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Edición Nº 1777 |
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EN Lima, y probablemente en todo el Perú debe haber sido una muy mala noticia esa de la que los peruanos en el extranjero nos enteramos por la radio, los periódicos y la televisión (porque al fin de cuentas se trata de una mala noticia y ésas siempre se difunden): me refiero al secuestro de 71 trabajadores del proyecto Camisea que pertenecían a la planilla de la empresa internacional Techint. Pero esa misma mala noticia fue como un terremoto grado 8 para quienes trabajamos en el extranjero tratando de convencer a la comunidad internacional de que el Perú es un país económicamente firme, que cuenta con una cultura ancestral y que lucha contra la adversidad en forma permanente tratando de superar sus contradicciones porque "el Perú es más grande que sus problemas" (frase cliché que empiezo a poner en duda, cuidándome de repetirla el menor número de veces, porque estoy a punto de convencerme que los problemas que tenemos son kilómetros más grandes que nuestro país). ¿Cómo convencer a los turistas españoles y aprovechar el convenio con Viajes El Corte Inglés, que tanto trabajo dio elaborar a los diplomáticos y funcionarios peruanos que lo gestionaron, de que viajen al Perú, país maravilloso si los hay, si un buen día un centenar de forajidos hace lo que acaba de suceder: secuestrar a trabajadores que se esfuerzan en hacer que el gas de Camisea llegue alguna vez a las costas del Perú? Además de que si uno fuese malvadamente suspicaz podría pensar que ese notorio suceso ha podido ser inspirado por quienes compiten con el Perú para que el gas boliviano salga al Pacífico por territorio peruano. Porque visto lo sucedido, será un verdadero milagro que quienes tienen el poder de decisión al respecto elijan nuestro territorio para transportarlo. El oportunismo suele ser una característica de los políticos -en España como en el Perú y cualquier otro país del mundo-, pero en el nuestro tiene características verdaderamente revulsivas. Por ejemplo, el caso del congresista de Unidad Nacional (partido que últimamente hace todo lo posible para desunir), Hildebrando Tapia, que inmediatamente de hecho el anuncio de la liberación de los rehenes secuestrados, exigió al gobierno aclarar si éstos habían sido rescatados por acción directa del Ejército y la Policía o si habían sido liberados gentilmente por los delincuentes. Me pregunto ¿cuál habrá sido la razón de su inquietud?: ¿mandarles una tarjeta de agradecimiento a los secuestradores? Estoy seguro que a muchos de esos peruanos notables les hubiese gustado que una intervención del Ejército y de la Policía hubiese producido numerosos muertos. Entonces habrían tenido la oportunidad de crear y participar en diferentes comisiones investigadoras y llamado a comparecer al ministro de Defensa y a tutilimundi. Las comisiones de derechos humanos habrían sido alertadas y allí tendrían mucho pan que rebanar. ¿A quién no le duele las conclusiones, algunas terribles, de la Comisión de la Verdad? Pero, me pregunto, ¿qué pretenden los que intentan echar lodo sobre ese sacrificado trabajo que ha hecho que los peruanos podamos aprender de la experiencia, para no repetir hechos abominables que ocurrieron aquí, en nuestro país? ¿Es que acaso es falso aquello de que la verdad os hará libres? En acto encomiable la Comandancia General del Ejército desagravió al general Rodolfo Robles Hinostroza, víctima del fujimorismo. Pero, insisto, porque ya lo he dicho antes: falta ahora deshonrar en público y ante la tropa formada al deshonrado (por sí mismo) General Nicolás de Bari Hermoza. Para que sirva de ejemplo a la oficialidad y personal subalterno y dé escarmiento a tan tremendo pillo, que se hizo de no menos de 17 millones de dólares mal habidos, se le debería arrancar en público, en el patio del Cuartel General del Ejército, los signos de jerarquía y de mando que alguna vez ostentó en forma por demás indecorosa. Sólo una sanción pública de esa naturaleza restablecería el orden en esa institución. Creo que a la gente y a las cosas hay que llamarlas por lo que son, y como se debe. Por eso me llamó la atención que leyendo un CARETAS anterior ver que mi colega Fernando Vivas, a quien admiro por su sagacidad y agudeza y que, además, no suele tener pelos en la lengua, haya calificado casi finamente de "enfants terribles" de la televisión basura a los hermanos Wolfenson. ¿"Enfants terribles"? (¿como los de Cocteau?), ésos que sólo se merecen el calificativo de granujas?, más aún cuando una de sus últimas fechorías consistió en tenderle una trampa a persona tan ingenua y desprevenida (y sabe Dios qué más) como Xiomi Lerner, que se creía su amigo y con quien compartieron una conversación lumpenesca, que luego hicieron pública para tratar de comprometer al jefe de Estado. ¿"Enfants terribles"?: ¡granujas nada más, Fernando! Una frase memorable del ministro de Relaciones Exteriores del Perú, Allan Wagner, en el desayuno de trabajo que compartió en Madrid con empresarios, diplomáticos y periodistas especializados, respondiendo a una pregunta sobre Fujimori: "Primero tendría que ponerse a derecho: no se puede ser japonés de día y peruano de noche". Cuatro juristas peruanos fueron incorporados en Toledo, España, como miembros del Capítulo Hispano Americano de la Orden de Caballeros del Corpus Christie. No sé para qué servirá eso, pero aparentemente es una notable distinción que el viernes pasado recibieron en la hermosa y pétrea ciudad de El Greco, Ricardo Nugent, José Agustín de la Puente, Vicente Ugarte del Pino, que no pudo estar presente, y Fernando Altuve, ex congresista de la nueva hornada, el más joven del grupo. ¡Que aproveche!, como dicen aquí a la hora de cenar.
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