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Edición Nº 1791 |
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Por JAIME BEDOYA
UN dilema cósmico conmociona y divide al país. Este impone una prioridad difícil de aceptar por el razonamiento promedio, pero impostergable si se quiere pensar en la posibilidad de futura decencia existencial. La medida primera de toda nación que se precie de civilizada es la persona humana, y aquí y ahora la persona humana sobre la cual la nación precisa reflexionar hasta llegar a sumirse en su esencia en busca del bien común y la iluminación de la especie, es la de Guillermo Gonzales Arica. Es decir, Willy. Queda establecida una prelación natural ante la que cualquier otro asunto debiera saber esperar. A fin de cuentas la suerte de las demandas sociales de aquellos que se fajaron por el bienestar laboral de la familia presidencial y del partido de gobierno, así como la de niños atontados congénitamente por la pobreza (por citar dos temas secundarios en la agenda del gobierno), dependen en última instancia de las implicancias de una problemática que, seamos sinceros, los sobrepasa en forma y fondo. Hablamos, en efecto, del tema Willy. Bien ha obrado aquella honesta veintena de congresistas oficialistas que dejando de lado cualquier otro deber legislativo mandado por ley, acudieron prestos a la sede misma del Poder Ejecutivo a fin de exponer sus puntos de vista sobre el asunto. Vale decir, a debatir sobre Willy. Solo imaginarse la escena de un tan atildado ex primer ministro de la República del Perú como lo fue y será Luis Solari de la Fuente disertando sobre el tema Gonzales Arica en Palacio de Gobierno, mientras un atento Presidente tomaba pulcra nota de los conceptos vertidos en busca de la epifanía salomónica, lleva al patriótico aniego de ojos. Tan sabia ocupación del tiempo de ambos poderes del Estado no hace sino corroborar la trascendencia del dilema en cuestión, Willy. Más bien cabría preguntarse qué espera el Poder Judicial, el Arzobispado de Lima, el Colegio Médico, los Perú Runners, y el Club de Leones de Jesús María para manifestarse respecto al tema; queremos decir, respecto a Willy. No es casual que los cinco columnistas políticos más importantes del país, haciendo gala de una perfecta sincronía instintiva, hayan dedicado sus respectivos espacios a la piedra de toque de la coyuntura. A Willy. Todos ellos, a pesar de sus encontrados puntos de pista, han coincidido temerariamente en algo: Gonzales Arica no tiene ya razón de ser dentro del actual poder que nos gobierna. Perdón. Lejos estoy de incluirme dentro de tan prestigiosa liga de escribas. Pero así sea el único, sin contar a Willy, que discrepa de tal hipótesis, me permito como simple contribuyente, padre de familia y ex socio del Club de la Unión, manifestar una opinión contraria. Antes que la cuestión de Estado está la cuestión humana: No los separen. Es reduccionista quedarse en la diagnosis de sobonería y sus comportamientos sucedáneos al referirse a la interdependencia en cuestión. El tema es más complejo. Es complemento sicológico al más elevado de los niveles, el de la realización personal en función del prójimo. Diluirse en el microcosmos dispuesto para complacer al soberano proporcionándole la cómoda sensación de superioridad perenne, supone una tibetana voluntad de renuncia a la individualidad. Del otro lado, guardar tolerancia afectiva hacia quien se aúna a nuestro ser catorce horas diarias con las cualidades únicas de adherencia propias de la goma de mascar, incondicionalmente presto a la orden más menuda, es un mayúsculo ejercicio de paciencia ante la invasión del espacio propio; situación sólo revertible a través de alguna de las opciones laborales que ofrece el Ministerio de Relaciones Exteriores más allá de nuestras fronteras. Hay casos históricos a favor de las virtudes de la coexistencia complementada: ¿Podría el Llanero Solitario seguir siendo tal sin la ignorada asistencia de su fiel indio Toro?1 ¿Tendría cabida en la lucha contra el crimen la modestia racional de Robin sin la subordinación a un astuto Batman?2 ¿La relación entre Robinson Crusoe y Viernes no sucede acaso entre dos sobrevivientes en una suerte de Punta Sal ficticio? ¿Passepartout, el mayordomo de Phileas Fogg, hubiera conocido el mundo en 80 días de no ser un profesional de la servidumbre? O finalmente, ¿los planes de Cerebro por conquistar el mundo que en aras del argumento Pinky sabotea involuntariamente, no son acaso una precisa metáfora de la sinergia intelectual entre el Presidente y Willy? Tal como el bebe y su frazadita, uno no debe existir sin el otro. Déjenlos ser. ___________ 2 Que alguien expulsado de la Universidad Católica llegue a las alturas del poder es poderoso argumento en contra del exitismo académico, luz de esperanza para el joven peruano sin cartón que colgar.
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