Edición Nº 1787


 

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    29 de agosto de 2003
    Por AUGUSTO ELMORE

    MADRID es una ciudad abandonada. No sólo el calor sino la voluntad hedonista de sus habitantes que, como ya lo mencioné en edición anterior, sólo piensan en sus vacaciones, no importa si uno necesita mandar a la lavandería un pantalón y encuentra el tinte -así llaman aquí a las lavanderías- cerrado, y cerrado todo lo demás, o casi. La capital de España ha sido abandonada por sus habitantes en su gran mayoría. Uno podría quizá disfrutar de ella ahora más que nunca, para pasear por sus calles solitarias, si no fuera porque la temperatura alcanza los 44°ree; y uno corre el peligro de derretirse. Por eso decidí -decidimos digo- escapar, porque, además, hace días que llamo por teléfono para hacer algunos de los contactos que me son necesarios, pero la respuesta es siempre la misma: Está de vacaciones. Entonces ¡Abur!: ...me voy también.

    Las siguientes son notas escritas en el camino a la población de Sete, al sur de Francia, frente al Mediterráneo, a donde voy en busca del mar y de parte de mi familia.

    Primero es el vuelo en avión hasta Barcelona, en donde tomaremos el tren hasta la bella ciudad de Montpellier y de allí a Sete. Iniciado ya el vuelo, la azafata cierra discretamente la cortina que divide la clase económica de la primera, dando así inicio en pleno vuelo a la lucha de clases. Lo hace evidentemente para ocultar de nuestra vista de viajeros económicos las viandas y bebidas que ofrecen al otro lado en retribución al alto precio que han pagado. Pero la imaginación de uno atraviesa la cortina -como si fuera de humo- y paladea, gratis e imaginativamente, la copa de champán y los canapés. No nos quedamos pues con las ganas. ¡Todo el poder para la imaginación!, reclamaban los jóvenes contestatarios de mayo del 68 en París. Sentado tranquilamente en mi simple butaca mesocrática de clase económica del vuelo Madrid-Barcelona, he dado fiel cumplimiento a ese exigente reclamo. ¡A votre santé!, camaradas.

    En el trayecto de tren de Barcelona, España, a Montpellier, Francia -que sale con dos horas y media de retraso-, se hace de noche, y a través de las ventanillas las luces de los pueblos parecen luciérnagas volando en la nada. ¿Qué parecerá -me pregunto- el tren a sus habitantes, probablemente cansados de observar todos los días lo mismo: ¿Una gran culebra iluminada y fosforescente? El mundo es así: para los pasajeros y los pueblerinos hasta lo cotidiano puede tornarse en algo fantástico. Sólo hay que poner un poco de imaginación para que no nos devore la realidad. Los pueblos más primitivos y simples están más cerca de la imaginación que los habitantes de las grandes urbes, en donde la realidad impone sus reglas inapelables. Un metro subterráneo no será jamás para nadie una serpiente dorada que recorre la noche.

    Siempre en el tren: Una mujer gorda y algo cargada de años, que alguna vez debió ser hermosa, pasa por el pasillo luciendo ante mí, casi encima de mi cara, sin vergüenza alguna, sus brazos tatuados con garabatos mal hechos por un tatuador inexperto de los primeros años. ¿Qué habrá pasado alguna vez por su mente para infligirse tan imborrable y delator castigo?. ¿Un amor no correspondido e inaudito o, peor, uno correspondido pero abusivo? A esa pobre mujer, que felizmente pasa y no regresa, le sobran años, kilos y, sobre todo alguna vez desvergüenza. ¿Qué prueba o desvarío de amor la habrá conducido a someterse a la aguja marcadora, diseñando en las carnes excesivas de sus brazos -las más visibles- las señales imborrables que he tenido a la vista mientras pasaba a mi lado en el pasillo del tren obligándome a este ejercicio lamentable de vergüenza ajena? ¿O habrá sido tan sólo un desvarío mío, amodorrado por el viaje?. Puede ser que el calor de Madrid, que creí haber dejado atrás, me haya causado este atroz delirio.

    Pasa el tren por Perpignan y me doy cuenta de que no está lejos la ciudad de Carcassone, cuyo nombre asociaré siempre al de D'Artagnan y los tres mosqueteros. Si la memoria no me traiciona, claro. Pero guardaré para siempre el sonido de sus admirables espadas, ellos que fueron los alcahuetes de la reina, cuyos amores británicos amparaban en la imaginación del gran Alejandro Dumas. ¡Nadie es perfecto!.

    Hace poco los maltratados pobladores de Nueva York, que sufrieron y parecen haber superado ya el alevoso ataque de los súbditos malditos de Bin Laden, dieron al mundo una lección admirable de solidaridad y templanza con motivo del gigantesco apagón sufrido recientemente. Parecería que las grandes pruebas a que a veces se somete a los pueblos forman su carácter y los hacen capaces de afrontar nuevos contrastes.

    Y hablando de contrastes: la ola de calor que se abatió sobre toda Europa y que sometió a París, la bellísima capital de Francia, tan orgullosa de su sistema social, a temperaturas increíbles, parece haber causado algo jamás calculado: dicen que entre ¡3,000 y 10,000! muertes (la cifra exacta no se conoce, y probablemente no se conocerá jamás), especialmente entre ancianos, que se suponía contaban con un retiro admirado en todo el mundo. Es que si uno se fija bien, en Europa en general, y en París y otras ciudades francesas en particular, no se conoce eso que se llama aire acondicionado, que es utilizado tan sólo en los comercios más selectos, o en los cines (para que asista el público) pero jamás en las casas, aunque parezca mentira. Ni aire acondicionado ni siquiera ventilador. ¡Increíble, en país tan adelantado en todos los órdenes!. Es tan raro encontrar una casa con aire acondicionado como un baño con ducha de pared y cortina de baño. Lamentable tragedia la de Francia esos innumerables muertos por el calor.

    Tarde, porque es así que me llegan los ejemplares de CARETAS, me enteré, con rabia, incredulidad, desazón, frustración, del vil atentado que se comete en Nasca en contra de ese patrimonio único que son las Líneas de Nasca, cometido por bárbaros atilas que deberían ser delatados, condenados y presos por delito de lesa patria. ¿Qué clase de pueblo somos, me pregunté y me pregunto, capaz de cometer ese crimen contra nuestra cultura?



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