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Edición Nº 1787 |
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Pronóstico
Revelado
COMO se puede observar en el mapa, la mayoría de departamentos fueron afectados pero la dimensión cuantitativa de la violencia se disparó en las localidades alejadas de la costa y de las ciudades. Una mirada más detallada se dibuja en el gráfico de distribución relativa de víctimas anuales en los departamentos más afectados. El informe final de la CVR concluye que la importancia del conflicto se fue trasladando a distintos territorios. Por ejemplo, el final del "pico ayacuchano" de 1984 coincide con el inicio del repunte en la cantidad de víctimas en Junín. En ese entonces, la selva de ese departamento comenzó a ser escenario de conflicto. El narcotráfico fue el torrente de gasolina que avivó un gran incendio. Algo parecido ocurrió en Lima cuando los senderistas fueron obligados
a retirarse parcialmente del sur central peruano. Como bien lo apunta
el informe, "esta disminución relativa del peso del Perú
rural y quechuahablante en el universo de las víctimas es acompañada
de una mayor visibilidad mediática del conflicto armado interno".
Fue entonces que se produjeron atentados de gran impacto en las ciudades,
particularmente en Lima. "La violencia y sus víctimas adquirieron
cada vez más importancia para la opinión pública
conforme el conflicto atacaba los centros donde se ubica el poder económico
y político del país", se lee en el documento.
AUTORIDADES POLITICAS EN LA MIRA Luego de los campesinos, las autoridades políticas locales fueron el blanco más codiciado por Sendero Luminoso. A la CVR fueron reportados 1,680 asesinatos de este tipo, los que equivalen al 21% de todos los asesinatos de esta agrupación investigados por la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Es pertinente recordar que el crimen de Walter Wong (diciembre de 1982), director del Instituto Nacional de Cultura en Ayacucho, precipitó la entrada de las Fuerzas Armadas a la zona de emergencia. La salvaje estrategia buscaba minar así a ese "viejo Estado" y su manifestación más brutal fue la eliminación de aquellos que lo representaban. Queda así acreditada la entraña antidemocrática de los terroristas. No sólo sumieron a todos los hogares de sus víctimas en la más profunda oscuridad, sino que también le arrebataron al país una generación entera de personas que apostaron por el ejercicio de la política como sostén de una frágil democracia. Todavía se siente la pérdida.
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