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Edición Nº 1772 |
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LA racha del Perú aquí en España, y en especial en Madrid, ha continuado luego de la visita de Eliane Karp, las exhibiciones de caballos de paso y las libaciones, moderadas gracias a Dios, de pisco, en Madrid y en Sevilla. La penúltima semana, como para no dar descanso, ocurrieron por lo menos dos hechos verdaderamente extraordinarios: el primero, que insisto en resaltar, porque ya lo mencioné, es el de esa gran manifestación de solidaridad con el Perú organizada por la Comunidad de Madrid en la emblemática Puerta del Sol, que consistió en la celebración del Día del Libro Solidario, que en esta ocasión llevó el título "Pon tu Libro en Perú". A la difusión de la misma contribuyó, no faltaba más, Mario Vargas Llosa, con un spot en la televisión en la que invitaba a participar en la donación de libros a nuestro país. La acogida fue en verdad conmovedora: millares de españoles, y personas de otras nacionalidades, hicieron colas permanentes, de cuadra y media por lo menos, para depositar sus libros, que eran recibidos por una brigada de voluntarios que se rotaron desde las 9 de la mañana a las 9 de la noche. Todavía no conozco las cifras pero seguramente los libros donados al Perú han superado los ¡70,000! El Embajador del Perú, Fernando Olivera, estuvo a primeras horas en la inauguración del multitudinario acto, proyectado por la O.N.G.D. Libros para el Mundo, en compañía del presidente de la Comunidad de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón. Fue un verdadero acontecimiento, que se sumó a los muchos que en las últimas semanas han puesto el nombre del Perú en boca de los madrileños. Y en la ocasión pude comprobar que mientras millares de turistas extranjeros y locales recorren la populosa Puerta del Sol y la Gran Vía, cuidándose los bolsillos (por siaca, porque aquí lo el robo es también cosa habitual en estas aglomeraciones) modernas máquinas limpiadoras de veredas y pistas, manejadas por hábiles empleados municipales se cruzan con los transeúntes haciendo su trabajo de limpieza sin importarles nada la muchedumbre y, lo que a veces parece increíble, sin atropellar a nadie. Madrid limpio es capital, dice el lema oficial, que aprovecha doblemente el adjetivo y el sustantivo. Ojalá se nos contagie. Es capital. Uno sale de su país para ir a residir en otro y, aunque no sea propiamente deportado (cosa, que yo también sé de qué se trata) casi de inmediato empieza a extrañar, a la gente más cercana a uno por de pronto. Y, haciendo examen de conciencia, o preguntado por algún indiscreto, la pregunta no tarde en llegar: ¿Qué es lo que más extrañas de tu país? Y claro que la mayoría de los peruanos responde: el cebiche. Yo también, pero extraño aún más, los martes, jueves y sábado, al Geniograma, tantos años metidos en mis costumbres. Aquí en España no hay nada que se le asemeje y por eso uno se siente una especie de exiliado: no tener Geniograma que hacer tres veces a la semana es algo que no estaba en mis cálculos. El cebiche, mal que bien, se puede hacer, pero el geniograma no. ¡Qué falta que me hace! (¿Y qué tal si lo exportan?). De pie, sujetándose por las justas de los pasamanos, o sentados en el Metro, o en un ómnibus, los madrileños leen a toda hora. Tanto que frente a mí, en un conjunto de cuatro asientos del Metro a la hora cumbre, el único que no lee -pero observa- soy yo. Una señora mayor una revista y mis otros dos vecinos leen libros (atisbo el título de una novela recién publicada). Nada de eso sucede ni puede suceder en Lima, porque los ómnibus sobrevivientes de hace cuarenta años, las combis y los micros importados por el régimen del tránsfuga, aparte de atentar permanentemente contra el cuerpo, la vida y la salud, hacen imposible que ningún mortal sea capaz de leer algo que sea uno de los diarios chicha característicos de Lima, que no traen nada que leer y sí mucho y muy barato, burdo y grosero que mirar. Por eso creo que es necesario señalar que uno de los factores determinantes de la falta de cultura de los limeños son esos vehículos mortales de transporte en que se ven en la obligación de movilizarse los sufridos habitantes de la capital del Perú. A más micros, menos cultura, así de simple. El trágico y malvado atentado que redujo a polvo las Torres Gemelas de Nueva York, el 21-S, como ahora se llama, ha producido otros diversos males lamentables. El más notable de todos, y probablemente el que más polémicas ha desatado en el mundo (aquí en España ha producido una polarización jamás vista, recién atenuada con los resultados del conflicto), es la guerra de Irak. En el Perú, por nuestra cuenta, a fuerza de ser mucho más modestos, el 21-S ha producido un fenómeno a nuestra altura: las personas que se encargan de revisar los equipajes de mano en el aeropuerto internacional Jorge Chávez han descubierto una fórmula aparentemente y justificada para hacerse de bienes que no les pertenecen: cada vez que un pasajero distraído hace pasar delante de las máquinas rayos X un maletín de mano en el que se ha olvidado de no poner tijeritas para cortarse las uñas de los pies, limas para hacerse la manicure o tijeritas con la punta roma para cortarse los bigotes (¡ése es mi caso!), pues simplemente se procede a decomisarle o retenerle esas peligrosas armas. Hasta allí, vaya y pase: lo puedo comprender, porque con esos instrumentos podría dominar a la tripulación amenazando a la azafata con cortarle las uñas de los pies o refilarle el bigote al purser. Lo que sí no entiendo es por qué no le dan a uno recibo por ése, digámoslo así, decomiso. A mí al menos se negaron a hacerlo y ahora el bigote me está creciendo que da miedo. No me extraña nada que el programa "Cuarto poder" le conceda un gran espacio para entrevistar al congresista orate llamado Víctor Valdez (lo de orate es por aquello de la biblioteca que dice tener valorizada en un millón de dólares). Con perdón de la palabra, que no suelo utilizar en esta página, el programa debería llamarse en verdad "Cuarto joder".
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