Edición Nº 1787


 

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    ARTES & ENSARTES 29 de agosto de 2003
    Por LUIS E. LAMA

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    LA Comisión de la Verdad y Reconciliación debe entregar su informe hoy jueves. Por esta razón es necesario referirnos brevemente a la muestra Yuyanapaq que ella ha organizado. Es inevitable salir de allí con los ojos empañados y si bien es cierto que la intención no ha sido artística, a lo largo de todo su recorrido el arte está presente en la precariedad de la restauración, en la iluminación, en el montaje de magníficas fotos y en la anónima, erudita museografía. Hay espacios que nos remiten directamente a las piezas más complejas de Boltansky, por ejemplo, y de otro lado el uso de recursos propios de las instalaciones más avanzadas, como el video y el sonido, hacen mucho más efectiva la experiencia de revivir la tragedia. Estoy convencido que a partir de Yuyanapaq, ese arte peruano, tan comprometido con su sociedad y su tiempo, nunca volverá a ser el mismo. Con esta muestra se cierran varios capítulos y se abrirán otros para nuestro bien. Paz.

    Unos tres lustros atrás invité a Oswaldo Viteri a exhibir en el Perú. En esa oportunidad él trajo formatos enormes sobre los cuales pegaba las muñecas de arpilleras en un trabajo emparentado al que hacían nuestras migrantes en Lima. Pero la reacción del público me desconcertó. Los numerosos estudiantes que asistían -estoy convencido, por obligación- se burlaban sin misericordia de la obra y le negaban su condición de arte. Sin embargo la irreverencia juvenil, que admiro, era compartida por buena parte de nuestra conservadora clase media limeña. Curiosamente la obra de Viteri sólo tuvo el acceso debido a dos extremos de nuestra sociedad. De un lado esa clase cosmopolita e informada que veía en el ecuatoriano una versión latinoamericana del pop. En el otro extremo, las señoras que mantenían sus hogares haciendo arpilleras, se identificaron de inmediato con la propuesta. .

    En Lima hay dos exposiciones que simultáneamente cuestionan los gustos establecidos. La primera de ellas es la de Ramiro Pareja en la Galería. "El viaje" es un conjunto de naturalezas muertas que pudieran remitirnos a los opulentos floreros de Arellano o Berberede en El Prado, salvo que la profundidad de los negros bien pudiera emparentarlo con un Brueghel de Velours. Con Pareja puede ocurrir lo mismo que con Viteri, o Hernán Pazos, cuando tirara por la borda su discurso para pintar flores extraordinarias. Nuestro mid-cult se rasgó las vestiduras y lo consideró una claudicación frente a la ruptura que él encarnara. Grave error. Los informados sabían de qué iban estas flores y en el otro lado del espectro tenían un atractivo descomunal. Pareja expande este reto al presentarnos unas flores que muchos consideran kitsch y que en el peor de los casos pudieran ser camp resultante de su relectura del pasado. En cuanto al texto pintado, prefiero considerarlo como un (pre)texto para enmarcar las flores y anclarnos en la contemporaneidad. De eliminarse, todo hubiera tenido una connotación totalmente opuesta a la aquí descrita. .

    Si bien Eco considera que la ironía y la pérdida de la inocencia son características de la posmodernidad, en cada cuadro de Pareja no se aprecian estas contradicciones. Sólo en el conjunto se percibe que el contenido de este envoltorio complaciente puede ser un petardo para quienes no tengan los conceptos racionalmente conectados en su disco duro. .

    Una vez cometí el exceso de comprar en El Rastro madrileño una copia del Florilegium de Besler, un investigador que recibió el encargo de describir el contenido de los jardines de Eichstätt. El resultado fue Hortus Eysttensis, 1613, que reproducía con extraordinaria fidelidad las flores provenientes de todo el mundo que rodeaban al Palacio Episcopal. Cuatro siglos después, Pareja pinta flores similares como metáfora de su viaje espiritual a través del tiempo. Ignoro si era su intención retar a nuestro establishment, pero su muestra, con gran inteligencia, subvierte con sutileza los dogmas de nuestra contemporaneidad. .

    Parecerá una herejía, pero la corrosiva muestra de Lu.Cu.Ma. bajo la magnífica curadoría de Gustavo Buntinx pudiera compararse con la de Pareja. Si bien el primero se ubica en las antípodas del segundo, las reacciones del público ante ambos tienen una peculiar similitud: rechazo del medio, aceptación del alto, identificación en los más bajos. Y ante efectos tan parecidos frente a propuestas tan distintas, puede comprobarse cómo los extremos pueden llegar a unirse en ese movimiento pendular que siempre ha caracterizado al arte. .

    Lu.Cu.Ma. corre el mismo riesgo mediático que, salvando distancias, Sérvulo y Humareda padecieron. La prensa se ha detenido más en su pasado lumpen que en su obra. No dudo que estén relacionados, pero al privilegiar sus excesos están creando un nuevo mito personal y no artístico. Admito que preferiría ver los cuadros de Lu.Cu.Ma. pintados en soleados muros o nocturnos prostibularios de Iquitos. En galería son tan perturbadores en su descontextualización como las flores de Pareja en un sentido radicalmente opuesto. Creo que el arte está hecho para cuestionar, a nosotros mismos y a su propia naturaleza. Su perturbación nos enriquece. Como diría Bernanos: si no vienes a perturbar, a qué vienes.


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