Edición Nº 1776


 

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    13 de junio de 2003
    Por MARIO VARGAS LLOSA


    Todas Putas

    DURANTE la reciente campaña electoral, en España, para renovar las municipalidades y las comunidades autónomas, algunos políticos de la oposición descubrieron que Miriam Tey, directora del Instituto de la Mujer, organismo oficial, había publicado en su pequeña editorial El Cobre, un libro de cuentos de Hernán Migoya, Todas putas, en dos de cuyos relatos los personajes, violadores y pedófilos, hacen una apología de la violación. De inmediato se inició una campaña exigiendo la renuncia de Miriam Tey y del ministro de Trabajo, Eduardo Zaplana, quien la había nombrado para dirigir aquel Instituto, acusándolos de amparar la publicación de un libro ofensivo, degradante y que atiza la violencia contra las mujeres, tema que está en el centro de la actualidad española por el alarmante número de asesinatos y maltratos a personas del sexo femenino que se registran casi a diario en el país.

    En Bruselas, las eurodiputadas socialistas Elena Valenciano y Soraya Rodríguez denunciaron ante la Comisión Europea al Estado Español por no destituir de su cargo a Miriam Tey y por no iniciar acciones legales contra ella "como responsable de un delito de apología de la violación y la pederastia". Además de las abundantes declaraciones y protestas de políticos opositores contra el libro incriminado, su editora y el Gobierno "cómplice", hubo muchas cartas a los diarios de lectores sinceramente escandalizados de que se hubiera permitido publicar un libro donde se leían frases así: "Ahora que todos los negros son buenos y todos los maricones unos seres muy simpáticos, a ver si la sociedad ésta se reúne y decide de una vez que no todos los violadores somos mala gente...Siempre será mejor violar a una mujer y dejarla viva, que no violarla y matarla. Yo no sería capaz de matar a una mujer, no tendría estómago para ello. Pero violarlas, les aseguro que no me produce ningún remordimiento". La presión tuvo efecto, pues la editorial El Cobre decidió retirar el libro de la circulación. Nadie prestó la menor atención a las declaraciones del autor, Hernán Migoya, recordando que no se debe confundir a los personajes de una ficción con el autor que los inventa atribuyendo a éste las opiniones de aquellos. (Si no fuera así, los tres astros del cine español, Buñuel, Berlanga y Almodóvar hubieran tenido que ser condenados a cadena perpetua por propagar "la violencia doméstica" y no sé cuántos horrores más).

    Lo primero que cabe concluir de este episodio es que quienes, por oportunismo, hipocresía o simple ignorancia, se precipitaron a blandir el libro de cuentos Todas putas como un garrote contra Miriam Tey y el Gobierno que la nombró, tienen una idea de la literatura que coincide milimétricamente con la de los regímenes autoritarios -clericales, comunistas y fascistas- para los que el quehacer literario debe ser sometido a una rigurosa censura previa a fin de impedir que ciertos textos disolventes, inmorales o violentos causen estragos en los incautos lectores, convirtiéndolos en subversivos, terroristas, asesinos y pervertidos. Detrás de esta concepción ingenua y confusa de la manera como las ficciones de la literatura influyen en la vida hay, en verdad, un miedo pánico a la libertad.

    Si los horrores que contienen las novelas, los poemas, los dramas y los cuentos se contagiaran a los lectores como la escarlatina, la vida habría desaparecido hace tiempo del planeta, o, por lo menos, de las sociedades ágrafas y cultas, y sólo sobrevivirían las analfabetas y bárbaras. Porque hay que haber leído muy poca o ninguna literatura para no haberse enterado de que ella está plagada de brutalidades y de sangre, de monstruos y de seres viles, de estupradores y degenerados que cometen las más abyectas fechorías. Y, por supuesto, de innumerables violaciones. Sin ir muy lejos, el Tirant lo Blanc, la más extraordinaria novela escrita en Valencia -donde el BLOC-EV, de Pere Mayor, partido de oposición, estuvo a la cabeza de la grita contra Todas putas y Miriam Tey-, tiene como cráter el feroz desfloramiento de la princesa Carmesina por el héroe, maravilloso episodio que es imposible no leer con infinita admiración y placer por la maestría formal y el ingenio con que Joanot Martorell lo concibió. He releído no menos de media docena de veces este soberbio capítulo y juro por mi santa madre que todavía no he violado ni a una mosca. Entre los clásicos de la lengua española, no hay, después del Quijote, libro por el que yo tenga más cariño y fascinación que por La Celestina, una novela en forma de drama atiborrada de prostitutas, brujas, alcahuetas y cabrones y de la que transpira una idea del sexo y del amor que, a mí al menos, me produce náuseas. Pero la genialidad con que está dicha esta historia de tremenda violencia moral y de semen sucio dota al libro de un irresistible poder de persuasión, que arrebata al lector y, venciendo todas sus resistencias, a la vez que lo sume en la mugre lo hace feliz. Se puede decir lo mismo de innumerables libros terribles, desde las tragedias con caníbales e incestos de Shakespeare hasta las truculentas manducaciones humanas del Hannibal Lecter de las novelas de Richard Harris, o, por ejemplo, de las fantasías de Jonathan Swift que, como es sabido, recomendó imitar la receta de Herodes para acabar con el problema de la superpoblación en Irlanda: el asesinato masivo de los párvulos.

