Edición Nº 1793


 

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    ARTES & ENSARTES 9 de octubre de 2003
    Por LUIS E. LAMA

    Caramelo Amargo

    EN 1956 el inglés Richard Hamilton haría un collage que pasaría a la historia: ¿Qué hace al hogar de hoy tan diferente, tan atractivo? En él Hamilton pegaba imágenes de muebles y electrodomésticos, una vedette con una lámpara de sombrero, una lata de jamón colocada como escultura, el recorte de un comic exhibido como enorme cuadro, y en el centro un hombre agarrando una pesa en forma de caramelo cuyo envoltorio decía POP. El cuadro no era inocente. El caramelo a la altura del pene fue el origen del nombre asignado al arte Pop.

    47 años después Giancarlo Scaglia (ver foto) hace una revisión un tanto "hardcore" de Hamilton, crea una página Web y toma fotos estilo Testino para promocionar su marca, que sintomáticamente llama SUVERSA. Es obvio que lo de Scaglia es antítesis de lo "fashion", que no pudiera traducirse simplemente como ropa de moda, sino como una actitud de estar al día en cuanto a novedades se refiere, lo que poco tiene que ver con el concepto de arte.

    Para muchos teóricos vivimos la época del fin del arte. En los años 60 también la vivimos, pero el arte, como Jesucristo, resucitó. Sin embargo no entiendo bien estos tiempos post mortem en los que todos concuerdan que durante los últimos 15 años se ha hecho más arte que en cualquier periodo de la historia. Para teóricos como Danto -sí pues, mi Papa- lo que en realidad ha caducado es una cierta forma de contar la historia del arte como una secuencia progresiva de rupturas y descubrimientos. Esto hace, por ejemplo, que la crítica de arte sea cada vez más compleja porque ya no es más correcto censurar obras por no estar al día, o no "superar" al arte anterior: "En este Período afrontamos el futuro sin contar con un relato del presente. Vivimos en la posteridad de un relato que ha terminado y, aunque su recuerdo sigue coloreando el presente, resulta cada vez más claro que el relato occidental otrora dominante va perdiendo su fuerza sin que haya sido reemplazado por nada".

    Son tiempos confusos para intentar definir qué es arte. Si visitamos por ejemplo a Casa Cor -lo que no recomiendo- encontramos que la decoración, a la que considero el arte del espacio, ha sido abordada por nuestros profesionales de manera... alucinatoria, estableciendo una incalificable confrontación entre arte y artefactos allí ubicados. El esfuerzo de Casa Cor es respetable, pero le urge asesores que permitan unificar criterios en torno a las artes visuales, para evitar -perdonen, no encuentro palabra más correcta- que la basura exhibida sea tan agresivamente ofensiva. Por supuesto que hay excepciones: Reclinada en la repisa de una cocina hay una gran obra de Polanco, sobre la cual colocan notas y fotografías que ocultan la parte inferior del cuadro. Junto a la jabonera del baño del criador de caballos, cuelga una pintura de tres Claudia Coca, vestidas de rojo, blanco y rojo, como la bandera. Pero debajo de ellas también hay tres toallas, roja-blanca-roja, complementando el ritmo del cuadro. Difícilmente podría encontrarse un mejor ejemplo para la definición de Kitsch.

    Hay espacios exuberantes, como el de la coleccionista. Tiene buenas piezas, pero su carácter escenográfico lo convierte en un inhabitable panteón. El cuarto de la artista digital está decorado con pinturas que lucen de los años 50, y el del curador es una cachetada a los que pretendemos trabajar en este oficio. Es una infamia que no debería de quedar impune.

    Me encantan las modelos. Suelen ser bellísimas y las que conozco son profesionales serias, respetables e inteligentes. Sin embargo las habitaciones dedicadas a ellas lucen como una atornasolada discoteca prostibularia o una versión tecno de las Suites de Barranco, revelando los prejuicios que se tienen contra un trabajo que, en lo que a mí concierne, es una de las pocas cosas que me reafirman el placer de estar vivo aquí y ahora.

    Conocí a Thomas Crow, director del Getty Research Institute, en un ciclo de conferencias sobre vanguardias, arte popular, y las aparentes dicotomías entre elites y democracia. Ahora la excelente AKAL acaba de editarle "El arte moderno en la cultura de lo cotidiano" donde reitera su convicción: "El juicio crítico no es un hecho arrogado injustamente por una elite que sólo se contempla a sí misma, sino algo ejercido, la mayoría de las veces de forma despiadada, por aquellos trabajadores que diseñan lo último en materia de seducción visual, que tocan machaconamente los ritmos más nuevos, que hacen más intensa la maquinaria de la distracción. Ellos tienen sus propios cánones de los que son los genios y las obras maestras, frente a los cuales se mide siempre la práctica corriente. Sin esa presión para superarse y esos estándares de distinción mantenidos con tanto celo, la vanguardia nunca habría podido encontrar un punto de apoyo firme en ninguna de las artes populares".

    Y en esta confrontación entre arte y (pos) modernidad es donde se debate ese caramelo amargo que es Casa Cor. Su esforzadísima actividad social podrá merecer un 20 de nota, digamos que en la revista Cosas, pero en lo que al arte se refiere tienen cero en conducta.

     


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