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Edición Nº 1776 |
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Veinte
Sobre Veinte Veinte no son suficientes, pero sí necesarios. Sobre todo en un país donde la cultura y las letras nunca se han visto alentadas, sino que por el contrario siempre han sufrido el desprecio y la marginación. Así lo señalaba Sebastián Salazar Bondy en su famoso ensayo "Lima, la horrible": "Lo estético encuentra en Lima un obstáculo obstinado: su aparente gratuidad. Sin valor de uso para el adoctrinamiento o lo sensual, la belleza creada por el talento artístico no tiene destino". Más tarde lo confirmaría Mario Vargas Llosa al citar un verso de Carlos Germán Belli que dice "No me encuentro en mi salsa" y es que -señala Vargas Llosa- "nadie que tome en serio la literatura en el Perú se sentirá jamás en su salsa, porque la sociedad lo obligará a vivir en una especie de cuarentena". Y esa sigue siendo la realidad. Sin embargo, si existe la posibilidad de cambiar ello o alentar ese cambio, hay que hacerlo. Y si eso se ha hecho durante 20 años, no cabe más que la alegría y cierto orgullo porque detrás de las fotos de cada ganador hay otros premiados, menciones honrosas, cuentos enviados y centenares, miles de escritores. Palabra viva de un país. 2º Premio
El Instante De Todos Mis Días El Historiador y profesor universitario Fernando Armas Asín ha fraguado un relato donde en medio de una atmósfera manifiestamente cargada se describe el periplo erótico y sentimental de una protagonista que nos lleva de manera progresiva e insistente por una ruta donde cada paradero estará determinado por el deseo y la pasión. Hasta el final. Por FERNANDO ARMAS ASIN VUELVES de la facultad cansada, ha sido un día duro. Aparte de un montón de clases has estado encerrada en la biblioteca mucho tiempo. Con la cabeza caliente te diriges en microbús a casa. Es uno de esos días en los que no puedes fijarte en nada de lo que sucede a tu alrededor, vas ensimismada en tus propios pensamientos. Piensas en tus exámenes, en tu carrera, los problemas cotidianos y no deja de rondarte en la cabeza ese chico. Ni te das cuenta, pero alguien te sigue, te sigue desde la facultad, le es fácil porque no prestas ninguna atención a tu alrededor. Antes de llegar a tu casa pasas por una zona oscura, más oscura de lo normal. Normalmente pasas por ahí con cuidado, fijándote en cada rincón, pero hoy sigues dándole vueltas a tus pensamientos. Entonces, alguien te agarra, te tapa la boca y te empuja hacia un rincón, lejos de las miradas de los posibles peatones que crucen por ese sitio. Te asustas, derramas incluso unas lágrimas y el pánico más profundo se apodera de ti. Sientes el cuerpo de tu agresor, porque es un hombre, seguro. No habla, se queda ahí, inmovilizándote sin decir nada, percibes su olor, lo sientes, un olor agradable. Te venda los ojos, la venda tiene su olor, te acaricia, te asustas, crees que vas a ser violada. Pero él lo hace suavemente, sin prisa, te besa levemente el cuello, los labios, los lóbulos de las orejas. Lo hace tan suavemente que llegas a sentir un escalofrío. Justo en el momento en que suspiras por esas caricias se retira y oyes una enérgica carrera. Te ha dejado sola, sentada en el suelo y suspirando. Temerosa te quitas la venda negra, no hay nadie. Se te escapan unas lágrimas de la tensión a la que has estado sometida. Te sientes confundida, ¿Quién era?, ¿Quería violarme?, ¿Era un loco? Muchas preguntas se agolpan en tu cabeza.
