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Edición Nº 1789 |
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Allende
Tres Décadas Después El 11 de setiembre de 1973 llegaron a su fin los Mil días de Salvador Allende en la presidencia de Chile. Un país fraccionado observó la irrupción del general Augusto Pinochet en su historia, cancelando el proyecto encarnado por Allende y la Unidad Popular, la alianza socialista que lo había llevado al poder en noviembre de 1970. Desde entonces la sociedad chilena ha experimentado cambios radicales. Aquí, una reflexión que es a la vez testimonio de lo que este hecho significó para el continente.
Por JOSE RODRIGUEZ ELIZONDO * CINTAS magnetofónicas, secuencias de cine y televisión estructuradas como reportajes históricos, salieron del limbo de la prohibición o autocensura. Este trigésimo aniversario del 11 de septiembre de 1973 marcó, así, el fin de la pretensión del pinochetismo sociológico de "primero olvido, luego reconciliación". A partir de esas imágenes y voces embalsadas, Chile vive un destape que está desconcertando a los políticos en activo. El hecho es que las nuevas generaciones se asoman en la pantalla chica al duelo singular, en vivo y en directo, de Salvador Allende y Augusto Pinochet, los dos actores principales de ese día. Pueden escucharlos, mirar sus ojos, analizar su lenguaje corporal y el resultado es aleccionante: todos ratifican el fracaso de los políticos de la Unidad Popular y de los políticos de la oposición democrática (léase demócratacristianos), pero nadie desconoce que el Presidente supo autorrescatarse como una figura de grandeza trágica a escala universal. "Sólo falta que canonicen a Allende", dijo con ironía amarga la esposa de Pinochet, en medio de la avalancha. Por lo demás, queda clarísimo que Allende había acumulado premoniciones válidas para liberarlas ese 11-S chileno. Profecías in extremis que supo expresar en tono poético y con serenidad apabullante, mientras atronaban los disparos sobre el palacio presidencial. Impacta escucharlo, ahora como público masivo, diciendo que "otros hombres superarán este momento gris y amargo". Son los demócratas escarmentados, los izquierdistas renovados y, sobre todo, las nuevas generaciones, que recién comienzan a conocerlo sin intermediarios ideológicos. PINOCHET COMO CONTRASTE En este destape, la vulgaridad y el lenguaje soez de Pinochet son el contrapunto funcional. El hombre no estuvo a la altura de momentos tan extraordinarios. En sus diálogos grabados con otros militares se refiere groseramente al Presidente que lo había designado y que, paradójicamente, en esos instantes se preocupaba por la suerte del general. Lo suponía en peligro por ser leal. Reiteradamente expresa Pinochet la posibilidad de subir a Allende a un avión "y después se cae". Tras el desenlace, sondea la receptividad de sus camaradas de armas ante la idea de exiliar su cadáver: "hasta para morir tuvo que joder, habría que enterrarlo en Cuba", comenta. Al parecer, sus interlocutores, más enmarcados en las pautas de la caballerosidad castrense, quisieron creer que eran chanzas cuarteleras. De ahí que sea tan arduo justificar el comportamiento de Pinochet a través de la economía, como quieren sus nostálgicos. A la hora del balance, la ética y la magia de las personalidades siguen pesando más que los equilibrios macroeconómicos y la magia de los mercados. Afortunadamente. Por otra parte, es inevitable asociar sus bravuconadas de ese día con su posterior renuencia a asumir las responsabilidades de su prolongado mando total. Hoy, resulta que ignoraba las más graves violaciones de los derechos humanos o que las cometieron subalternos suyos, por quienes él no responde. El general Manuel Contreras de la siniestra DINA es su único error reconocible. Pero esto ni siquiera lo dice Pinochet, sino sus allegados. Tal vez por la falta de lógica que esto tiene, el ex gobernante
aceptó el consejo de sus abogados y se acogió a la demencia
como eximente penal.
CASTRO EL FALSIFICADOR Todo lo cual deja en claro que el supremo error de Allende fue la inviabilidad de su proyecto. No era posible amarrar a guevaristas, comunistas, socialdemócratas y socialcristianos con un proyecto de marcha al socialismo a través de las instituciones y con base en un tercio del electorado. Por lo mismo, Fidel Castro jamás apoyó el proyecto allendista. Temía que su éxito eventual arrinconara su propio modelo guerrillerista. Antes de 1970, los profesores cubanos de revolución consideraban que el líder chileno era un simple "reformista pequeñoburgués". El francés Regis Debray, primer escribidor de Castro, lo describía como "una pálida figura de socialista perteneciente a la aristocracia de la gran burguesía". Después de la victoria electoral de Allende, Castro fue a Chile en visita de casi un mes, pero para darle el abrazo del oso: alentó a la ultraizquierda y exasperó a la oposición de centro y de derechas, que hizo su primera demostración de fuerzas en las calles de Santiago. Ni siquiera paró ahí, el líder cubano. En octubre de 1973, en un discurso "de homenaje" al Presidente caído, falsificó su muerte en presencia de su viuda Hortensia y de su hija Beatriz. Inventó que había muerto acribillado por los "militares fascistas", no sin antes destruirles tres tanques con certeros bazucazos y enfrentarlos a pecho descubierto, más otros detalles propios de una mala película de aventuras. Era un montaje audaz, destinado a desacreditar a todos los partidarios del proyecto allendista: "los chilenos saben ya que no hay ninguna otra alternativa que la lucha armada revolucionaria", dijo Castro en ese discurso. Acostumbrado a autoabsolverse escribiendo su propia historia, quiso manipular la historia de Chile para seguir teniendo la razón. Por desplantes como ése, su amigo Gabriel García Márquez diría, en 1987, "no creo que pueda existir en este mundo alguien que sea tan mal perdedor".
