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Edición Nº 1785 |
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Memoria en Blanco
y Negro
EL lunes 11 salió a la venta el dossier "La Verdad del Espanto". Editado por CARETAS, este volumen rescata más de doscientas fotos del archivo de la revista, y a través de ellas narra los dramáticos vaivenes de la violencia a la que los terroristas sometieron al Perú. La cronología desarrollada en el libro ayuda a comprender con mayor claridad muchas de las verdades que marcaron esos años. Primero está la intensidad que la guerra alcanzó en los confines remotos del país, particularmente en las localidades altoandinas. La idea es reforzada con conclusiones alcanzadas recientemente por la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Por ejemplo, la identificación de la provincia de Aymaraes, departamento de Apurímac, como la más castigada del país. ¿Cuánto recordamos la mayoría de limeños sobre Aymaraes? También se retrata fielmente la naturaleza de Sendero Luminoso. Con características tan estrafalarias como macabras, el movimiento liderado por Abimael Guzmán es desenmascarado en su desprecio por la democracia y los valores de las comunidades andinas. El desconocimiento del terreno en el que se movían los senderistas se hace evidente desde la primera imagen que muestra sus acciones en Lima. Perros muertos colgados a postes de luz con carteles que celebran el cumpleaños de Mao Tse tung. Por su lado, la recién recuperada democracia también demostró ignorancia sobre el fenómeno que comenzaba a enfrentar. Sus primeros y muy graves errores se debieron precisamente a lo último. La historia demuestra que el terrorismo no fue golpeado gracias a las violaciones contra los derechos humanos, sino a pesar de ellas. La suerte del terrorismo en el campo fue echada cuando las fuerzas armadas sellaron su alianza con las comunidades a través de las rondas campesinas. Y los líderes subversivos comenzaron a ser capturados cuando la inteligencia policial refinó su trabajo gracias al conocimiento de su enemigo. Mención aparte merece el desarrollo del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru. El informe final de la CVR responsabilizará al MRTA por menos del 2% de las muertes producidas durante los años de violencia. Sin embargo, el documento también será claro en remarcar una condena que es más cualitativa que cuantitativa. La degradación de los métodos emerretistas se expresó en secuestros y asesinatos selectivos. El recorrido dibujado en el dossier también diferencia los escenarios de la violencia. Al ya mencionado caso andino se opone el de los atentados urbanos. Se ha convertido en un lugar común calificar el atentado de la calle Tarata en Miraflores (1992) como una línea divisoria para el terror en Lima. Lo cierto es que la capital fue golpeada casi desde el principio, y ya en 1985 los terroristas podían darse el lujo de detonar un coche bomba en la playa de estacionamiento del Ministerio del Interior. La selva peruana presentó características particulares. Entre ellas el calvario de la población asháninka y la inyección que el narcotráfico representó para el terrorismo. Los hechos demuestran que del triunfalismo se pasó a la casi total suspensión del combate contra el terrorismo en 1999. Los remanentes senderistas han reunido fuerzas en esos parajes selváticos y es de esperar que tantas lecciones se hayan aprendido para hacerles frente hoy. Como se menciona en la introducción del dossier, sólo con franqueza evitaremos que la historia se repita. (E.CH.)
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