Edición Nº 1773


 

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    ARTICULO

    22 de mayo de 2003

    El Buen SALVAJE
    Hace 50 años a Víctor Delfín se le ocurrió imitar a Paul Gauguin y se fue a vivir a Tingo María. Sólo quería pintar.

    Víctor Delfín revive sus andanzas en Tingo María, cuando pensó que huir de la civilización sería lo más acertado.

    Escribe TERESINA MUÑOZ-NAJAR

    ESTABA harto de Bellas Artes como ahora lo está de usar zapatos. Además, en 1953 los ídolos de los pintores eran rebeldes: Vincent Van Gogh y Paul Gauguin. Delfín había leído el "Noa Noa" de Gauguin. A este hombre no le falta razón, pensaba, acá uno no es ni chicha ni limonada, hay que empezar de cero, de lo primitivo, sin influencias.

    Delfín sabía entonces que Gauguin había estado en el Perú, que se decía descendiente de los incas, que había moldeado esculturas que parecían verdaderos huacos precolombinos. Para remate, un día que regresaba de la Escuela con su profesor Alejandro Gonzales, Apurímak, éste lo llevó hasta la casa donde supuestamente había vivido el pintor francés con su madre, la hija de Flora Tristán. "Me fascinó tanto -cuenta Delfín- que preparé una charla para mis compañeros reclamando la peruanidad de Gauguin. Me interesaba que hiciera impresionismo y a la vez se peleara con él, me interesaba que partiera siempre del arte popular". Los jóvenes de Bellas Artes se mataron de risa. Pero Delfín no lo podía evitar, Gauguin seguía dándole vueltas por la cabeza. Lo veía por todas partes. El pintor Felipe Cossío del Pomar, descendiente de Flora Tristán, le repetía a cada rato que él era primo de Gauguin, que cuánto lo admiraba, que qué buena idea tuvo de irse a Tahití…hasta que ya, ¡basta! Tuvo una bronca en la Escuela, se fue al bar que estaba al lado del Palermo, en el Parque Universitario, se encontró con Manuel Zapata, Alberto Guzmán y Edmundo Pantoja, condiscípulos inseparables y les dijo ¡vámonos!

    "Vámonos a un lugar donde no existan horarios, profesores, críticos ni concursos. Mandemos todo a la mierda. Vámonos".

    A los tres días estaban los cuatro trepados en un camión rumbo a Tingo María.

    Al cabo de dos meses los amigos no aguantaron y se regresaron. "Pero yo como soy testarudo me interné en el monte. Me puse a pintar y a sobrevivir. Me hice colono porque daban facilidades para adquirir tierras y construí una cabaña cerca del río. Era una vida dura pero linda. Te ibas con un machete al árbol más cercano y sacabas una papaya, después una piña. Lo único que necesitaba de la civilización era azúcar y sal. Finalmente me convertí en un salvaje completo, no usaba zapatos, a las justas un pantalón corto". Delfín cortaba cabezas de plátanos y las vendía, también buscaba algunos reales trabajando en los aserraderos más cercanos. "Siempre he sido un buscavidas", afirma.

    Pero de cuando en cuando Víctor Delfín se iba a Tingo María, a la ciudad. Allí le organizaron una exposición de sus cuadros y allí se encontró con José B. Adolph, por esos tiempos joven redactor de CARETAS. Adolph dio cuenta de la noticia en la edición número 47 de esta revista, describiendo "La extraña historia del pintor de la selva". Más tarde, ya en Lima, "Ultima Hora" también le públicó una nota contando las aventuras de "El Tarzán de la paleta".

    "La verdad -dice Delfín- es que medio que me inventaron una historia que desde luego me favoreció. Me fui imitando a Gauguin y tuve una experiencia muy interesante. Eso es todo".

     

    Uno de los dibujos que Delfín realizó en aquella época y que reflejan una de las actividades a las que se dedicó. der.: "Vámonos a un lugar donde no existan horarios, críticos", dijo en el 53.

    De esos años en Tingo María, Delfín guarda unos dibujos que están a punto de desintegrarse. Antes de que eso ocurra los ha copiado y vuelto a pintar (son los que aparecen en estas páginas). Después de todo, testimonian aquel destierro voluntario en, como apocalípticamente escribiera Adolph, "el infierno verde".

    -Han pasado 50 años de esta aventura y actualmente, aunque en tu casa siempre camines pata al suelo, muchos dirían que te has formalizado demasiado. Ahora se te critica por tu cercanía al gobierno de Toledo, tu última exposición en Guayaquil…

    -En el Perú a esas cosas no hay que darles ninguna importancia. ¿Dónde estaban los críticos cuando un genio como Van Gogh no tenía ni un centavo ni un comprador? Estaban celebrando lo vendible. Ese es el precio que se paga por ser un rebelde, por ser distinto.

    -Lama, sin embargo, se refiere con precisión a la exposición de Guayaquil y al gran auspicio que has tenido del gobierno peruano…

    -Que Lama siga escribiendo, ese es su trabajo. Además, que me dedique de vez en cuando una o tres cuartos de página es porque me considera importante. Por otra parte lo de Guayaquil estaba acordado hace dos años. Antes que Toledo asuma la presidencia, el alcalde de esa ciudad me invitó. Luego, el día de la exposición de Feito en el Museo de Arte, Luis Solari, que se había enterado de lo de Guayaquil se ofreció a hacer la presentación. En este caso, el oficialismo se ha subido a mi carro. Yo me muero de risa. Pero Lama no me perdona…

    -¿Qué no te perdona?

    -Que un día le dije que si se seguía metiendo conmigo le iba a sacar la mierda.

    -¿Por qué?

    -Mira, durante el gobierno de García mi amigo Lucho Arias Vera me pidió un cuadro para una exposición que él estaba organizando. Yo no tenía nada entonces y le presté un cuadro de Guayasamín. Inmediatamente, Lama escribió que yo me había subido al carro del oficialismo. Lo llamé por teléfono y le dije eso, que le iba a sacar…

    -Como presidente de la Comisión Nacional de Cultura, ¿cree que de verdad existe, por parte del gobierno, voluntad política de hacer algo por la cultura?

    -Si creyera lo contrario no estaría perdiendo mi tiempo con todo lo que tengo que hacer. Toledo no me ha defraudado. Ya está listo, por ejemplo, el embrión de la Casa de Ciencia y Cultura César Vallejo en Santiago de Chuco y se acaba de inaugurar la Casa de la Cultura de Desamparados. Toma, te entrego la Memoria 2002 de la I Consulta Nacional: Autoafirmación y Creatividad Cultural realizada por la Comisión. Nosotros estamos trabajando.

    -¿Por qué la chapa de "Conde Ají"?

    -Esa es una chapa cariñosa e ingeniosa que me la puso mi gran amigo Carlos Castañeda Aranda, el cajamarquino, el famoso sonrisa de oro y autor de "Las enseñanzas de Don Juan". El estuvo en Bellas Artes conmigo. Y era el "Conde Ají" porque ají significaba misio y como a mí me gustaba vestir bien y era misio pues me decían el "Conde Ají". Hasta ahora soy el "Conde Ají", no me vestiré bien a veces pero me gusta vivir bien. Y sigo misio.

     


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