Edición Nº 1777


 

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    El cuento de las 2,000 Palabras

    19 de junio de 2003

    Así Que Pasen Veinte Años
    Premiación de `El cuento de las 2000 palabras" en la Huaca Pucllana fue la excusa perfecta para celebrar las dos décadas del letrado evento.

    Premiados de aniversario. Luis Freire, Fernando Armas Asín, Lilian Ballón (en reemplazo de su esposo Carlos Amézaga), Manuel Camino Pajares, Jessica Del Aguila (en nombre de su hermana Irma) y Claudia Ulloa. En cuclillas, Alfredo Villar y César Llona Silva.

    VIERNES 13 de junio y luna llena en la Huaca Pucllana de Miraflores. Contra la cabalística fecha, estaban el pleno magnetismo del astro y del lugar. Y así fue, pues la familia de CARETAS celebró con alborozo los 20 años del concurso "El cuento de las 2000 palabras" entregando los premios de esta edición.

    Así lo entendieron los asistentes, entre los que se pudo contar al alcalde de Miraflores, Fernando Andrade y al de San Isidro, Jorge Salmón, los escritores José Adolph y Oswaldo Reynoso, los poetas Alonso Ruiz Rosas, Antonio Cisneros, Arturo Corcuera, Giovanna Pollarolo y Ericka Ghersi, el historiador Hugo Neira, el analista político Alberto Adrianzén, los políticos Harold Forsyth, los periodistas Gustavo Gorriti, Raúl Vargas, Benito Portocarrero, Kela León, Josefina Barrón y el fotógrafo Alejandro Balaguer, el publicista Hugo Otero, la editora Patricia Arévalo, el empresario Jorge Kishimoto, las actrices Bertha Pancorvo y Mariela Ocampo y del mundo de la moda Natalie Cáceres y José Miguel Valdivia.

    Ante ese marco, el director de la revista Enrique Zileri invitó a que se acercaran los presentes y recordó cómo en el año '82 se inició esta aventura letrada junto al fenómeno de El Niño y en pleno gobierno del presidente Belaunde, luego pasó por el fenómeno del ñaño y durante todo el gobierno de Fujimori llegando a estos años con una sola interrupción -añadimos- en el año '97 por la toma de la embajada del Japón a manos del grupo terrorista MRTA.

    Fernando Armas resguardado por la actriz Mariela Ocampo. Al lado, Lilian Ballón quien hizo el trayecto desde Praga para recibir el premio de su esposo .

    Seguido, el maestro de ceremonia Gonzalo Iwasaki dio inició a la premiación anunciando la entrega de pequeñas máscaras recordatorias a los jurados de este año: Abelardo Sánchez León, Chachi Sanseviero, Luis Peirano y Jaime Bedoya sonrieron ante los flashes de los reporteros gráficos y la atención de algunas cámaras de televisión. Carlos Herrera recibió su máscara recordatoria más tarde pues en esos momentos una ceremonia lo retenía en Torre Tagle, y Mario Bellatin recibió su reconocimiento a la distancia pues como todos saben él reside desde algunos años en México.

    Luego, Iwasaki continuó la ceremonia citando a las menciones honrosas. De esta manera llamó a Luis Freire, ganador del primer puesto de este concurso en el año 2000 y autor de la novela "El cronista que volvió del fuego" (2002) para que reciba máscara de manos del narrador José Adolph. Seguido, Hugo Neira, entregó la clásica careta a Alicia del Aguila que recibió el premio en representación de su hermana Irma, quien repitió el premio que recibió en el '92.

    A continuación, Fernando Armas Asín recibió su simbólico premio de manos de Raúl Vargas y Alfredo Villar repitió la mención del año pasado al recibir su máscara de Luis Peirano.

    Luego, Alonso Ruiz Rosas entregó su galardón a César Silva Llona y Antonio Cisneros hizo lo propio con Manuel Camino Pajares. Finalmente, Arturo Corcuera no pudo entregarle su máscara a Mathieu Pool Carmona quien no asistió alegando que no tenía terno para la ocasión.

    Reunión letrada. Luis Freire, Raúl Vargas, Alonso Ruiz Rosas, Jorge Kishimoto y Chachi Sanseviero. Al lado, Hugo Otero y Hugo Neira.

    Una vez terminados los aplausos y las fotos de esta parte del evento, el maestro de ceremonias presentó a Claudia Ulloa, quien llegó desde Noruega para recibir el tercer premio y llevarse su cheque de US$ 500 además de su máscara de manos de Chachi Sanseviero.