    No es la literatura la que emponzoña la vida, sino al revés: los libros que fabulan los escritores están llenos de los fantasmas que nos habitan y que necesitamos sacarnos de encima y mostrar a plena luz, para no asfixiarnos con ellos adentro y para que nuestra vida nos parezca más vivible. Somos nosotros, no los libros, los que, en el secreto de nuestra intimidad, prohijamos aquellos deseos locos y sueños excesivos, a veces ignominiosos, que llenan de fiebre y espanto ciertas historias literarias. Yo lo explico mal, pero hay pensadores lúcidos, como George Bataille, que en La literatura y el mal, por ejemplo, lo razonaron con luminosa claridad. Los seres humanos estamos dotados de una imaginación y unos deseos que nos exigen vivir más, y mejor o peor de lo que vivimos, pero, en todo caso, de una manera distinta -más intensa, más temeraria, más insana- a aquella que la suerte nos deparó. La literatura nació para que esa imposibilidad fuera posible, para que, gracias a la ficción, viviéramos todo aquello que las limitaciones y prohibiciones de la vida real nos impiden vivir. Y, por eso, la literatura está plagada de aventuras -incluso, de atroces aventuras- que podemos vivir vicariamente, gracias al hechizo del arte, en la pura ilusión. Esta vida ficticia nos completa, nos devuelve todo aquello que debió ser cercenado de nuestra vida -la dimensión instintiva, hambrienta y destructiva de nuestra personalidad- para que la coexistencia social fuera posible, y nos rehace en nuestra perdida integridad. Esto no hace daño a la sociedad, dándole malas ideas; por el contrario, la libera de ellas, y de los miedos y frustraciones enquistadas en los sótanos de la personalidad, donde se cuecen muchas conductas violentas. La fantasía en libertad "produce monstruos", sí, pero ello es profiláctico, una liberación catártica para la colectividad. Es, más bien, cuando se reprime a estos fantasmas que ellos irrumpen en la vida corriente en acciones destructivas. Uno de los mejores ensayos de George Orwell versa sobre este tema -"La decadencia del crimen inglés"- y convendría que lo leyeran los ingenuos demagogos que ven una relación de causa a efecto entre las fantasías misóginas de Hernán Migoya y los asesinatos y golpizas contra las mujeres que se cometen en España, una sociedad donde la veloz modernización de las costumbres y el rápido proceso de emancipación de la mujer de las anacrónicas estructuras tradicionales que la tenían discriminada y sometida provoca en buena medida, sobre todo en medios marginales, de escasa información y cultura, esas reacciones machistas de violencia ciega e irracional. Una sociedad en la que la ficción puede desenvolverse libremente, sin inhibiciones ni censuras, es una sociedad más sana, menos neurótica y frustrada, que otra en la que esta fuente de la creatividad humana está cegada y controlada por carceleros intelectuales, en nombre de la moral. No es casual que los peores crímenes -manes de Jack el Destripador- se cometieran en la Inglaterra victoriana, una sociedad donde un espeso velo púdico coactaba la libre fluencia de la fantasía literaria.

    No toda la literatura es "maldita", desde luego, como en las novelas de Sade, o en los cuentos del vapuleado Hernán Migoya; la hay también, y de altísima calidad, fantaseada a partir de los aspectos más nobles, altruistas y generosos de la vida humana. Pero, el quehacer literario, la construcción de ficciones verbales, mana de la totalidad de la existencia y ella no se puede trocear, como si fuera una manzana. En la literatura tradicionalmente han encontrado una vía de escape privilegiada aquellos fantasmas con los que a hombres y mujeres nos resulta más difícil convivir por su naturaleza beligerante, retorcida y a veces perversa, esos demonios que nos avergüenzan, asustan y no sabemos cómo sacarnos de encima. La literatura lo permite, porque, proyectados en ficciones -sobre todo si éstas son logradas-, aquellos monstruos de los abismos de la personalidad dejan de ser malignos, la palabra los domestica y así, amansados, sublimados, también ellos ganan derecho de ciudad.

    En otras circunstancias, probablemente, lo ocurrido con el libro de cuentos de Hernán Migoya hubiera provocado una gran movilización de protesta de intelectuales y escritores en España, dada la justificada hipersensibilidad que existe sobre el asunto de la censura en un país que padeció durante cuarenta años el severísimo rigor de los censores de Franco. Pero no ha sido así. Las protestas han sido escasas y, por lo menos yo, no he visto mas condenas enérgicas de los energúmenos que pedían la cabeza de Migoya y Miriam Tey que de un puñadito de escritores (Antonio Muñoz Molina, Pere Gimferrer, Elvira Lindo, Juan Manuel de Prada y alguno que otro más) en tanto que los otros guardaban silencio o, peor todavía, se sumaban al cargamontón inquisitorial. ¿Cómo se explica? Por la razón política, desde luego. Aquellos energúmenos eran de "izquierda" y Miriam Tey y el Gobierno que la nombró directora del Instituto de la Mujer, de derecha. Ergo, la corrección política exigía que se justificara la campaña "progresista" contra la reacción, aunque esta campaña presupusiera la defensa de la censura y el acoso y descalificación de un escritor por escribir ejercitando su soberana libertad. ¿Hace falta más pruebas de la grotesca inanidad que han alcanzado los conceptos de "derecha" e "izquierda" en nuestros días.

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    © Mario Vargas Llosa, 2003.
    © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País, SL, 2003



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