Edición Nº 1791


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    ARTES & ENSARTES 25 de setiembre de 2003
    Por LUIS E. LAMA

    La Juguetería

    A. Wagner descompone a Van Gogh para realizar un estudio de la acción del color en los ojos

    LA muestra curada por Ana María Rodrigo en la Sala Miró Quesada, amerita ser visitada por todo curador o aspirante a serlo, porque revela los riesgos de esta función.

    Toda colectiva es una exposición de curador más que de artistas y es sobre él que recae la responsabilidad de éxito o fracaso. Lamentablemente Rodrigo, quien merece todo mi respeto, ha tenido resultados fallidos en una muestra en la cual la totalidad de los artistas están bien seleccionados. Una de las causas pudiera ser la decisión de privilegiar a los nombres sobre las obras, de lo contrario no se explicaría la ausencia de, digamos, Haroldo Higa, tan identificado con el juguete, quien hubiera debido estar presente. Sin embargo, cada curador tiene el derecho de formar su propia argolla, que no es más que la conjunción de artistas con los cuales se siente más identificado. Pero la argolla puede resultar fatal. Moico Yaker, por ejemplo, es uno de los pintores que más admiro en el mundo, pero no entiendo qué hacen allí cuadros suyos que bien pudieran ser la antítesis de la propuesta. Esta objeción abarca a casi todas las pinturas, bordados, fotos y gigantografías, que revelan una descomunal confusión conceptual entre juguete, comic, manga, nostalgia y esperpento que nunca trascienden la obviedad.

    La muestra, además, permite reflexionar sobre el grado de responsabilidad del curador en el criterio museográfico. Si éste debe - o no - seleccionar el número de obras que permita ser exhibidas con un mínimo de corrección sin que se atropellen entre sí. Lamentablemente la aglomeración convierte a la muestra en una juguetería letal, donde lo único rescatable es el inteligentísimo trabajo de Patricia Bueno, proyectado en el centro de la sala, aislado del caos exterior, constituyendo un espacio de reflexión en torno a lo que la muestra pudo haber sido. Sólo allí se puede ver la perversión del juego, sus derivaciones sociales y culturales y cómo lo lúdico puede trastocarse en fatal. El video amerita largamente la visita. Su complejísima edición -que recuerda los principios del montaje de Vertov- y su banda sonora -que utiliza desde "La paloma" hasta la emisión radial de Orson Welles para "La guerra de los mundos"- le permiten crear un juego de misterios, donde la sombra es una amenaza y la muñeca una arma que nos intimida con una imagen de tamaño superior a nuestro cuerpo. Y es ante el cañón-pene que nos enfrenta, donde sólo se alcanza a comprender lo que la esforzada curadora se propuso.

    Mas allá de reparos-como exhibir por cuarta vez en menos de un año los juguetes de Fernández- es indispensable reconocer que la muestra tiene esa condición caótica que entusiasma o indigna, pero nunca aburre. Se trata en suma de un fracaso... con gloria.

    Pasaporte para un artista es ahora el principal concurso de arte que existe en Lima. Desaparecidos los de Telefónica y Phillips, es el único evento que permite a los artistas jóvenes participar con absoluta libertad disciplinaria, lo cual constituye su mayor atractivo. No estoy de acuerdo con los resultados, pero eso no tiene importancia alguna, porque aun en los concursos que he convocado nunca he coincidido con el jurado. En realidad el premio es muchas veces un accidente en medio de la duda. Más importante es participar con lo mejor de sí y mostrar lo que cada uno es capaz de hacer.

    Dos obras merecieron ganar. La primera es la de Susana Torres, quien radicaliza su Museo Neo-inka, siguiendo ese sarcástico camino de ready-mades autóctonos. Es la participación más erudita, y me pregunto si el síndrome de artista-esposa-de-crítico, que otros le achacan, no la perjudicará ante un jurado temeroso de posibles acusaciones de favoritismo que no tienen sustento alguno. Habría que decirlo de una vez por todas: Susana vale por Torres, no por Buntinx. La otra gran obra es de Alice Wagner (foto), quien lo descompone a Van Gogh en pixels y, rechazando el facilismo infográfico, los pinta con paciencia infinita, de manera que éstos sean unidos por nuestra retina para formar la imagen. Wagner estudia la acción del color sobre los ojos, uno de los fundamentos del impresionismo, hasta llegar a los postimpresionistas, y con extraordinaria inteligencia cruza las barreras pasado-presente / manual-digital para presentar la pintura de mayor nivel conceptual en la historia del concurso. Notable.

    Mucho se ha elogiado al evento y lo merece, pero discrepo de quienes pretenden encontrar allí el futuro. En realidad es extremadamente conservador. Ante el predominio de la pintura en un concurso joven, uno se pregunta si algo no andará mal cuando un evento similar, en cualquier otro país, estaría repleto de fotografías, videos, ensamblajes e instalaciones y la pintura casi ausente. No discrepamos de la hegemonía pictórica, sino de la ausencia de nuestros brillantes fotógrafos, de nuestros videastas más audaces, de los escultores y grabadores que tienen muchísimo que decir. Por eso sería indispensable que se recupere el carácter multidisciplinario original, y podamos decir que allí realmente se encuentra ese futuro que hoy se está muy lejos de avizorar.

     


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