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Edición Nº 1793 |
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QUIZÁ un poco tarde, pero no quiero dejar de adherirme al texto que mi amigo José Rodríguez Elizondo escribió para conmemorar los treinta años del derrocamiento sangriento y cruel de Salvador Allende. Ya sé que la historia ha sido ya escrita y que ha juzgado los hechos, incluyendo las responsabilidades de los militares golpistas, y sobre todo de Pinochet, y también las de los propios partidarios de Allende, que socavaron su régimen. Pero sobre todas las discusiones sobrevive, con todos sus errores, la figura paradigmática de Allende y su hermoso discurso final en el que predice que "otros hombres superarán este momento gris y amargo", y así ha sido; y también que "se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor", y así ha sido. El lunes leí en Internet una columna de un diario de Lima que afirma que, en una reunión de una embajada, conversando con el embajador, "el (primer) mandatario estaba tan enganchado con la conversación que hasta habría perdido la cuenta de los whiskies que se tomó. Algunos chismosos aseguran que no fueron pocos." Me pregunto: ¿eso es periodismo?. ¿Para eso sirve la libertad de prensa?. ¿En caso de ser cuestionado, el periodista autor de dicha afirmación, podría responsabilizarse de ella He atravesado en mi vida dos etapas absolutamente distintas en mi vieja relación y entrañable relación con los libros: la primera, aquella en que subrayaba todos aquellos párrafos, sentencias o pensamientos que me parecían trascendentes y que merecían ser recordados. La otra, la actual, en que mi atavismo por sus páginas, el respeto al negro sobre blanco de los textos me inhibe de hacerlo, para no dejar en ellos mi marca, el tatuaje de mi lectura. Para reemplazar eso, a veces, para volver a las páginas que más admiro y a las que querré volver, dejo pequeños papeles doblados que sobresalen, como señal para volver. Creo que, sin embargo, ese es un error, porque muchas veces que he retornado a libros a veces sacados casualmente de mi biblioteca (la pequeña parte de ella que pude traer a Madrid), descubro cosas que he olvidado y rescato libros que no me acordaba haber leído con tanta fruición como para remarcar lo que de ellos me gustó alguna vez; pensamientos que me conmovieron, poemas verdaderos, ideas que admiré. Gracias a esos subrayados a mi memoria vuelven muchos libros que creí haber olvidado, o que casi no recordaba. La memoria es frágil, pero el subrayado que hice alguna vez la activa. Desde hace tiempo estoy en contra de los disturbios, no importa el lugar ni el país donde se produzcan. Con una primera, y ojalá que última salvedad: aquellos que protagonizaron (¿y será que siguen protagonizando?) los mineros y el populacho boliviano que protestan en contra de que el gas de su país salga por Chile. Será un comportamiento convenido de mi parte, si se quiere, pero no negarán que patriótico. Hay buenas personas en el mundo, gracias a Dios, como aquella lectora de mi página que vive en Holanda que, luego de mi confesión de que extraño hacer tres veces por semana el Geniograma, me lo envía por correo electrónico (la misma vía por la que le llega a ella), y también esa persona que creo no conocer que lo hace de vez en cuando utilizando la valija diplomática, incluyendo páginas de diarios y revistas que no me llegan usualmente. Gente que se apiada de los necesitados, propiamente. ¡Benditos sean! El problema palestino israelí se aleja cada vez más de una solución, agravado día a día desde que Ariel Sharon asumió el poder y alimentado también por la criminal, sangrienta e indiscriminada violencia de los grupos ultras palestinos que parecen tener el hasta ahora exitoso propósito de hacer imposible la paz. El odio de Sharon por Arafat, al que amenazó con el asesinato o la deportación, parece, dicho sea de paso, haberle salido como tiro por la culata, porque obtuvo a cambio la solidaridad internacional para con su controvertido enemigo mayor. Es que el odio no es buen consejero. Los comentarios que he recibido en relación con algunos de los párrafos que escritos desde Madrid me han hecho descubrir la idiosincrasia de algunos peruanos, cuyas reacciones no dejan de sorprenderme. Como ese que pareció molestarse -o sentirse incluido- por mi observación de la notable afición por la lectura de los madrileños, comprobada por mí en los numerosos recorridos que hago en ómnibus -autobús lo llaman aquí- y en metro. Esa afición es cierta, aparte de ser notable -al punto que casi me he topado con gente que lee mientras camina por la calle. El lector a que me refiero pareció haberse enfadado conmigo, como si lo hubiese insultado a él o al pueblo peruano que no puede, por razones evidentes, leer en un micro o una combi. Que yo advierta que los españoles lean no significa que desprecie a quienes, en mi país o cualquier otro, no pueden o acostumbran hacerlo. Asimismo, un lector que vive en Barcelona se enoja por mi comentario acerca de lo bien que podan aquí a los árboles, diciendo que, claro, eso sucede porque los que lo hacen en Madrid cuentan con todos los implementos necesarios. ¡Pero, evidente Dr. Watson! Lo que esta página pretende es influir en las autoridades municipales limeñas para que proporcionen lo mismo a sus jardineros, previa solicitud de apoyo a organismos de cooperación internacionales. Para eso no necesita escribirme denigrando a una tan bella ciudad como Barcelona. Otra lectora sui géneris es esa que se molesta porque comento acerca de la extraordinaria acogida de la muestra de Diego Rivera en Madrid, llegando inclusive a negar el indudable eco con el que la ha acogido la prensa local. Otro se molestó, porque dije que no había visto, en todo el verano, ni una sola cucaracha, ni aquí ni en Sète, Francia, que es un pequeño puerto pesquero y vitivinícola francés. ¡¿Y, qué quiere, que entremos en una polémica a ver qué ciudad tiene o no cucarachas?! No me quejo de esas cartas que comento, que más bien agradezco porque son de gente que lee esta página. Pero me dan la impresión que algunos peruanos que viven en el extranjero padecen de stress. O que pertenecen a algún partido político del cual no soy muy afecto. Paranoia mía ... claro.
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