    Luego, los US$ 1,000 del segundo premio y su segunda máscara de la noche recayeron en el historiador Fernando Armas Asín, quien recibió el cheque y simbólico presente de Abelardo Sánchez León.

    Finalmente, Lilian Ballón recibió los US$ 2,000 del primer premio en representación de su esposo el diplomático Carlos Amézaga, quien reside en Praga, de manos del director de la revista, Enrique Zileri.

    Luego de la clásica foto de los ganadores hubo inspiradas tertulias, radicales panfletarios, discusiones bizantinas, copas vacías, desarreglos de cuentas, corazones contentos, infiltrados descubiertos, fotos de almanaque, sazonados abrazos, baile con trencito y vociferantes despedidas. Poco a poco los invitados se dieron cuenta que ya era 14 de junio y se retiraron no sin antes asegurar su presencia en la celebración de la vigésimo primera edición que pronto convocaremos. Amén.

     
    3º Premio

     

    La Sangre Llama

     

    Claudia Ulloa, quien ha sido la única mujer en ganar el primer premio (año `98), nos envió desde Noruega, este relato donde una misteriosas fotografías se convierten en el hilo conductor de unas onírica historia de amor.

    Por CLAUDIA ULLOA

    SOY enfermero, no le tengo asco a casi nada y mucho menos a la sangre. Estoy acostumbrado a tratar con ella; y me es tan familiar como el aceite a los cocineros. Por eso, no me alarmé demasiado aquella mañana cuando desperté con una gran costra en el lado izquierdo de mi cara. Frente al espejo, la fui arrancando poco a poco con mis uñas. Eso era algo que me encantaba hacer y no me estaba permitido en el hospital.

    Lavé mi cara con cuidado, ansioso de buscar alguna herida pequeña o algún corte que pude haberme hecho inconscientemente mientras dormía. Ya anteriormente, por dejar un bisturí sobre la mesa de noche, me corté el dedo cuando a tientas en la oscuridad buscaba el silencio para el despertador. Pero esta vez no encontré nada. Ninguna herida desde donde pudo haberse iniciado la sangre.

    Pensé entonces que pudo haber sido alguna hemorragia nasal, ésas que me ocurrían en momentos de tensión; como cuando di el examen para ser enfermero y empecé a sangrar sobre el papel con las preguntas. No me sentí avergonzado de entregarlo así, con manchas, y aun dejé intencionalmente que la sangre corriese un poco sobre mi pupitre para demostrar al jurado mi vocación por la enfermería.

    Durante el desayuno seguí pensando en la costra. Metí mis dedos en el vaso de jugo de naranja y lo esparció por mi cara; pero no sentí ningún escozor. Era definitivo que no había ninguna herida, así que concluí en que sangré por la nariz mientras dormía, porque seguro nuevamente soñaba con los caballos de dos cabezas; ese sueño angustioso que tenía a veces, donde yo era el amo de la caballeriza y escapaba a galope de los cazadores enmascarados, que intentaban matarme, a mí y a mis animales, con un gas de color azul.

    En el trabajo le comente lo sucedido a Rosita; y no porque me haya preocupado lo de la sangre sino porque mis intenciones eran que me examinara; que me tocara con sus manos tan limpias, de dedos largos y uñas perfectas con manicura francesa. Ella era un poco tontita, pero muy buena persona: servicial, alegre y además muy guapa. Su meta era ser doctora; pero la naturaleza no la dotó con el suficiente cerebro para aprobar siquiera, los estudios generales de la facultad de medicina; así que se conformó con ser enfermera de laboratorio. A veces, la paciencia se le agotaba cuando tenía que manipular ciertas muestras, y por eso, cada vez que alguien le comentaba alguna dolencia, ella no perdía la oportunidad de examinarlos, y hasta se atrevía a recetarles medicamentos, para compensar el sentimiento de frustración de no poder ser médica. Yo creo que estaba un poco obsesionada con ello, porque tenía un bloc con su nombre impreso en letras plateadas de encabezado, donde escribía las recetas y algunas veces hasta dietas y tips de cocina; también lo usaba para dejar notitas de saludo o dar el número de su celular a algunos de los enfermeros.

