Edición Nº 1784


 

  • Portada
  • Nos Escriben...
  • Mar de Fondo
  • Heduardo
  • China te Cuenta...
  • Ellos & Ellas
  • Culturales
  • Caretas TV
  • Lugar Común
  • Piedra de Toque
  • Artes y Ensartes
  • Mal Menor
  •  

     

     
    MAL MENOR
    7 de agosto de 2003

    Por JAIME BEDOYA
    Santa Janis

    Pantalones acampanados, 1960, pertenecientes a Janis Joplin.

    CAE la tarde y Seattle parece una pintura de verano. Una verde colina salpicada de casas de amable escala, óptimas representaciones de una posible felicidad doméstica. Un centro financiero breve y ordenado, atravesado por un monorriel sin otra función urbana aparente que la sana distracción infantil. La bahía de Elliot insinuando un océano agotado, resignado a convertise en hielo en Alaska. Al menos así se ve desde el observatorio del Space Needle, ingenuo ejercicio de arquitectura futurista, vestigio de la Feria Mundial del 1962, desde donde turistas norteamericanos fotografían sin criterio el difuso horizonte de la frontera noroeste de su imperio.

    En el lago Washington un hidroavión levanta vuelo provocando cierta sensación de angustia entre los espectadores a 184 metros de altura. La fragilidad de la nave pareciera rasgar un cielo ultradelgado, finísimo envoltorio de una tensión secreta que se comenta distraídamente al segundo trago en cualquier bar, y que se traslucía en la mirada sin foco del anacrónico ascensorista del Space Needle mientras contaba en un tono entre la queja y la amenaza que hacía ese viaje 143 veces al día. La pequeña avioneta abre el cielo a la vez que la ciudad se nubla tres segundos. Los suficientes como para que algo se cuele por esa grieta. Seattle es la ciudad con el más alto índice de suicidios de los Estados Unidos.

    El hotel Sleep Inn comulga con esta ansiedad contenida. Está en las afueras de la ciudad, oportunamente para el caso cerca al aeropuerto. El intermitente tráfico aéreo sobre sus predios establece en el huésped una coda angustiante básica, abriéndole la posibilidad de desarrollar su propia melodía desesperada. El visitante, ya inquieto por la noción de encontrarse en un extremo remoto del continente, sólo tiene que mirar por la ventana para observar bajo un Sol tenue pero cegador una playa de estacionamiento siempre vacía. Por las noches sin embargo escuchará gente correr y dar de saltos por los pasillos. Pocos taxistas, usualmente armenios que se expresan en un incomprensible dialecto inglés del que sólo se entienden montos en dólares, se aventuran a acercarse a este hotel. Al llegar a su puerta nunca apagan el motor. El contacto del hotel con el mundo es su business center: una computadora que ocupa una de las dos mesas del comedor/business center. La otra es feudo de un anciano con un gorro amarillo de tractores Caterpillar, no necesariamente un huésped, que tiene la costumbre de tomar café con leche mirando sobre el hombro el trabajo de quien ocupe la otra mesa del business center/comedor.

    Hay quienes llegan a este hotel de casualidad. Con el marketing adecuado o una mínima referencia en una novela de Steven King, el Sleep Inn coparía el mercado de aquellos en busca de una locación idónea para llevar a cabo una decisión vital drástica. Quienes quieren seguir viviendo cambian de hotel al cabo de una noche.

    La mañana siguiente Seattle vuelve a amanecer soleada. Los cadáveres maquillados de Uday y Qusay Hussein se han exhibido en los noticieros americanos desde temprano, acompañando un desayuno rico en fibras naturales, proteínas y gastritis.

    La serena angustia local, internalizada al cabo de breve periodo de aclimatación a un entorno sin crimen ni probreza, se materializa en experimentos claustrofóbicos. El excusado del nuevo hotel cuenta con un sistema que funciona al vacío, produciendo una potencia de succión extraordinaria. Arrastra los sólidos más inconvencionales, incluidas monedas de veinticinco centavos de dólar. Si no se toma cierta distancia el descuido puede costarle al usuario un dedo u otro apéndice aún más estimable. Horas de ciencia amateur exigen una saludable caminata.

    A cuatrocientos metros del hotel se levanta la demostración tangible de que la tontería común y silvestre, alimentada por cantidades masivas de dinero y la frustración empozada de un cuarentón que nunca se pasó una luz roja, puede alcanzar alturas insospechadas. El cofundador de Microsoft, un nerd multimillonario1, ha quemado doscientos cuarenta millones de dólares en contratar al arquitecto2 que hizo el Guggenheim de Bilbao para que le levante un edificio representando una guitarra eléctrica derretida. Dentro de él, y tras el pago de veinte dólares, se puede conocer en qué gastó el resto del dinero: su colección de ochenta mil artefactos indirectamente relacionados a la esencia del rock contemporáneo. Computadora y audífonos proporcionados permiten oír sus historias y escuchar las canciones en las que remotamente participaron las reliquias. La casaca de cuero que usó Elvis Presley en su concierto en Hawaii. Los mocasines con que Jimmy Hendrix recorría Londres. Las calcomanías que Kurt Cobain pegaba en su guitarra. Los propietarios de dichos objetos, todos muertos y triturados por el mismo sistema que ahora les levanta un templo a sus accesorios. Entre los setenta mil novecientos noventa y seis objetos restantes de este zoológico inanimado del inconformismo hay uno que destaca por su colorido desamparo. Son los floridos pantalones acampanados de una gorda texana que llamaban cara de chancho, portento grandísimo del blues blanco recogida por la muerte a los 27 años mientras en ropa interior se reventaba de heroína, sola, en un hotel de Los Angeles. Por los audífonos se le oye cantar su falsa plegaria3: señor, prueba que me amas y págame la siguiente ronda. Microsoft jamás le hubiera dado trabajo.

    Caminando de regreso reconozco que los pantalones de Janis Joplin en una urna de vidrio están dentro de las diez cosas más tristes que he visto en mi vida. Las otras nueve por supuesto están en el Perú.

    __________
    1 De nombre Paul Allen.

    2 De nombre Frank Gehry.

    3 "Mercedes Benz" (Joplin/McClure. 1971)


    ../secciones/Subir

    Portada | Nos Escriben... | Mar de Fondo | Heduardo | Culturales | Caretas TV | Ellos & Ellas | Lugar Común | China te Cuenta Que... | Piedra de Toque |Mal Menor

    Siguiente artículo...

     

       

       
    Pagina Principal