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Edición Nº 1791 |
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Toledo no se Achica En medio de la disputa de los grandes, el Presidente pidió cambios en los organismos financieros.
EL 58 período de sesiones de la Asamblea General de la ONU ha resultado un episodio quemante e inesperado. Desde los días en que el líder soviético Nikita Jrúschov golpeaba con su zapato el pupitre que le había tocado en la Asamblea, no habían sonado allí diálogos tan polémicos. Los antagonistas del debate central, con Irak como tema de fondo, fueron ciertamente el presidente Bush y su homólogo francés Jacques Chirac. Entre los dos tocó el turno -pan con pescado- a nuestro primer mandatario, quien planteó preocupaciones muy graves del Perú y de todo el mundo en desarrollo. Antes, abriendo la sesión, el presidente Lula de Brasil había sintetizado las demandas de equidad comercial y económica del llamado tercer mundo. Era como llover sobre mojado: la reunión de la Organización Mundial de Comercio (OMC), realizada en Cancún, México, del 10 al 14 de este mes, acabó a capazos debido precisamente a la arremetida de reclamos y protestas de los países en desarrollo. Toledo planteó en la cita mundial objetivos comunes a todos los países miembros de la ONU. Entre ellos, la lucha contra el terrorismo, que ha adquirido un carácter global y exige globales esfuerzos. Tocó otros puntos neurálgicos: el proteccionismo comercial de las naciones industrializadas y también subsidios en aquéllas. "Quiero ser franco", dijo. "Pedimos a los países industrializados que no nos exijan a nosotros la apertura de nuestros mercados, mientras ellos protegen con miles de millones de dólares de subsidio al año, particularmente en el sector agrario". Pidió cambios en la política de los organismos financieros internacionales. Sugirió que las duras condiciones actuales atentan contra la gobernalidad de nuestros países. Por eso pidió a las Naciones Unidas que, a traves de Kofi Annan, secretario general de la organización, promueva con el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo y los países miembros del Grupo de los Ocho, "un amplio debate sobre mecanismos financieros innovadores que permitan financiar la gobernabilidad democrática en la región, incrementar la inversión pública en escuelas, hospitales, carreteras que generen trabajo y acompañen a la inversión privada". Tras precisar que en las actuales condiciones las democracias de los países en desarrollo están en riesgo, pidió Toledo que "las exigencias económicas de Wall Street se crucen con las expectativas de Main Street". Es decir, que los banqueros escuchen al hombre de la calle. CHIRAC VERSUS BUSH Cuando el presidente de los Estados Unidos subió al estrado principal de las Naciones Unidas para ofrecer lo que muchos calificaron como "el discurso más importante de la diplomacia estadounidense en los últimos años" -y que fue calificado como un "verdadero fiasco" más tarde por sus adversarios-, los jefes de Estado presentes comentaban en voz baja los resultados de la última encuesta Gallup sobre las preferencias electorales de la opinión pública norteamericana. Según la medición, si las elecciones presidenciales del próximo año fueran mañana, el general retirado Wesley Clark, el más reciente candidato demócrata a la nominación presidencial de su partido, tendría una ventaja de tres puntos sobre George W. Bush. La popularidad del orador principal de la jornada inaugural de la Asamblea General de la ONU ha caído de los 70 puntos de antes de la guerra, a los 50 exactos de hoy en día. Pero ni siquiera en el podio Bush pudo ganar una batalla decisiva. Al terminar su discurso, donde volvió a insistir en mantener el rol protagónico de su país en la reconstrucción de Irak, dejando de lado el énfasis multilateral de la ONU, las críticas empezaron a llover desde todos lados. El primero en levantar polvaredas fue el presidente francés Jacques Chirac, cuando afirmó que "la guerra lanzada sin la autorización del Consejo de Seguridad, resquebrajó al sistema multilateral", reclamando en voz alta que "nadie debe actuar solo en nombre de todos, y nadie puede aceptar la anarquía de una sociedad sin reglas". El secretario general de las Naciones Unidas también fue enfático en señalar que la crisis en Irak estaba poniendo a prueba los fundamentos mismos de la existencia de las Naciones Unidas. EL INESPERADO GENERAL CLARK El miércoles pasado, antes que el huracán Isabel escupa su furia por las calles de la capital estadounidense, el general retirado Wesley Clark, ex jefe militar de la OTAN, con cuatro estrellas en su uniforme y una impecable hoja de servicios, opuesto tajantemente a la última guerra con Irak y sin ninguna experiencia política a sus espaldas, anunció desde su pueblo, la mítica Little Rock del estado de Arkansas, su candidatura a la nominación presidencial por el partido demócrata. Primero en su promoción de West Point, graduado en la universidad de Rhodes y sureño -al igual que los últimos tres presidentes demócratas-, telegénico, comentarista televisivo de CNN y muy seguro de sí mismo, Clark decidió lanzarse en paracaídas hacia la pista de combate para luchar por la candidatura presidencial de su partido. Por esos días el presidente Bush estaba más pendiente de las decisiones políticas del militar que de los informes meteorológicos. Un general pacifista y arquitecto de una estrategia militar exitosa en los Balcanes, remeció con su anuncio los sólidos cimientos de la Casa Blanca. Al igual que Howard Dean, la matriz del discurso político de Clark pasa por su oposición radical a la guerra en Irak, señalando en primer lugar el error de marchar solos, sin tener detrás una verdadera coalición militar multinacional, con los auspicios de la ONU. También ha dicho Clark que "estamos atrapados por una economía que genera desempleo y una ocupación militar sin ninguna salida". El general exhibe su impecable estrategia pacificadora en Kosovo, donde encabezó una fuerza disuasiva de consenso internacional bajo las banderas de la OTAN. La guerra y la economía, como en los tiempos de su padre, vuelven a sonar como tambores de alerta en los oídos del presidente que quiso, por ejemplo, volver los ojos hacia Latinoamérica, pero la hecatombe del once de setiembre lo obligó a vestirse de soldado para marchar solo en el mundo en una lucha despiadada contra todo lo que huela a terrorismo. Tal vez el único que podría obligarlo a regresar a su rancho de Crawford en Texas es un general de cuatro estrellas con ganas de ser el comandante supremo de las fuerzas armadas.
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