    Yo estaba enamorado de Rosita, y creo que al menos, yo a ella también le gustaba. Acerté en contarle lo de la costra porque de inmediato se ofreció a examinarme. Me tocó la cara con mucha suavidad; acercó lentamente la suya, afinando la vista y tratando de encontrar alguna herida. Sentí el olor de su perfume como un golpe seco en todo mi cuerpo, empecé a sentir una gran excitación; y al tiempo que ella examinaba mis mejillas, su aliento de menta, caliente y delicioso, acariciaba mis orejas.

    Entonces, ya muy acalorado y tenso, no pude contenerme. Empecé a sangrar por la nariz y a chorros. La primera reacción que tuvo ella, fue poner sus dedos debajo de mi nariz para bloquear el sangrado. Luego, se dio cuenta de lo inútil que fue hacer eso, estando rodeada de gasas y algodones que serían los más apropiados en estos casos. Soltó una carcajada que la hizo verse aún más bonita; y después, esparció lentamente, la sangre tibia que tenía en sus dedos por mis mejillas, lo cual me excitó mucho más e hizo que la hemorragia aumentara.

    Preparó dos tarugos de gasa, que sirvieron de dique para la marea de sangre que había iniciado. Sacó de su cartera unas toallitas húmedas y me limpió la cara.

    -Son para quitar el maquillaje, y además son humectantes, te van a venir bien porque tienes la piel un poco sequita.

    Yo estaba encantado y mudo; sólo me salían sonrisas de boca entreabierta, porque la gasa dentro de mi nariz, no me dejaba respirar bien. Sacó su bloc, de letras radiantes, tan bonito como ella y su nombre; y apuntó: "Vitamina K en cápsulas y alfalfa con perejil en el jugo de naranja de cada mañana".

    Así terminé mi jornada: reventando de alegría con mis tarugos en la nariz, su caligrafía, el olor de su piel y las toallitas humectantes que me regaló.

    Camino de la farmacia, pensé en que este acercamiento era el motivo para invitarla a salir. La farmacéutica me dio una sonrisa burlona al ver la página del bloc de Rosita. Eso me mortificó un poco, pero no le presté mucha atención. Sólo pensaba en complacerla a ella; así, mañana le contaría durante el refrigerio, que fui a la farmacia con su receta y que me vendieron las vitaminas; que las tomo y me siento mucho mejor. Después le diría: Rosita, qué pena que no tuviste los medios económicos para estudiar medicina; qué buena doctora hubieras sido, porque tu receta me está haciendo tanto bien para este mal tan incómodo que padezco por años; además tus toallitas son tan buenas para mi piel... Rosita, ¿qué te parece si salimos esta noche?

    Y Rosita aceptó. Salimos esa noche a bailar y a tomar algunas copas, finalmente un poco borrachos acabamos en su cama. Confesé, que esa vez que sangré en el laboratorio, era porque estaba muy excitado mientras me examinaba. Añadí halagos a su prescripción médica -recalcando lo "médica"- y que no sólo eran las vitaminas, sino también la alfalfa, imposible encontrar en el supermercado, y que la había conseguido a través de mi vecina que criaba conejos.

    Luego de un momento de silencio me dijo con un tono de fastidio.

    -Si la hemorragia la tuviste por excitación... ¿Por qué ahora no la has tenido? ¿No te gusto? Quiero verte sangrar.

    -Rosita, tú me has curado definitivamente con tu receta. ¡La doctora que se están perdiendo todos los enfermos del mundo!

    Me abrazó muy fuerte e hicimos el amor otra vez.

    Los días pasaron, yo sigo tomando las vitaminas y la alfalfa, y mi relación con Rosita va cada vez mejor. Ayer justamente, hablábamos sobre la costra y la hemorragia de aquella mañana que fueron el principio de nuestro acercamiento.

    Pero hoy, amanecí nuevamente con una costra en la cara, después de haber tenido un sueño muy tranquilo, que ahora mismo recuerdo: Rosita y yo bailábamos valse en un salón inmenso, solos los dos. Si ella supiese que he vuelto a sangrar, seguramente se sentiría frustrada al saber que su receta no funciona. Aun así me desangre cada día, mejor que ella no se entere nunca.

    Me quedé en la cama, disfrutando de despegar la costra con mis uñas; pensando en Rosita y en el sueño que tuve. De pronto, mi deleite fue interrumpido por unas gotas de sangre que resbalaban por mi frente. Levante la mirada y finalmente descubrí que la sangre no era mía; brotaba desde el interior de uno de mis libros de enfermería que descansaban en la repisa que estaba justo sobre la cabecera de mi cama.

