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Edición Nº 1791 |
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Por LORENA TUDELA LOVEDAY Hay que Mirar
Bien el Parte
MIRA, yo no sé qué pensar sobre la vida, hija, no sé si tenga que cambiar mi dirección o hacerle entender a Jessikah's Jesseniah's que si bien los sociólogos de los setenta anunciaban ya el desborde popular, pucha, una cosa es el maldito desborde y otra muy distinta es mi casa. No sé si me entiendes, porque lo que he tenido que vivir el sábado, pucha, cómo te explico, no se lo deseo ni a Vladimiro Montesinos, que dicho sea de paso, pucha, parece clonado en el nuevo jefe de Inteligencia, ese que tiene apellido de fruta y no me acuerdo si es Naranjo, Perales o Toronja, si es que existe, porque son igualitititos, qué cosas las que pasan, ¿no? Bueno, resulta que el sábado se casaba la hija de Maribé Bentín y hasta ahí todo normal, y claro, yo sabía que como debe ser, pucha, la recepción era en Santo Domingo y en fin, no tengo que explicarte nada más. Pero hija como últimamente ando demasiado distraída, pucha, yo ya estaba vestidísima para el matrimonio y me entró la duda de si era en Santo Domingo o en San Pedro. Agarro el parte y veo "Casino de Miraflores" y te juro que me vino una desazón anímica tan rara que llegué a pensar que tenía Hepatitis B, o alguna cosa rara. Pero en fin, Mariabé es mi prima, la hija es mi sobrina y a la familia hay que hacerla sobrevivir a lo que sea, de modo que...¡me fui al casino de Mirafloooooooores!, ¿tú te puedes imaginar el impacto psicosocial de semejante circunstancia? Hija, lo peor de todo es que llego y en la puerta unos de seguridad bien a la media blanca me revisan como si estuviera entrando al Pentágono y justo me encuentran la estrachata de plata de mi tía María Ofelia Cerro, hija, que yo la adooooro, y el ropero ese que me estaba toqueteando me dice, "¿Y esto qué es, mamita?" Mamita, la chingada de la cabrona, cómo te explico: lo miré al zambo ese como un birdwachter miraría a un gallinazo sin plumas y me metí taconeando como Cruela Devil entre los perros; no sé si me entiendes. Pero que había algo raro, lo había, y de qué magnitud. Mira, para comenzar, en la entrada de un salón horroroso con arañas de plástico y alfombras también de plástico, me doy de bruces con Gonzales Tacna y Doris Sánchez, los mismos que visten y calzan, brindando con champán pero en copa de vino tinto, bien al dedito levantado y ni siquiera por los novios, sino... ¡por Pachi y Perú Posible! A ver, dime si no era para terminar de enloquecer en ese momento y mandarse sin más a bailar al medio del salón una pachanga burdelera que tocaba una orquestita, hija, que parecía de circo pobre. Cómo te explico que a esas alturas yo estaba tan golpeada que no se me ocurrió pensar que la equivocada era yo, sino todos los otros (que dicho sea de paso, claro que están equivocados) y me puse como una posesa a buscar con la vista a alguien conocido, y lo peor era que todoseran conocidos pero de una dimensión de la realidad que no era precisamente la que yo estaba buscando. Por ejemplo, en pleno trencito agarrado de la cintura de... ¡la Carrot!, me encuentro al gordo Bruce, mientras, pucha, un poco más allá movía los mondongos un ser que se llama Garavito, hija, que a veces sale en los periódicos y siempre he pensado que es un nieto del profesor Yoda (¿así se escribirá el nombre de ese personaje de Star's War?), en plena rumba con una dama a quien yo no tenía el gusto, pero que muy popular debe ser, porque todo el mundo la avivaba como "¡Dale Celia, dale Celia, dale Celia!" y la tal Celia se había puesto un chachá, hija, de encaje de Plásticos Basa con una estolita de gato viudo que no se la sacó ni para el potpurrí de tecnocumbias que en ese momento empezaba y que cuando me di cuenta, pucha, me había involucrado también a mí, porque vino ni más ni menos que Solari, hija, a sacarme a bailar y yo en ese momento decidí que la vida era un tómbola y... adentro con todo. Hija, perdí el dominio de mí misma: comí todo lo que me pusieron por delante (ají de gallina, con todo y cartílago, como corresponde, y de postre, melocotón al jugo), me puse en la cola del bouquet (¡y me lo saqué!), bailé parranditas varias y hasta me mandé con una marinera. Recién reaccioné cuando tuve que saludar a los novios y me encontré que en lugar de María Anunziata Bentín Tudela y Mariano Ignacio Tudela de la Piedra, pucha, estaba de abrazos con una señora igualita a la que me pone inyecciones en la botica y a su señor consorte, que si conoces al vendedor de frazadas, entonces lo conoces también. Pucha, que recién ahí reaccioné y me vi sola en el mundo, perdida como María Antonieta rumbo al cadalso y no paré, sino hasta un whisky triple a punto de saltar por la ventana de mi departamento, en el preciso instante en que llegaba Jessikah's Jesseniah's en una bomba de órdago, con una blusa mía, diciendo, "qué raro el matrimonio de la gorda Toledo, hasta al Edwin lo vi distinto". Hija, lo vi todo como en un Aleph, lo vi todo, todo, todo...Chau, chau. (Rafo León)
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