GOBERNABILIDAD AMARRADA El proyecto de Allende no sólo partió chocando con Castro, la oposición de derechas y el gobierno de Richard Nixon. También sufrió, desde el inicio, la indisciplina de los dirigentes principales de su coalición de gobierno, unos porque no se resignaban a revisar el dogma leninista y otros porque no querían renunciar a la aventura guevarista. En el clima enrarecido de la guerra fría, preferían tener al líder rigurosamente vigilado, aunque renunciaran al impacto suprapartidario de una Presidencia pletórica de atribuciones y aunque la URSS fuera incapaz de ayudar. Fue el costo en diferido del proceso electoral previo. Allende no era el candidato intransable de ninguno de los partidos principales -comunistas y socialistas apostaban a otros nombres- y su mandato nació enredado en compromisos que atentaban contra la gobernabilidad. Por eso, durante tres años consultó los más mínimos actos y cargos administrativos con los representantes de los partidos, llamando a una armonización de criterios que jamás llegó. Quizás por eso soltaba, sarcástico, que él era un simple coordinador de los partidos de la Unidad Popular. Desde esa frustración optaba, eventualmente, por dar instrucciones directas a algunos mandos medios de la administración -a este escribidor le consta- y buscar asesorías "no alineadas". De ahí que, por sobre la muchedumbre de politólogos de la Unidad Popular, prefiriera como consultor al cientista político catalán Joan Garcés. De ahí, también, su aprecio por la pulcritud del establishment militar, expresada en su alta consideración hacia el jefe del Ejército, general Carlos Prats. Esas circunstancias facilitaron la labor de la Casa Blanca y de la oposición de centroderecha, mientras la ultraizquierda castrista justificaba la emergencia de la ultraderecha violentista. Allende, que percibía el abismo con angustia, llamó, a mediados de 1972 a una recapacitación política, advirtiendo a los elementos más radicalizados que "las pirámides no se comienzan por el vértice". Agregó que, en períodos homologables, la labor revolucionaria de su gobierno había avanzado más rápida y eficientemente que en Cuba (lo cual no dejaba de ser cierto). Incluso envió una "Carta a los jefes de los partidos de la Unidad Popular" denunciando como inconcebible la pretensión de desconocer "el sistema institucional que nos rige". El documento, pese a ser dirigido a un colectivo, no pudo ser respondido colectivamente. Cada jefe de partido respondió por su cuenta, demostrando que tampoco había acuerdo ante una invocación tan sensata. Al filo del día terminal, el cuadro se le había cerrado
de tal modo, que sólo disponía de un manojo de "antiopciones":
Conducir el proyecto original con la Unidad Popular, era ya imposible.
Ceder a la oposición de izquierda para dirigir la insurrección
desde palacio, sólo aceleraría la reacción militar.
Gobernar con los militares siguiendo el "modelo uruguayo" de Bordaberry,
era romper una coherencia política vital. Resistir el golpe anunciado
con las fuerzas de que disponía, era inducir una masacre popular.
Declarar rota la Unidad Popular era una redundancia. Forjar una alianza
alternativa con la Democracia Cristiana era extemporáneo.
LIBERTAD Y MUERTE Si alguna vez un gobernante conoció, verdaderamente, la soledad política, ése fue Allende. Todo Chile pudo asomarse a su drama íntimo cuando, en mayo de 1973, saltaron sus lágrimas en pleno discurso ante la televisión. Eran lágrimas que desbordaban impotencia, amargura, ira, frustración, pero, sobre todo, soledad. Tras largas décadas de protagonismo, el Presidente veía que su proyecto estaba fracasado y que el sistema chileno de partidos comenzaba a derrumbarse con el carácter ineluctable de una tragedia griega. Por eso, mientras jugaba con la idea de un plebiscito, en cuya eficacia tal vez no creía, se iban ordenando en su mente las que serían conocidas como "sus últimas palabras". En el momento que avizoraba, las diría no en calidad de líder de los partidos de gobierno, sino como simple intérprete de "grandes anhelos de justicia". Esto significa -hoy puede verse así- que, desde una hiperlucidez crepuscular, comenzó a vincular la superación de la tragedia en ciernes con su autoinmolación. Por una parte, sería la manera de preservar su dignidad y la de su cargo, pues no se aceptaba como un Presidente escarnecido o exiliado. Por otra parte, sería la manera de preparar "más temprano que tarde", un futuro en el cual "se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor". De esta manera, Allende llegó a su última cita con una decisión tomada desde la raíz de su individualidad. Asumida sin consultas con los jefes de partido y desechando la inducción de Castro a combatir con el apoyo de "la formidable fuerza de la clase obrera". Al explicar esa decisión con estoicismo escalofriante, hizo que muchos descubrieran, más tarde que temprano, la nobleza del jefe que se esmeraron en acorralar. En esos instantes de pólvora y espanto, el Presidente chileno confirmó su currículo de aristócrata bravo, seductor, patriarcal y valiente y, fue lo que efectivamente era: un líder con la dignidad del cargo, un civil capaz de dar la vida por su patria y un humanista incapaz de disponer de la sangre de los otros. Por eso, precisamente, se preocupó de que quienes estuvieron junto a él, en palacio, vivieran para contar al mundo lo que sucedió ese día. De algún modo misterioso, el que iba a morir temía que su gesto final fuera falsificado, y sabía que antes de la reconciliación tenía que llegar la verdad. Es decir, la Historia. __________
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