    Imaginé que dentro del libro, algunos de los órganos del cuerpo humano sangraban. Quizás era el capítulo sobre los infartos, párrafos cardíacos con un corazón herido que sangraba. Abrí el libro y vi que el origen de la sangre era una foto de mi ex novia, la infiel y la más fea de todas; y con la que más tiempo estuve aún sin entenderlo hasta ahora.

    La foto no paraba de sangrar. Tomé un frasquito de muestras y lo llené de sangre. Me acordé de que una vez, me deshice de todos los recuerdos de ella pero algunas fotos se quedaron en una caja que abandoné en el garaje. Y ahí estaba la caja; llena de sangre fresca, algunos litros sin exagerar. Guardé en una botella un poco de esa sangre; miré cada foto y todas sangraban.

    Le llevé las muestras a Rosita. Le dije que un amigo las había encontrado en un cooler en la puerta de su casa; y quería analizarlas sólo por curiosidad. Ella, que creía en brujerías y esas cosas, no quiso ni tocarlas y se las dejó a un colega para que las examinase. También insistió en tomar una muestra de mi sangre, en caso de que algún supuesto conjuro pudiese haber caído sobre mi al tocar las muestras.

    -Esa sangre, debe ser maldita, mezclada. Mi compañero dice que es sangre contaminada. Seguro que es algún daño para tu amigo. Tú cariñito, felizmente, no tienes nada; salvo el colesterol un poquito alto.

    Ese mismo día, decidí llamar a mi ex y averiguar si ella en verdad lloraba sangre. Me contestó ella misma y cuando supo que era yo, se puso a llorar.

    -¿Estás llorando sangre? -le pregunté inmediatamente.

    -¿Después de todo este tiempo llamas sólo para burlarte?-replicó entre sollozos.

    Hablamos sólo un momento. Le emocionaba mucho oír mi voz, según ella. Lo peor de toda esa conversación fue cuando dijo que me necesitaba y que quería verme, rogándome para que nos encontrásemos.

    La fui a ver esa misma tarde; pude ver en su semblante que estaba muy enferma y triste. Había perdido peso y tenía las ojeras muy marcadas. Su casa se veía muy desordenada y lúgubre; su padre había muerto y ahora se encontraba completamente sola. Me habló poco de su enfermedad porque los médicos aún no sabían bien qué era, pero al parecer, hacía que sus órganos vitales se convirtieran en líquido, destruyéndose lentamente.

    Me pidió que me quedara con ella, porque tenía la esperanza de que mejoraría si yo estaba a su lado. Que lo hiciera como enfermero que soy; y que la viese como a una paciente necesitada de cuidado.

    Cuando llegué a casa, sus fotos ya no sangraban. La llamé de inmediato; ahora su voz se notaba más animada. Le dije que había decidido mudarme con ella y cuidarla; que dejaría mi trabajo y que a lo mejor convendría buscar una casa más chica y nueva, en un pueblo tranquilo y alejado con menos contaminación.

    No se bien por qué le dije todo esto, pero fui sincero. Nunca le mencioné lo de sus fotos. Me acordé de eso que dijo Rosita acerca de los hechizos; y pienso que puede que sea verdad que esté embrujado. Pero sé también que a veces en la vida hay cosas a las que uno está inevitablemente atado; no te impiden caminar pero te dificultan el camino; y por más que uno quiera librarse, siguen ahí persiguiéndote. La cadena y el grillete, que decía mi padre cuando bebía; y mi madre cuando lavaba las alfombras manchadas de sus borracheras.

    Le escribí una carta a Rosita sin darle demasiadas explicaciones de mi partida y usando estas palabras: "por motivos de fuerza mayor...". Me disculpé, le dije que siempre la querría y expresé todo el dolor que sentía al abandonarla. Le dejé además, algunas fotos mías y otras donde salíamos juntos.

    Sigo tomando las vitaminas K y tengo un huerto donde cultivo alfalfa. Desde que ella también sigue la receta de Rosita, ha mejorado visiblemente, tanto, que es posible que nuestro primer hijo nazca totalmente sano. Anoche me desperté agitado porque volví a soñar con los caballos de dos cabezas, y Rosita, huyendo a galope conmigo, felices y sin rumbo. El tiempo ha pasado, pero aún tengo la esperanza de que quizás, en algún lugar, mis fotografías hayan empezado a sangrar.

     


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