Edición Nº 1786


 

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    ARTICULO

    21 de agosto de 2003


    Paginas 30 y 31 de la edición impresa.


    Sergio Vieira, brasileño victimado, podía llegar al cargo más alto en la ONU. Derecha arriba, el camión bomba fue estrellado bajo la ventana del diplomático brasileño, quien quedó atrapado bajo las ruinas.

    Morir en BAGDAD
    La acción terrorista que mató en Irak a Sergio Vieira, enviado
    especial de la ONU, abre severas interrogantes políticas.

    EL camión bomba que el martes último se estrelló contra la sede de la ONU en Bagdad destrozó algo más que un edificio y 17 vidas, entre ellas la del brasileño Sergio Vieira de Mello, probable sucesor de Kofi Annan en la secretaría general de la ONU. El crimen destruye también la idea de la administración Bush de que su acción en Irak asestó un golpe mortal al terrorismo.

    El crimen ha horrorizado al mundo. En el momento en que cerramos estas líneas no se sabe a ciencia cierta quiénes fueron los autores intelectuales del hecho. Dato enigmático es que los blancos hayan sido la sede de la ONU y un diplomático brasileño que durante toda su vida se caracterizó por su acción en favor de los derechos humanos y la paz. Los hitos de su carrera son Kosovo, Bangladesh, Sudán, Chipre, Líbano y el Perú.

    Cuando Annan lo nombró su representante especial en Irak, Vieira prometió "ayudar al pueblo de Irak a salir de un terrible período en su larga y noble historia". No eran palabras que hirieran al pueblo iraquí. Incluso, no podrían ser consideradas defensoras de la política que el gobierno de Bush ha llevado a cabo en Irak. Por algo dijo: "Ningún extranjero puede gobernar Irak".

     

    Parte del edificio se desplomó. La Policía iraquí (derecha) evacuó a más de un centenar de heridos.

    Puede plantearse la conjetura de que los autores del crimen sean terroristas ajenos a Irak, quizás la organización de Al Qaeda, que no hace distingos entre occidentales.

    El camión cargado de explosivos estalló bajo la ventana de la oficina de Vieira en el Hotel Canal de Bagdad, donde se aloja la sede de la ONU en Irak.

    Vieira (55 años, padre de tres hijos), llevaba 30 años trabajando en la organización mundial. En Irak se había distinguido por su esfuerzo personal en las campañas de la ONU de distribución de ayuda humanitaria, desarrollo y programas para refugiados.

    Días atrás, el presidente Bush había declarado que "la estabilidad en Irak del crucial para la estabilidad en el Medio Oriente y la estabilidad en el Medio Oriente es crucial para la seguridad del pueblo estadounidense". Esa cadena lógica ha sido puesta a prueba en los últimos días. El último fin de semana, el suministro de petróleo, agua y electricidad sufrió en Irak duros golpes terroristas. Antes, un coche bomba hizo explosión frente a la embajada de Jordania en Bagdad, con un saldo de diez muertos.

    Para seguir la secuencia lógica propuesta por Bush, la guerra contra Irak no ha estabilizado ni a Irak, ni al Medio Oriente. Ergo, la seguridad del pueblo de Estados Unidos ha sido debilitada por esa guerra. Y no sólo eso. El crimen en que ha perecido un gran latinoamericano indica que por la guerra en Irak el nivel de la seguridad mundial ha descendido.



     

    Recordando a Sergio
    La muerte de Sergio Vieira de Mello. Testimonio de un peruano en Bagdad.

    Escribe GUILLERMO BETTOCCHI

     

    Guillermo Bettocchi en Bagdad.

    COMO se informara en la edición de Caretas Nº 1780, el pasado 10 de julio, estuve en Irak trabajando en mi calidad de funcionario de Naciones Unidas. Desde esa posición, fui testigo de excepción de los esfuerzos que realizaba el enviado especial de Kofi Annan, Sergio Vieira de Mello, para devolver Irak a los iraquíes y de la mística y convicción con la que todos mis colegas se entregaron de cuerpo entero a esa tarea a pesar de las difíciles condiciones imperantes.

    Sergio, como todos lo llamábamos sin importar jerarquías ni rangos, había asumido tal vez el encargo más difícil de los muchos que caracterizaron su larga carrera en Naciones Unidas y que lo convirtieron en un latinoamericano ejemplar. Sergio fue representante del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) en Lima, por los años 70's. Luego estuvo en países como Bangladesh, Sudán, Chipre, Mozambique, Líbano, Kosovo y Timor Oriental. Siempre demostró su compromiso con las víctimas y los más necesitados. Ello lo llevó a ser nombrado, recientemente, Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Es decir, el encargado de velar por que los derechos de todos nosotros sean respetados.

    Teniendo en cuenta la experiencia de Sergio en procesos de transición de situaciones de conflicto hacia la democracia, Kofi Annan lo licenció temporalmente de su cargo de Alto Comisionado y le pidió que velara porque la administración provisional de Irak cumpliera con sus compromisos internacionales y garantizara los derechos del pueblo iraquí.

    Ahora Sergio está muerto, junto con otros muchos colegas, como consecuencia de un alevoso ataque que afecta el futuro de Naciones Unidas en Irak y, por ende, a todo el pueblo iraquí. Sin embargo, el cochebomba en Bagdad tiene repercusiones mucho más graves, pues hace peligrar el concepto mismo de las Naciones Unidas y de la cooperación internacional "para librar a las generaciones futuras del flagelo de la guerra". Ese mismo coche bomba ha puesto también sobre el tapete, una vez más, los riesgos absurdos que corremos quienes, ya sea desde las Naciones Unidas o de otras agencias internacionales, del Comité Internacional de la Cruz Roja o de Organismos no Gubernamentales (ONGs), nos dedicamos, sin otra motivación que una profunda convicción humanitaria, a tratar de ayudar a quienes lo necesitan.

    El estar de vuelta en Ginebra y, por lo tanto, lejos de la explosión en Bagdad, no me sirve de consuelo ni de alivio. El saber que la oficina que ocupé mientras estuve en Bagdad (justo debajo de la que ocupaba Sergio) está totalmente destruida por la explosión y los planes que tenía de volver a Bagdad la próxima semana, me hacen comprender lo cerca que he estado, otra vez, del riesgo. El pensar en los muchos colegas muertos o heridos me hace comprender que yo podría estar entre las víctimas, y le dan a esta tragedia un toque personal muy doloroso.

    Este atentado, además, se suma a numerosos otros sufridos anteriormente contra funcionarios de las Naciones Unidas y otros organismos humanitarios, en distintas partes del mundo. Y me pregunto, ¿quién quiere matar a alguien que tiene como principal función el ayudar y como único interés el hacer el bien?

    La frecuencia con que esta pregunta, de nivel personal, se plantea, lleva a otra, de dimensión global, mucho más peligrosa: ¿quién, y por qué razón, quiere eliminar a las Naciones Unidas? El buscar una respuesta a esta interrogante es más necesario que nunca. Antes de que sea demasiado tarde.

     

     


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