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Edición Nº 1773 |
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Cusco
Escribe MARCO ZILERI LA convulsión social y zafarrancho de combate que precede la Cumbre del Grupo de Río en Cusco es, paradójicamente, el tema central del cónclave presidencial latinoamericano. Hace ya dos décadas que el hemisferio adoptó masivamente sistemas democráticos de gobierno, tras superar todos -salvo Cuba- regímenes autoritarios que en nombre del desarrollo y la equidad social, sometieron a sus pueblos a diversos grados de arbitrariedad política. Sin embargo, son pocas las democracias desde Tierra del Fuego hasta el sur del Río Grande que no experimentan hoy severas tensiones sociales y económicas. Los gobiernos elegidos -una y otra vez- han fracasado en impulsar sus economías y reducir los niveles de desigualdad social en la región que son únicos en el mundo. Como precisa Fernando Sánchez Albavera, economista principal de la CEPAL, el fracaso de las democracias latinoamericanas para encauzar la enconomía por la senda del desarrollo real y sustentable debilita el prestigio del sistema democrático a nivel popular (ver recuadro). Si en las últimas dos décadas Latinoamérica ha
tenido la virtud -salvo vergonzosos casos como la década de Fujimori
en el Perú y Venezuela hoy- de detener el tradicional péndulo
entre autoritarismo y democracia que caracterizó nuestra historia
desde la Independencia, nadie puede decir que el pernicioso vaivén
pueda volver a activarse. Lo saben muy bien los 19 presidentes que estarán
presentes en Cusco.
En ese sentido, la XVII Cumbre del Grupo de Río aspira a tomar el toro por las astas. La superación de la pobreza, el fortalecimiento de la gobernabilidad democrática y sus instituciones (partidos políticos, Poder Judicial, representatividad popular en el Parlamento) y las vulnerabilidades externas de los países miembros será la agenda del día. El hecho que en la víspera del magno evento, éste se viera amenazado por la posibilidad de que las delegaciones tuvieran que abrirse paso entre piquetes de enardecidos maestros de escuela en huelga indefinida por los bajos salarios que perciben, no puede ser más elocuente de los dilemas que enfrentan las paupérrimas democracias latinoamericanas. Que el cónclave presidencial se celebre en la capilla del Hotel Monasterio resulta igualmente revelador. La Declaración del Cusco que sellará la Cumbre no sólo ratificará la volutad política de los mandatarios presentes -todos esperan un mea culpa de Hugo Chávez- de atender los graves problemas de representatividad política y eficiencia social de la democracia regional, sino que aspira a dar un mensaje claro a las democracias del mundo industrializado y los entes multilaterales de desarrollo, de que la democracia latinoamericana merece una mejor suerte. Como país anfitrión y secretario ad tempore del
evento, el Perú sin duda ha estado a la altura del reto. Una de
las iniciativas elaborados por el ministro de Economía peruano,
Javier Silva Ruete, y el asesor en asuntos económicos de la Presidencia,
Daniel Schydlowsky, propone un paquete de "mecanismos financieros innovadores",
que precisamente plantean mecanismos para convertir el círculo
vicioso de la deuda externa en un círculo virtuoso que permita
liberar recursos financieros para sustentar el desarrollo (CARETAS 1770).
También la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) presentará un documento por intermedio de su secretario ejecutivo, José Antonio Ocampo, en ese mismo sentido. Los países del Grupo de Río han advertido que éstas iniciativas no buscan subvertir el orden financiero internacional. Por el contrario, sólo son posibles si los países ricos del mundo y los organismos multilaterales están de acuerdo con ellos. Y, claro, la propuesta no es nada nuevo bajo el Sol. Y mucho menos si ésta se plantea desde la milenaria capital del Imperio del Sol. Estados Unidos acaba de invertir en la "recuperación de la democracia"
en Irak -puesto que las armas de destrucción masiva nunca se hallaron-
nada menos que US$ 35,000 millones en sólo dos meses de guerra,
a lo que hay que sumar unos US$ 10,000 millones de ayuda de los aliados.
Según cifras del Centro para la Estrategia y Presupuesto, un grupo
independiente de Washington, la reconstrucción de Irak costará
otros US$ 30,000 millones. El costo de las tropas de ocupación
de 40,000 soldados por cinco años se estima en US$ 45,000 millones
adicionales.
En comparación, los US$ 2,000 millones de asistencia economómica de EE.UU. a Colombia, una democracia flagelada por la subversión y el narcotráfico, palidece ante las cifras invertidas de la noche a la mañana en el Oriente Medio. El total de la inversión extranjera privada y pública en América Latina en el 2002, según la CEPAL, fue US$ 59,000 millones, 33 % menos que los US$ 84,000 millones registrados en el 2001. La marcada retracción en las inversiones a la región de un año al otro, es una de las razones por las cuales muchas de nuestras democracias hoy se encuentran contra las cuerdas. Encontrar mecanismos de financiamiento acíclicos, que respondan justamente cuando el mercado internacional ingresa a una fase de recesión, es parte de las inteligentes soluciones que los líderes del Grupo de Río buscarán concertar para que en el futuro cercano el mundo sea simplemente mejor. (Información: Rosa Bonilla).
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