Edición Nº 1781


 

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    17 de julio de 2003

    Por LORENA TUDELA LOVEDAY

    Hija, Nuestros Broadcasters

     

    HIJA, así como por principio una no cambia a la costurera que le hace las bastas, pucha desde chica, yo por mi podóloga de siempre doy la vida, no sabes. Se llama Odolinda (Odo) y ha dedicado toda su existencia a limar los juanetes de los Tudela, tendrías que escucharla cuando te cuenta que al único de la familia que nunca quiso atender fue a Pancho: "Ay Lorenita, se sacaba las medias y los pies le olían a comino..." En fin, el tema es que la semana pasada me fui a que me vea, en un viaje interprovincial de órdago, porque Odo sigue viviendo por el antiguo Colegio Raimondi, hija, allá en los extramuros de la civilización. Bueno, para no hacerla larga, estaba yo ahí, con los pies en una batea con agua de benjuí escuchando a Odo contarme de su sobrina Marleny que ha sido elegida Flor Peruanita entre la colonia peruana de Fort Lauderdale, cuando en eso me comienzan a llorar los ojos y el cuartito se empezó a inundar con un olor a pedo de pobre inconfundible. Pucha, carraspeé varias veces como haciéndole sentir a Odo mi incomodidad pero ella, como si lloviera en Londres.

    Hija, como la cosa se puso peor yo ya comencé a sospechar que se trataba de algo más grave en la salud de Odo y como ya no soy hace tiempo ninguna Florence Nithingale, decidí levantar las pilchas y salirme a tiempo. Hija, qué injusta que había sido con mi podóloga al echarle la culpa a sus intestinos de un problema generado por nuestros broadcasters. Porque me metí al auto y salí chutada, cuando veo en la esquina de Panamericana que un pelado con cara de perro nazi entraba a empujones ayudado por una corte de esos guardaespaldas que no piensan ni aunque les metas monedas, a los que desde las ventanas del canal les tiraban una pintura color amarillo frío, hija, que es encima el color más feo entre los que existen.

    Mientras ello ocurría, cómo te explico, en la misma calle una mendiga agitaba la lata con una peseta adentro y gritaba, "¡Abajo los dos corruptos, que me den el canal a mí para tener trabajo, abajo!" Yo, que andaba pensando en Jóse, ese sujeto que alguna vez fuera Fiscal Anticorrupción y ahora me saca la vuelta con una rubia que quiere parecerse a mí, o sea, qué quieres que te diga, sentí que el cosmos se estaba vengando ante tanto pensamiento sádico que en ese momento pasaba por mi cabeza. Pero como loca no soy, prendí el radio del carro a ver qué novedades nos tenía el Perú de hoy y me entero de que en mis narices, en mis propias narices, o sea, dos modernos empresarios nacionales libraban una disputa legal.

    "Disputa legal les voy a dar a los dos y por atrás", pensé, mientras veía cómo a un reportero de no sé qué estación de radio, o sea, un policía le daba un palazo en la nariz que a mí me hizo tomar dos decisiones a la misma vez: la primera, pucha, organizar de inmediato una protesta regia ante la SIP porque no es posible que a estos pobres chicos, que con las justas saben hablar, encima les rompan las narices porque Genaro quiere la suya y Schütz también. Y la segunda decisión fue irme a vivir a Sevilla, donde ya esas cosas no pasan y encima tienes la feria todos los años, no sé si me entiendes.

    Hija, la situación era la siguiente a ese punto: yo varada en la esquina del canal con una recatafila de carros atrás que tocaban bocina como si estuviéramos de fiesta. Un loco de la calle, bien barroco él, gritaba para que le devolvieran el canal a Yola Polastri porque como ella ama a los niños, es buena. En la radio estaba la abogada de Genaro, que me dicen fue la esposa de Gonzales Tacna, y tiene una vocesita que yo con tal de que se calle, si fuera su litigante le entrego hasta la herencia de mi tío Mariano Ignacio. Ante mis ojos, el pelón nazi ese y un gordo burdelero que se apellida Arbulú y lo conozco porque lo botaron de Los Inkas cuando descubrieron que se robaba las propinas que otros socios dejaban a los mozos de la cafetería, pucha, con los ternos que parecían cagados por una camada de gallinas cluecas, pucha, seguían tratando de entrar al canal pero no podían porque los reporteros que caían por las ventanas les obstaculizaban el paso. En medio de la batahola, no sabes, sale del canal como si de un terremoto se tratara, una especie de putivedette llena de rulos en la cabeza, gritándole al pelón nazi: "¡Federico, cómo me haces esto, yo que te di los mejores años de mi vida!"

    Hija, qué me comentas, ante tanta agresividad de la sociedad contemporánea y tanto desborde popular surgido de la caída de los paradigmas éticos, esa mañana tomé una decisión más sensata y radical: buscarme a la podóloga de Maripí, que vive en un barrio GCU, ¿no te parece lo máximo? Chau, chau. (Rafo León)


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