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Edición Nº 1793 |
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Primavera LIRICA Se inicia la temporada de ópera con la diva española Teresa Berganza, continúa con la Novena Sinfonía de Beethoven y se cierra con Rigoletto que además viene con concurso y premio. ESCENOGRAFIA espectacular, trajes sugerentes, voces refulgentes, locaciones exóticas e historias cautivantes. ¿Cómo es posible que la suma de todo ello pueda resultar aburrido? Nada más que por los prejuicios. Y es que a pesar de que las óperas (o parte de ellas) son más familiares de lo que se piensa (muchos comerciales de TV y diversos programas cómicos suelen interpretar arias), la mayoría del público se ha quedado con la imagen de la señora gorda cuyo canto esforzado y extranjero anuncia la inevitable tragedia. Sin embargo, este arte ofrece una variedad y riqueza que de ningún modo se agota en esa fallida imagen y que además siempre estuvo dirigida al gran público. Por eso tenían la repercusión que hoy puede tener un es- perado concierto de rock o una película popular presentada en un festival de renombre. Era la oportunidad de encontrarse con sus admiradas estrellas y de escuchar sus temas favoritos. De hecho -como lo señala el divertido libro "Opera" de David Pogue y Scott Speck (Norma, 2002)- cuando Verdi estrenó "Otelo", el enfervorizado público lo ovacionó de pie, lo cargó en hombros para llevarlo a su hotel y luego le dio una serenata a la luz de su ventana. Y es que desde su génesis cuando los griegos desarrollaban versiones dramáticas de sus mitos religiosos y luego cuando tomó su forma definitiva en el Renacimiento italiano, esta grandiosa combinación de diversas artes cobijadas en un escenario se mostró como una recreación desbordada de los miedos, vicios y virtudes de los hombres.
Ahora, algunos añitos después y en una ciudad llamada Lima, continúa su poderosa estela musical gracias a Prolírica, quienes nos anuncian la llegada de Teresa Berganza, que luego de hechizar la Opera de París y de Viena, la Scala de Milán, el Convent Garden de Londres, la Opera de Roma y el Metropolitan de Nueva York, nos cantará sin cobrar un real gracias a las operáticas gestiones de Luis Alva. Sus admiradores, que no son pocos, la señalan como algo más que una mezzosoprano, porque ha forjado un canto, una prestancia y un estilo en escena que la hacen virtuosamente diferente y singular. Pero eso no es todo, pues aprovechando que en enero de este año la Unesco declaró a la Novena Sinfonía como Patrimonio Cultural de la Humanidad, se presenta la última y más laboriosa obra compuesta por Beethoven. La historia dice que desde 1792 quería ponerle música a la Oda a la Alegría de Schiller. Sin embargo, es recién en 1823 cuando logra darle forma definitiva. En el estreno, Beethoven fue el único que no pudo oír los abrumadores aplausos, lo que no impidió que las lágrimas brotaran naturalmente de su rostro al ver la admiración y el respeto de los presentes. ¡Que se repita!
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