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Edición Nº 1778 |
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Medio Oriente:
Escribe JOSE RODRIGUEZ ELIZONDO* HASTA comienzos de junio, la opinión pública mundial seguía consumiendo su dosis diaria de horror en Israel y no parecía sorprendida con la maraña política de Yasser Arafat, Ariel Sharon y George W. Bush. El terceto actuaba como si no hubiera otra salida que la del Talión, ni otro futuro que el del holocausto a dos bandas. El palestino lucía así porque nunca tuvo una estrategia de fin de conflicto. El israelí, porque sólo sabía de estrategias militares. El norteamericano, porque en su campaña electoral había criticado duramente a Bill Clinton por gastar el dinero de los contribuyentes en un pleito tan ajeno y complicado. En esas circunstancias, lo optimista era esperar que los gladiadores se exterminaran entre sí, hasta que disminuyera la masa crítica de guerreros y suicidas. Sin embargo, el atentado del 11-S comenzó a descongelar posiciones. De partida, porque demostró a Bush que si él no quería intervenir en el conflicto, el conflicto sí quería intervenir en Estados Unidos. La coartada "idealista" de Osama bin Laden fue, precisamente, su identificación con la suerte de los palestinos. El cambio de talante de Bush se plasmó, en junio del año pasado, en un "mapa caminero" avalado por Rusia, la Unión Europea y la ONU. Aproximándose a la idea del tajo al nudo gordiano, este plan inducía a negociar los grandes temas -Estado Palestino, alto a la violencia, desmantelamiento de colonias y fin de la ocupación israelí- bajo presión, en simultáneas y a corto plazo. Abandonaba, así, el moroso sistema del trueque "paz por territorios" de los Acuerdos de Oslo. Con todo, debió sobrevenir la exhibición de fuerza en Irak para que los dos protagonistas locales renunciaran a parte de sus maximalismos. Arafat se resignó a su enclaustramiento y delegó protagonismo en su Primer Ministro Abu Mazen. Sharon no pudo seguir refugiándose en sus más de cien observaciones dilatorias y reconoció que Israel era una potencia ocupante. A comienzos de este mes, formalizada la aceptación del "mapa",
el escarmentado terceto se reunió en el balneario jordano de Aqaba.
Ante la presencia del rey Abdallah, Sharon y Mazen se saludaron cortésmente
y Bush les leyó su cartilla: él se comprometía con
la seguridad de Israel "como un vibrante Estado judío" y daba su
fuerte apoyo a "la causa de la libertad y de la dignidad de Estado para
el pueblo palestino".
Si los discursos pudieran terminar con las calamidades, los de Mazen y Sharon habrían bastado para descorchar las botellas de champán. El primero reconoció que no había solución militar y reiteró "la renuncia al terrorismo contra los israelíes allí donde estén" (léase, incluso en asentamientos). Agregó que "tales métodos son inconsecuentes con nuestra religión y nuestras tradiciones morales". Sharon apoyó "la visión del presidente Bush", aceptó la continuidad territorial palestina en Cisjordania y se comprometió a desmantelar los "enclaves no autorizados". Es decir, los mismos que llamó a levantar cuando era canciller de Biniamin Netanyahu. Pero el problema, ahora, es que el camino por hacer es mucho más estrecho que el del año 2000, en Camp David II. Mazen está más expuesto a la desobediencia interna, pues negocia concesiones de menor rango y con menos poder que Arafat, que sigue siendo el rais. Tampoco ha conseguido tregua ni colaboración de las fuertes organizaciones fundamentalistas Hamas y Jihad Islámica. Sharon sabe que sus solas concesiones retóricas ya lo colocaron ante la alternativa odiosa: gobernabilidad precaria, sin negociaciones y con terrorismo, o gobernabilidad precaria, con negociaciones y con terrorismo. Su partido Likud está dividido, Netanyahu está al acecho, sus aliados territorialistas lo abandonan y los colonos son una minoría tan fundamentalista como los militantes de Hamas. El robusto guerrero hoy siente en su nuca el aliento del magnicidio. Bush, para ser consecuente con la imagen que se fabricara, ya debiera tener en el vecindario fuerzas de interposición, bien armadas, en lo posible con cascos azules (difícil sería que Kofi Annan le negara ese tocado simbólico). Sin embargo, está diseñanda su estrategia reelectoral, las encuestas lo muestran con un altísimo nivel de impopularidad externa. Afganistán e Irak aún no están pacificados y sus adversarios ya sacaron la voz sobre el carácter fraudulento que habría tenido su fundamentación de guerra contra Saddam Hussein (las inubicables armas de destrucción masiva). Ergo, no parece dispuesto a aplicar más presión en el área. En tales circunstancias, a los belicistas de ambos lados "les basta ser sólo un puñado" para desbaratar cualquier plan de paz, como me dice el poeta Mario Wainstein desde Tel Aviv. Esto ya se demostró a días de la cumbre de Aqaba, cuando nuevos atentados de Hamas indujeron la inmediata represalia del Ejército israelí y ésta provocó nuevas amenazas de los líderes politico y espiritual de Hamas. Sharon cavó, entonces, una nueva trinchera dilatoria, diciendo que entre la guerra contra el terrorismo y ayudar a consolidar la autoridad de Mazen, optaba por lo primero. "No esperaré que a este pollito le salgan plumas", dijo tontamente, demostrando que no le basta con haber humillado a Arafat y que son las soluciones políticas las que lo descolocan. La viabilidad del plan Bush depende, entonces, de que se equilibren los hechos dramáticos de cada día, con gestos dramáticos de los líderes protagónicos. Por parte de Sharon y Mazen esto supone renunciamientos y convocatorias audaces, que demuestren un liderazgo superior, incluso con aceptación del riesgo de muerte. _______
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