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Edición Nº 1784 |
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El Reformador Entrevista al general Gustavo Carrión, nuevo director de la Policía.
EN su reciente paso por la Dirección de la Escuela de Policía le enseñaba a los alumnos la diferencia entre tenores, sopranos y barítonos. Cuando estuvo frente a esa bestia llamada Lurigancho, llevó la Orquesta Sinfónica al penal. Antes, a mediados de la década de los ochentas trabó una amistad que dura hasta hoy con Yehude Simon. Él dirigía Castro Castro y Simon se encontraba preso. No tiene reparos en admitir que hizo otros amigos menos presentables, delincuentes de peso hoy rehabilitados y en algunos casos convertidos en pastores evangélicos. El general Gustavo Carrión, nuevo director general de la Policía, es amante de la música criolla, declama poesía y es hincha furibundo de la U. También se metió hasta el cuello con la reforma policial y allí marca diferencias con sus dos antecesores. Aquella característica animó al ministro del Interior, Fernando Rospigliosi, para nombrarlo en reemplazo del general Eduardo Pérez Rocha. Muchos colegas ya le habían expedido la defunción profesional. Carrión planea mantener un perfil bajo con la prensa. "Una buena gestión se demuestra con las acciones", dice. Esta semana rompió la costumbre en conversación con CARETAS. - Honestamente, ¿creyó que iba a llegar a la dirección? -En cualquier carrera es natural que uno aspire al mejor cargo. Pero yo ya había tenido éxito académico y estaba por retirarme. Después se presentaron oportunidades para apoyar a la reforma policial y mi amistad con el ex ministro Gino Costa se había consolidado desde que él me relevó en la dirección del INPE. Cuando terminó su gestión en el ministerio me aparté de todo el proceso. -En usted se nota cierto relevo generacional porque se ven muchos generales y oficiales retirados que se resisten tremendamente a abandonar los rasgos militares de la Policía como lo estipula la reforma. -Y lo anecdótico es que provengo de la guardia republicana que salió del Ejército. Sin embargo nunca logré asimilar esa formación porque nosotros no íbamos a combatir a ningún ejército sino asegurar una cultura de un mundo ordenado y pacífico. Era absolutamente otra cosa. -¿Cuándo ingresó a la carrera? -En marzo de 1967 y egresé cuatro años después.
No estuve entre los diez primeros puestos porque mi fuerte no era la disciplina.
Académicamente me fue siempre muy bien, pero no así en la
parte disciplinaria. Por mi temperamento solía expresar con libertad
mis ideas. Me vinculé desde muy temprano con el arte, la literatura
y la poesía. Eso hacía difícil que yo me pusiera
las camisas de fuerzas o me cuadriculara demasiado. Después siempre
estuve entre los primeros. -¿Qué pasa si a los próximos ministros y directores generales no les interesa la reforma? ¿Cómo establecerla a nivel de política institucional? -Es un punto difícil. Si no logramos el cambio de actitud no se consolida nada. La generación intermedia debe ser motivo de nuestra atención. Y hay que trabajar mucho con los futuros policías y hacerles entender que se trata de cumplir una delicada función al servicio de la comunidad. -Si se trata de establecer confianza con la comunidad, ¿cuáles son los pasos que se van a tomar con respecto a seguridad ciudadana? -En los últimos diez años hemos perdido unos catorce mil efectivos y la población ha crecido. Necesitamos más policías en las calles, pero sobre todo debemos provocar la colaboración de la comunidad en los temas de seguridad. En este momento el tema de la delincuencia menuda es el que más le interesa. Hay que devolverles un poco de confianza para que el síndrome de inseguridad vaya disminuyendo. Sólo lo vamos a lograr con acciones, hay que golpear a esa delincuencia en los lugares que conocemos. Los plazos de la reforma están totalmente vinculados a la sensación de inseguridad. Si alargamos los plazos estamos alargando esa sensación. -¿Qué opinión tiene de la situación actual del terrorismo? -Nosotros no vamos a relativizar el tema y hay una lucha frontal contra el terrorismo. Pero hay que ubicarlo en su verdadera dimensión y no magnificar el fenómeno. -Usted debe estar convencido de que las cárceles deben servir para rehabilitar. -Pero en las condiciones actuales no van a rehabilitar y en Lurigancho es difícil. Por ejemplo, no se puede manejar siete psicólogos para siete mil internos. Es muy fácil cuestionar las gestiones cuando no se conoce las condiciones en las que se trabaja. Los pabellones de Lurigancho fueron construidos para albergar 120 internos y hay 900. Si yo dejaba a un policía en el pabellón, lo mataban, lo desaparecían. He llegado al convencimiento de que ningún penal es manejable si tiene más de mil internos, absolutamente ninguno. Una vez un obispo me decía que no podría dirigir un seminario con siete mil internos. Y en Lurigancho no hay precisamente seminaristas. (Enrique Chávez)
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