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Edición Nº 1786 |
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Semiseco
HAY colectivas que son gratuitas y que no deberían de hacerse. Sin embargo hay otras, como la realizada por el CCPUC con motivo del Festival de Cine, en la que resulta absolutamente pertinente el procedimiento de convocar a artistas de diferentes tendencias y disciplinas, para dejar que éstos seleccionen una película a partir de la cual van a realizar una propuesta. Los resultados son sorprendentes. En primer lugar los curadores Jaime Higa y Emilio Bustamante hicieron una acertada selección. En segundo lugar resulta divertido el acertijo de ver qué película ha elegido cada cual. A juzgar por los resultados luce que el cine español goza de buena salud entre nosotros, pues salvo una película cubana, tres mexicanas y una peruana, el resto oscila entre Almodóvar, predilección número uno, para derivar por Amenábar, Julio Medem, sin olvidar a Buñuel-que estás-en-los-cielos. Es cierto que no todos responden al mismo nivel. Hay obras memorables como ocurre con la de Jaime Higa, quien se traviste en Jaime Moreno para dar su peculiar versión de Cantinflas; Cecilia Jurado, quien trabaja en torno a "Acción Mutante", película esperpéntica de culto; y Silvia Fernández se convierte en Rossy De Palma -lamentablemente sin nariz picassiana- para recrear la secuencia del adormilado orgasmo de Kika, a sus espaldas. Otras piezas tienen tanto desparpajo como la película misma. Ocurre por ejemplo con Alberto Patiño, quien para abordar a "Átame" recurre a una correa que atraviesa una silla y forma una erección descomunal, en la que quizás resulte la solución más ingeniosa de la muestra. Si se hace el recuento de lo expuesto se podrá comprobar que, como en el resto del mundo, vivimos una época de pluralidad sin marcadas predilecciones por un lenguaje o una técnica específica. Es posible comprobarlo en un pintor como Francisco Vílchez, quien se desplaza al acolchado para "Todo sobre mi madre". Su pieza es la única con desafortunada ubicación. Si se tratara de evaluar las predilecciones de nuestros artistas vemos cómo las instalaciones además de minoritarias, son menos afortunadas. Entre ellas no incluimos a Carlos Yagui quien tiene la obra más divertida de la exposición: dos perros de cemento en pleno coito sobre el pasto, para representar esa película de González Inárritu que tantos adoran odiar. Para aquellos que aman tanto al cine como a las demás artes visuales, visitar la muestra es un placer. De allí no pude menos que salir contento al comprobar cómo, cada vez más, resulta evidente que el cine es una de las fuentes más poderosas para nutrir la imaginación. Soñamos para poder seguir despiertos diría Freud y los sueños húmedos pudieran resultar infinitamente más placenteros que la humedad despierta. Dormidos no precisamos cuerpos, posiciones o límites algunos porque es entonces donde supuestamente todo se libera. Los surrealistas exploraron los sueños y en su nombre justificaron muchos desatinos, si embargo algunas de sus obsesiones aparentan hoy recuperarse, como el cadáver exquisito que sirviera de punto de partida a la sobresaliente muestra Libro X. Sueños húmedos (Wet Dreams II, título original) es una video-instalación en Lucía de la Puente creada por Patricia Camet, con video de Yerko Zlatar y música de Giorgio Ardito. La pieza destaca por su extrema pulcritud, un impecable sonido y la acertadísima distribución de los objetos en el espacio: Colchón en la pared, sillón blanco al centro, dos óptimos parlantes y un proyector. En medio de este ascetismo decorativo se proyecta el video de Zlatar, en cuya primera parte predomina el esteticismo de las luces que se ligan a las preocupaciones de su individual anterior. En esta oportunidad se mantienen sus obsesiones de inmaterialidad pero el modo de manifestarla es infinitamente más eficiente debido a la tecnología empleada. Si la espiritualidad de la imagen y la música del inicio pueden lucir un budín zen, en realidad opera como una introducción al espectador para ingresar a la segunda parte donde el ritmo se acelera y la imagen avanza y retrocede a modo de una danza tecno que sigue el ritmo de Ardito. Quite cool. Pero...¿y el erotismo? Bien gracias. Apenas unos brevísimos planos insertados de manera casi subliminal, donde dos cuerpos semi-desnudos -o semi-vestidos, si prefieren- se dedican al juego erótico. Lamentablemente esos planos resultan prescindibles, porque alteran la narración visual y nos ubican fugazmente en una distinta dimensión. El regreso de Camet es bienvenido, ella ha aportado a nuestra manera de ver y es mucho lo que todavía tiene que aportar. Por eso resulta acertado que, a manera de bienvenida, se exhiban esas inolvidables camas de cerámica que exhibiera en 1995. Su instalación merece destacarse, pero también es pertinente cuestionar algunos aspectos, el más importante es la relación entre ese colchón vertical y la proyección sobre su mitad inferior. Estos no son sueños húmedos, apenas semisecos. Por eso me cuestiono si no hubiera sido más correcto hacer y proyectar el video en formato vertical -o colocar el colchón de manera horizontal- para permitir que la humedad se extienda sobre toda la superficie. Porque si el arte es ilusión -Gombrich dixit- ésta nunca llega a hacerse presente en esta racional instalación. Penita.
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