Edición Nº 1778


 

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    El cuento de las 2,000 Palabras

    26 de junio de 2003

    Mención Honrosa

    Ganador de este concurso en el año 2000 y autor de la premiada novela "El cronista que volvió del fuego" (2002), Luis Freire nos presenta un relato donde con el humor mimético que lo caracteriza recrea eventos del jaque emocional y sicológico de un ajedrecista que ha muchos nos resultará familiar.

    Jaque de Dulcinea

    EL gran maestro Julián Granadillas pudo ser campeón mundial. Lo sigue afirmando Vladimir Kramnik, que lo enfrentó por primera vez en el decimonoveno torneo internacional de Linares y sufrió a sus manos una derrota tan rápida y desconcertante, que permaneció tres horas congelado frente al tablero, hechizado por la belleza del mate estacionado sobre los escaques. Dos años después, lo copió para quitarle la corona mundial a Sergei Kornichenko, "El Torpedo de Minsk". A Vladimir Kramnik no le sigue cabiendo duda de que Julián Granadillas pudo haber reinado, y muy largamente, sobre los tableros del mundo. No sólo no le sigue cabiendo duda, sino que está seguro de que habría subido al trono con rapidez inusitada, de no haber sido por el nulo apoyo de su federación, que le agostó en las manos varias invitaciones a torneos de primer nivel y sus impredecibles escapadas a la chacra de sus padres en las profundidades de la campiña cajamarquina, de las que volvía cuando nadie lo esperaba, armado de jugadas despiadadas que parecían inspiradas por el divino degollador del panteón Chavín. Lo curioso, es que en esa chacra no se hubiera podido encontrar ni un peón tallado en coronta de choclo, si Granadillas hilvanaba nuevos regicidios, lo hacía en el aire claro de sus pastizales, recorridos por unas cuantas vacas lecheras que se movían, según Granadillas, como piezas de ajedrez. Es más, llegó a declararle a un diario, que de la observación de sus evoluciones en busca de los pastos más sabrosos, surgían sus mortíferas combinaciones. Qué vacas para desvariadas, que por leche daban jaques y mates. Un maestro nacional se dio el trote hasta Cajamarca para estudiar los cansinos movimientos de los animales. Lo hizo sin avisarle a Granadillas (pero igual se enteró) y con una filmadora como testigo. Voy a derrotarlo con el jaque Holstein- le advirtió Granadillas, al enfrentarlo en el siguiente campeonato nacional. Una hora después, cumplía su amenaza. Nadie se percató de que Granadillas no había hecho otra cosa que rescatar una partida poco difundida del gran Capablanca. La prensa -ignorante como siempre- le dio alguna importancia al susodicho jaque Holstein y el misterio de las vacas estrategas cajamarquinas sentó partida de credibilidad, por lo menos, para algunos ajedrecistas callejeros de la Plaza Francia.

    A Granadillas lo derrotó la sin par Dulcinea del Toboso. Kramnik fue testigo, Kramnik era el rival, habían vuelto a encontrarse, esta vez en el torneo Milan Vaculik, de Praga, a pocos meses del campeonato mundial. Ambos lideraban invictos la competencia, con once puntos de doce posibles. Granadillas se había sentado frente al tablero con la segura parsimonia que lo acompañaba desde sus victorias más tempranas y había reiterado la insolencia de comenzar con la Ruy López, la apertura de siempre, la calcada sin variante alguna a lo largo de toda su vida ajedrecística. El desplante intimidaba a sus rivales con un inicio que podían analizar con sobrada anticipación que de nada serviría, porque en medio de lo archiconocido, surgiría el rayo que fulminaría toda previsión. Tan sabida era esta apertura, que Kramnik se agachó para amarrarse los zapatos mientras el peruano adelantaba su primera pieza. A desplante, desplante y medio.

    Kramnik era un oponente enorme, pero humano, sus jaques segaban reyes, no así los de Granadillas, que los transubstanciaban. De uno se esperaba lo genial, del otro, lo inadmisible. La primera media hora de partida se desarrolló con ambos jugadores agazapados en un juego prudente, de rondarse y gruiñirse sordamente con las garras acolchadas entre los dedos. Rounds de estudio, dirían los comentaristas boxísticos. Hasta que Granadillas hizo ademán de dar comienzo a la matanza, cogió un peón blanco y apuntó hacia la casilla del peón negro que protegía al caballo más peligroso de Kramnik. El ruso no entendió por qué Granadillas vaciló con la mano en el aire, algo inusual en su juego sin remordimientos. Tomado el peón, el peruano se amansó, limitándose a rondar las piezas enemigas sin amenazarlas directamente. Kramnik aprovechó el cese del fuego blanco para incrementar el suyo, ganando algún terreno. Granadillas supo defenderse y unas cuantas movidas después, recuperaba la magia y tomaba una torre negra. Aquí vino la segunda sorpresa. Granadillas se echó para atrás hasta casi caerse de espaldas, murmurando, rojo de angustia, cosas que Kramnik no entendió, pero que sus asesores le tradujeron después como: ¡Perdón! ¡Perdón. La culpa no lo dejaba pensar, tampoco asombrarse de lo que le estaba ocurriendo. Había sido tan desgarrador el ruego del peoncito negro pidiendo por su vida desde el fondo de su insignificancia y tan atroces los aullidos de los moribundos de la torre tomada. Continuó la partida tratando de tragarse a punta de agresividad el sabor a degollina que se le atoraba en el paladar. Su instinto ajedrecístico estaba tan impregnado en su sangre, que pudo guiarlo con certeza quirúrgica, a pesar de lo arrebatado de su juego. En unos pocos mandobles frenéticos puso contra el muro a su oponente, sin una conciencia clara de las piezas que le había ido cobrando. No saberlas, no oírlas, no sentirlas, que los vientres abiertos de los caballos se desparramaran a sus espaldas, que no tuviera ojos para los ojos descascarados de los alfiles, que las piedras de las torres demolidas aplastaran en silencio las cabezas de los peones. Cuando una trampa tendida por uno de sus alfiles le marcó el cuello a la reina negra, Granadillas pareció tranquilizarse. El mate estaba a la vuelta. Kramnik enarboló su tic del abatimiento, un guiño nervioso que pasaba de un ojo al otro como en un juego de tenis. El campeón del torneo Vaculik estaba cantado, a menos que le sobreviniera un derrame fulminante. Sin embargo, Granadillas no le dio tiempo a Kramnik de inclinar su rey, lo miró con cara de pedirle disculpas y le susurró, en su castellano ininteligible: "Lamento informarle, que para mi sorpresa, mi alfil se ha revelado como el mismísimo don Quijote de la Mancha y amenaza con batirse a muerte contra quien pretenda ponerle un dedo encima a su negra, a la que proclama como su por fin hallada Dulcinea del Toboso". ¿Quién puede jugar así, dígame usted? Se puso de pie, evitando hacer ruido con la silla y abandonó la victoria.

     


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