mí me tuvo que llegar una carta notarial, ¿tú te puedes imaginar la cholada?; como si una viviera metida en ese mundo de los juicios de alimentos y las fiscales con medalla en medio de la teta, qué decadencia, por Dios. Bueno, me llegó y encima bajo la puerta. Cuando la abrí te lo juro que sentí como que el mundo del zorro de arriba se mezclara con el mundo del zorro de abajo, sobre todo al ver que la firma de la carta decía Jess Pariahuanca. Ahí se me confundieron todos los zorros, hija, y casi me tiro por la ventana al Golf. Pero bueno, recuperé la serenidad y llamé, of course, a José, el único abogado que a mí me da buena espina en este país de morondanga, y lo que me aconsejó fue que -aparte de ducharme con él... ¿qué tendrá que ver eso con la ley?- o sea, le diera a la remitente de la carta una cita pero en un lugar escogido por mí: "Son mañas de leguleyos, Chinita, tú atraca nomás y vamos juntos". Bueno, le contesté la carta notarial a la tipa esa, temblando como una hoja, citándola para el día siguiente en el comedor del club Empresarial, que es lo más clasemedia y neutral que yo conozco en Lima. Hija, esa mañana antes de la reunión me sentí como una Juana de Arco en marchand hacia la hoguera. No sabía ni qué ponerme y con la confusión me vestí de invierno riguroso y casi me cago de calor y un desastre, no sabes. Cuando José llegó por mí yo era un valle de lágrimas, tirada en el sillón segura de que iba a tener que compartir el resto de mis días con Jackie Beltrán en Santa Mónica, hija, sin que conozcamos entre las dos a nadie en común. De suicidio. Jóse sin embargo me sacó bien rápido del drama y nos fuimos al Club Empresarial. Estábamos sentados a la mesa, pucha, a la espera, cuando qué te crees. Veo aparecer... ¡a Jessikah's Jesseniah's en semejante lugar y lo peor de todo, pucha, vestida con una blusa mía, una cartera mía (que no le hacía juego, por supuesto) y los últimos aretes que le compré a Esther Ventura y se los tuve que arranchar porque ya los había pedido la Carrot, que mueeeeeeere por las pestañas de k' ente gigante engastadas en plata chancada! Pero hija, eso fue sólo el comienzo, porque detrás adivina quién surge entre los vitrales de Gody y los cuadros de Pazos: ¡ni más ni menos que Víctor Valdez, el cholo ese impresentable que tiene una biblioteca de un millón de dólares y una casa de putas impúberes en un edificio de San Borja! Hija, no me alcanzaron las manos para bajarme el segundo martini en vodka del mediodía ante semejante espectáculo, sobre todo cuando los dos se vinieron a mi mesa y sin más, juá, se apoltronaron. "Hola señorita China, he venido con mi abogado bien chévere para ver un asunto legal con usted", me aspetó la Jessi, hija, a quien recién en ese momento asocié con la que firmaba la carta, tú sabes que en Lima nadie sabe cómo se apellida su muchacha, ¿no es cierto? Pucha, pero yo, que aún no entendía el contexto, no pude sino contestarle, "¿me hiciste las bastas del pantalón blanco?" Hija, no sabes el tiempo que me tomó entender que lo que la Jessie quería era ubicarme en la nueva ley sobre las lorchas que ha sacado Antero Flores-Aráoz, seguro porque tiene horrores de sobrinas a las que le pagan mal. Lo cierto es que desde que se miraron Jóse y el tipejo ese (Mario dixit), pucha, se estableció en el ambiente una tensión que la cortabas con tijera. Y nada te digo cuando llegó el carpaccio mar y tierra: Valdez se tiró encima como si estuviera en el comedor popular de su infancia y se levantó con mano medio plato, mientras le decía a mi abogado: "Otra vez nos une la justicia, doctor Ugaz". Jóse, que es lo más GCU de esta tierra, lo miró como Kafka a su propia cucaracha y se limitó a responderle, "conchatumadre". Hija, el resto del almuerzo no lo recuerdo bien porque entre el estrés y los martinis, pucha, le concedí a Jessy seguro privado, AFP, vacaciones en Aruba, cama doble en su cuarto, colegio, universidad, doctorado en Harvard, psicoterapia intensiva, crédito en Ripley, Visa Gold y hasta derecho a usar mi auto dos veces por semana; y todo para que se termine cuanto antes ese momento horrible de mezcla de cosas que nunca se debieron siquiera haber tocado. Ahora me tienes con Jóse estudiando la ley a ver cómo hacemos para que la vida vuelva a su normalidad y Valdez, al zoológico. Ya te cuento. Chau, chau. (Rafo León).
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