En los días siguientes tienes mucho más cuidado, estás más pendiente, no vuelves a pasar por esa zona oscura y procuras que siempre te acompañe alguien. Sin embargo, pese a tu confusión te sientes extrañamente excitada por lo ocurrido. Es inútil negar que ese suspiro te lo provocó, en cierto modo te gustó, y eso te deja aún más confundida. Al tercer día en la facultad quieres empezar a estudiar cuan- to antes ya que vas un poco retrasada con tanta agitación. Entras a la biblioteca, dejas tus cosas y vas al baño a refrescarte. Cuando te estás lavando alguien te sorprende, te tapa la boca y te mete en un apartado. Una venda con un olor conocido te tapa los ojos. ¡Es él! Te empuja contra la pared y te inmoviliza, sin hacer nada más durante unos momentos. Lo sientes, lo hueles, puedes sentir cada uno de sus músculos y huesos, su respiración, su aliento suave. Te empieza a acariciar y a besar, como la otra noche. No puedes evitar unos suspiros cuando te acaricia los senos, los pezones, las caderas, mientras te besa el cuello. Te destapa la boca pero tú no gritas, quieres seguir sintiendo esas caricias que te están volviendo loca. Te desabrocha el pantalón, mete su mano, te acaricia por encima del pantalón, tú ahogas tus gemidos para que nadie los sorprenda. Notas como la respiración de él también es entrecortada, mientras te devora los lóbulos de las orejas, el cuello y los labios. Te masturba por encima de la ropa interior, no puedes más, te va a venir un orgasmo, justo, justo en el momento en que él se aleja, abre la puerta y te deja ahí. Te quitas la venda, estás sola, te tiemblan las piernas. Estás excitada. Así no puedes salir a la biblioteca, cierras el pestillo, te bajas completamente el pantalón y la ropa interior y te acaricias con insistencia. Piensas en él, en el Desconocido, jadeas por él y te sobreviene un tremendo orgasmo que te encoge. Ahora ya no sabes qué pensar. Te has tenido que masturbar cada vez que has recordado el último encuentro porque te subía la temperatura una barbaridad. La curiosidad que sientes es todavía mayor, igual con la obsesión de que te persiguen. Que te persigue él. Ahora tienes dos vendas, los sueños eróticos por la noche, y no tienes miedo. Ahora lo que tienes es impaciencia. Dos días después, durmiendo en tu habitación sientes de nuevo su olor, su tacto, el sabor de sus besos. En ese estado de semiinconsciencia las caricias continúan, cada vez sientes mayor placer, tu respiración de nuevo es entrecortada y te corres con una convulsión, te despiertas pero continúas corriéndote. No ves nada ¡Tienes una venda en los ojos! El te agarra, te tumba ¡Estaba en la habitación! Te ha estado masturbando mientras estabas dormida y te has despertado por un orgasmo increíble. Los dos desnudos en la cama, él sobre ti, besándote, acariciándote, con entrega. Ya no hay nada que hacer, no te resistes en absoluto, te entregas, necesitas sus caricias, necesitas que apague él y sólo él lo que tienes dentro. El sudor baña sus cuerpos, tu sexo rezuma placer y es atendido por sus caricias. No pueden ahogar los gemidos, intensos, que se provocan mutuamente. Saboreas su sexo, erguido, dulce, mientras el gime fuerte, profundamente. Gritas, le muerdes y le suplicas. Como si hubiera estado esperando eso, tu desconocido te penetra lentamente. Nunca en tu vida te habías sentido así, presa de un deseo y pasión tan acuciantes. Tuviste un orgasmo, y luego éstos se sucedieron. El lo hacia rítmicamente. Perdida ya la noción del tiempo y abandonada al placer, luego notaste un brusco cambio de ritmo. Ahora pretendía volverte loca, buscaba su orgasmo y ello provocaba que gritaras, que le arañaras la espalda, le mordieras, saboreando su sangre en tus labios. Por fin le llegó el orgasmo y fue presa de convulsiones. Lo abrazaste con ternura mientras exhaustos, sudorosos, felices, se fueron durmiendo. No quisiste soltarlo, no quisiste que desapareciera como las otras veces. Por primera vez pensaste en quitarte esa venda que te ponía, preguntarle, saber quién te hacía sentir de esa manera, suspirar con él. Pero el cansancio hizo mella en ti, y con esos pensamientos, abrazada a él mientras te acariciaba los hombros y el pelo, te quedaste dormida. Cuando despertaste estabas desnuda, sola en tu habitación. Sin saber si había sido un sueño o una realidad. En la ventana de tu habitación encontraste la venda al lado de un hermoso tulipán. Con el tiempo te resignaste a que desapareciera de tu vida. Pasaste muy triste el resto de los días mientras preparabas tu partida por vacaciones. Lo buscaste en todas partes, buscaste su olor, su perfume. Lo buscaste en los sitios donde otras veces lo encontrabas, en la dificultad, incluso en ese callejón oscuro. Desolada, antes de partir, te fuiste a un bar. Quizá el alcohol, la pena que sentías, el vacío de una alma herida. Cerca de la barra, en un apartado, alguien te tapó los ojos ¡Su olor! ¡Era él! Temblaste de alegría. Te susurró al oído: "¿Quieres conocerme?" Sí, sí, contestaste, no pudiste aguantar un instante más en esa situación. Entonces selló tus labios con un húmedo y largo beso mientras tú retirabas las manos de tus ojos. Y él te entregaba el dinero convenido. Sería otra noche idéntica.
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