Edición Nº 1788


 

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    ARTES & ENSARTES 4 de setiembre de 2003
    Por LUIS E. LAMA

    Sanaciones

    CATARSIS fue la palabra más utilizada por amigas sicoanalizadas -que ignoraban qué (sic) era Aristóteles- para manifestar su empatía con Frida Kahlo en los '90. Claro que si Madonna no hubiera comprado un cuadro, Santa Frida permanecería en el infierno del olvido. Pero ellas ignoraban que a la chica material le interesaba más la mexicana como emblema lésbico de liberación femenina que como pintora. Fueron años en los cuales las adoradoras de Frida se encontraban en cualquier Bienal, empachándonos de corazones desmesurados y torsos encorsetados. Quizás, quienes más lucraron con la leyenda fueron Hayden Herrera, con chismoso culebrón, y Julio Galán, superstar mexicano catapultado por los magnates de Monterrey gracias, además de su buena pintura, al pregón de ser la loca reencarnación de Frida. Pero nosotros tampoco estamos libres de culpa. La imagen de Sarita Colonia, por ejemplo, ha sufrido un descomunal deterioro, transformándose -como Frida o el Che- en un clisé debido a la reiterada manipulación que se ha hecho de ella en muchas de las obras más banales del neopop nacional.

    Lu.Cu.Ma. también tiene un cuadro de Sarita en la Miró Quesada. Para él Jesucristo salva y lo expresa a través de un lenguaje corrosivo que se relaciona con las expresiones más radicales del arte chicano, salvo que lo de él resulta tan visceral en las representaciones de nuestra marginalidad que se aparta de toda posibilidad de comparación internacional. Algo que en tiempos de aldea global no deja de ser meritorio. Volví a su muestra para comprobar las distorsiones de mis modos de ver y lamento distanciarme por igual de los devotos del nuevo mito del arte peruano, como de aquellos que se rasgan las vestiduras negándole su condición de artista. Indudablemente él lo es, pero no un buen pintor en el sentido tradicional y confiamos que nunca lo llegue a ser. Preferimos a este Lu.Cu.Ma. sin domesticar, convencido de su salvación a través de un arte confesional, coincidiendo intuitivamente con Freud, o con Jung, quien analizó el comportamiento de creyentes y concluyó que mientras sólo el 25% de católicos acudía al médico, el 57% de protestantes lo hacía. Los porcentajes eran proporcionales a la confesión: 58% de católicos trataban sus problemas con sacerdotes en comparación al 8% de protestantes. Los restantes reventamos.

    Yuyanapaq es una muestra que algunos han definido catártica, remarcando su condición no artística para deslindar cualquier relación con la ficción. Grave error. Durante más de dos décadas buena parte de lo más sobresaliente del arte peruano ha venido utilizando imágenes similares a la que allí se exhiben sin caer en superficialidad alguna. "Algo va a pasar" fue una de las exposiciones precursoras en los ochentas, a la que sucedería la de fardos funerarios a cargo de Gustavo Buntinx. "Lava la bandera" fue propuesta desde sus inicios como una acción artística y tuvo efectos aniquiladores sobre la dictadura. Admito que aún no hayamos logrado asimilar que hoy la mimesis funciona en doble, perverso sentido. El arte podrá imitar a la vida, pero no tengo duda alguna que también la vida imita al arte. Círculo vicioso, le llaman.

    Ante estos conflictos personales frente a la definición del arte, suelo recordar a Umberto Eco cuando sostenía que si la intención del trabajo no es artística, sus resultados no pueden apreciarse de este modo. Es decir, si con un hacha desmenuzo un árbol y resta algo parecido a una vaca, ésta no podría ser considerada escultura porque no era mi propósito hacerla. Pero de Eco también aprendí que no hay manifestación humana totalmente objetiva, incluyendo la fotografía, pues ésta sólo reproduce un fragmento de la realidad visto a través de una persona ineludiblemente subjetiva.

    Por eso considero que Yuyanapaq es la muestra más trascendente que haya visto alguna vez en el Perú. Y sí, tiene un altísimo contenido estético. Basta ver el uso del espacio, el educadísimo uso del color en el trabajo, absolutamente pictórico, de Vera Lentz; las magníficas fotos del archivo de Caretas ampliadas a escala monumental, para comprender que allí el arte está omnipresente. En su interior nos desplazamos a través de instalaciones cuya artisticidad no pasa desapercibida a pesar de la emotividad del documento. Al contrario, el arte facilita la comunicación y enfatiza el drama en el sentido aristotélico de la tragedia. Artístico, por ejemplo, es cubrir con telas negras el cuarto de las viudas, intensificando la sensación de duelo. En el patio central, la foto de Oscar Medrano se reproduce en el espejo de agua ubicado en el centro, acentuando la espiritualidad de las víctimas. Finalmente, la decisión de entelar todo el recorrido, además de paredes virtuales, crea una sensación de mortaja que envuelve simultáneamente al espectador y al esqueleto de la casa.

    Las opciones artísticas de Yuyanapaq no la vuelven frívola. Al contrario, la rescata del panfleto o la información distanciada, otorgándole una dignidad capaz de conmover o sublevar. La he visitado tres veces acompañado de protestas. La última vez, después de la entrega del informe de la CVR, simpatizantes de Barba-Rey atormentaron mi recorrido acusándola a gritos de prosenderista, a tal grado, que no me quedó más remedio que comprobar los efectos de la catarsis. Mea culpa: recordé a Toledo y los mandé a la mierda. Sí funciona. Finalmente pude sentirme aliviado.


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