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Edición Nº 1794 |
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La Paz en Guerra El drama de Bolivia
inquieta a América. Tanto, que el presidente Toledo llamó
desde París al presidente Gonzalo Sánchez de Lozada y pidió
que el Grupo de Río, que él preside, se pronunciara en pro
de la restauración del orden constitucional dentro del respeto
a las normas del estado de derecho. Así se hizo. Entretanto, la
muerte ha ensanchado el abismo entre el pueblo boliviano y sus gobernantes.
No se vislumbra aún el desenlace.
LA matanza de 25 civiles y un soldado el domingo último en El Alto, doce kilómetros al oeste de La Paz, abrió un nuevo capítulo en la convulsión que atormenta a Bolivia. Ese episodio en que cientos de soldados abrieron fuego sobre una multitud desarmada trae el recuerdo de masacres que en el siglo XX castigaron a Bolivia y a muchos otros países de América Latina. El domingo trágico se produce luego de casi cinco semanas de ininterrumpida violencia popular, que se inició como protesta por el intento de sacar el gas de Tarija por puerto chileno y se transformó luego en reclamo de que el gas no se exporte, sino que se procese en el interior del país. La matanza del domingo cambia la naturaleza de la crisis. El presidente Gonzalo Sánchez de Lozada, que ordenó mano dura contra la multitud levantisca, armada de palos y piedras, sufre ahora las consecuencias de su actitud. Este lunes, según lo informó el diario La Razón de la capital boliviana, la consigna de los vecinos de El Alto había cambiado: "Ahora queremos que renuncie el Presidente. No vamos a negociar sobre la sangre de nuestros hermanos". El mandatario ha respondido, por su parte, que no va a renunciar, y que va a emplear la fuerza para aplastar lo que él llama sedición y hasta intento de golpe. Considera que eso es lo único que cabe para defender la democracia y la institucionalidad. La dureza de Sánchez de Lozada no ha tenido buen efecto interno hasta ahora. Por lo pronto, el vicepresidente Carlos Mesa anunció su retiro del Ejecutivo, y cuatro ministros han hecho lo mismo. Sin embargo, el Presidente ha recibido el respaldo de la OEA, del Grupo de Río (presidido este año por el Perú) y del bloque mayoritario de su gabinete. Diversos sectores de la sociedad boliviana se han sumado al pedido de
renuncia del primer mandatario. Sindicatos obreros, organizaciones campesinas,
comunidades indígenas, se lanzan al enfrentamiento contra el régimen.
También en ese sentido, la historia parece repetirse en Bolivia, el país que en 1952 suprimió al ejército, después de que éste había sido derrotado por los dinamitazos de los mineros del estaño y los obreros fabriles de La Paz. Estos se alineaban entonces en el Movimiento Nacionalista Revolucionario, el MNR al que pertenece Sánchez de Lozada. En la época en que el MNR se apoderó del poder mediante una insurrección, su programa era la reforma agraria y la nacionalización de las minas. Un ideario que el partido, y más que nadie Sánchez de Lozada, dos veces Presidente de la República, ha desechado desde hace décadas. EQUILIBRIO INESTABLE Palacio Quemado, la sede política del gobierno de Bolivia, tiene una tradición trágica. En estos días, ha sufrido diversos ataques de la multitud enfurecida. El lunes 13, de madrugada, el presidente Sánchez de Lozada salió de allí en ambulancia, no porque estuviera herido, sino para evitar que lo reconocieran. Ya en condiciones de seguridad ha procedido a confirmar que no va a renunciar al mandato que el pueblo le otorgó. La verdad es que las encuestas más recientes daban sólo nueve por ciento de popularidad a su régimen. Aún así, seguía siendo el gobierno legal de Bolivia. Esto explica por qué la Organización de Estados Americanos le ha dado su respaldo en aplicación de la Carta Democrática Interamericana (CARETAS 1740). El artículo 17 de ésta permite a un gobierno democráticamente elegido, con problemas de gobernabilidad, recurrir a la OEA para que la acción interamericana le permita preservar la institucionalidad y buscar salidas democráticas. Esto último implica, necesariamente, el diálogo, una posibilidad
por el momento anegada en sangre. El lunes, después del respaldo
de la OEA, murieron otros veinte bolivianos. El martes, se han sumado
seis nuevas muertes.
Sánchez de Lozada parece mandado hacer para las circunstancias. Es terco y seguro de sí mismo. Eso puede ser bueno, pero también puede resultar contraproducente. La periodista mexicana Alma Guillermoprieto, que ha trabajado para el diario inglés The Guardian y para el Washington Post, describe así, en su libro Al pie de un volcán te escribo (Editorial Norma 1995), al mandatario: "Hay muchas razones de peso por las que Sánchez de Losada no debería ser nunca presidente, y él las enumera con placer perverso. Primero está la cuestión de su acento: resulta que su padre, un diplomático de izquierda, vivió con su familia en Estados Unidos -primero como diplomático y después como exiliado- desde que Goni tenía un año, y como Goni no volvió a Bolivia hasta que tuvo 21 años, y como no tiene oído, habla español con lo que parece la parodia de un acento gringo, y también comete errores gramaticales, que disfruta contando a los demás. Luego está la cuestión de su actitud: piensa como gringo, privilegiando la eficiencia y los resultados por encima de las tradiciones históricas". Cuando la autora habló con él sobre los despidos masivos de mineros, el Presidente explicó: "tendría que haber sido una operación quirúrgica, pero se hizo con cuchillo de carnicero". Palabra esta última que cobra acento siniestro después de las matanzas que han ensanchado el abismo político, social y cultural que divide a Bolivia. Cuando cerramos este texto, resulta imposible prever cuál será el final de este capítulo en la historia de Bolivia. Hay que desear que no continúen hablando las balas y que la paz retorne a La Paz. (César Lévano).
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