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Edición Nº 1789 |
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Anatomía
del Hombre Bomba
Escribe SANDRO MAIRATA EN 1983, un ataque suicida en Beirut que sólo calificaba de inesperado tuvo un detalle que lo convirtió en escalofriante. Poco antes de volar en pedazos, el hombre-bomba sonreía feliz. Este aliento extasiado se llama Bassamath al-farah, o Sonrisa del Júbilo. Al morir así, le inculcaron, se convertiría en un shahid, un mártir santo con 72 vírgenes de ojos negros aguardando para brindarle placer y cuidados en el paraíso eterno. En la tierra, una madre quedaría con un hijo menos y con la ruma de dinero que sus líderes habían canjeado por su vida. Un año antes, en 1982, se había formado Hezbolá, una organización de núcleos fundamentalistas radicales bajo una misma línea política, social y militar, con el objetivo máximo de crear una república islámica mundial dirigida por religiosos chiítas. Desde ese entonces, junto a Hamas y posteriormente Al-Qaeda -red de 5,000 miembros en por lo menos 50 países, incluido EE.UU.-, Hezbolá se perfiló como uno de los grupos terroristas más peligrosos de Oriente Próximo. El periodista Gordon Thomas explica cómo el entonces puñado de fanáticos se convertiría en el semillero del nuevo terror mundial. El fundador de Hezbolá, el jeque Mohamed Husein Fadlalá, insistió desde un comienzo en que sus proyectos debían estar a la altura de las feroces incursiones israelíes. Antes de los primeros ataques suicidas, se debatió intensamente si los jóvenes elegidos merecían la absolución, puesto que la doctrina islámica prohíbe tajantemente el suicidio. Los conservadores insistían en que la ley religiosa no ofrecía sustento para justificar ataque suicida alguno. Los radicales extrapolaban la idea que la opresión hace que el oprimido descubra nuevas armas y fuerzas. Por otro lado, era una opinión de consenso que el acto suicida era tan dramático que la atención se centraba en el hecho y no en la causa en sí. No todo es mera inspiración divina. Se estila desde entonces
reclutar voluntarios días antes de cada acción, y en algunos
casos se les administra alguna droga que anule su albedrío y estimule
su impulso homicida. Las drogas no son muy elaboradas, es más,
algunas resultan familiares: marihuana, opio o cocaína. Los imanes
-guías espirituales- también les ofrecen oraciones glorificando
la muerte antes de cada misión.
LA NUEVA SEMILLA "Generalmente, se recluta a estos jóvenes de hogares pobres con varios hijos", nos cuenta Jack Ben-Haim, ex oficial de infantería de las Fuerzas de Defensa de Israel. "La madre no puede mantenerlos a todos, y le ofrecen dinero por un hijo que será después de muerto poco menos que un santo, y le ofrecen dinero por su vida. ¿Cómo se pueden negar?" Los 19 hombres que secuestraron 4 aviones comerciales la mañana del martes 11 de septiembre de 2001 eran totalmente distintos. Se entrenaron durante casi cinco años -una carrera universitaria- entre sus víctimas; vivieron de sus recursos y también de sus beneficios. Eran terroristas "dormidos" (sleepers); hombres con propósito en la vida, con familia y sin estrecheces. Sólo les tomó 1 hora y 44 minutos hacer que las Torres Gemelas se vengan abajo. (Dos horas y 40 minutos le tomó hundirse al Titanic después de estrellarse contra un iceberg.) Construir el World Trade Center costó mil millones de dólares. Cuatro dólares costó cada cortapapel con que se redujo a las tripulaciones de los aviones secuestrados. Hace dos años Mohamed Atta (33) lideró el grupo terrorista que partió en dos la historia contemporánea. Y demostró que los hombres-bomba se convirtieron finalmente en una nueva y terrible generación. Pueden ser ignorantes, agresivos e improvisados; o atractivos, metódicos y muy amables. Vengan de donde vengan siempre están al acecho.
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