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Edición Nº 1794 |
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De Laredo a Sevilla
Escribe EDUARDO CHIRINOS (*) COMPAÑERO de ruta de los jóvenes airados de los setenta, José Watanabe (Laredo, 1946) mantuvo siempre una independencia estética que lo convirtió desde su primer libro (ALBUM DE FAMILIA, 1971) en un poeta "insular". Esta insularidad, sin embargo, no lo excluyó de las propuestas más radicales de Hora Zero y Estación Reunida (grupos que entonces capitalizaban la idea del quehacer poético). Apagados los fuegos de una poesía en la que convivía la más desaforada confesión personal con el registro de la violencia urbana y su rumor de voces emergentes, José Watanabe decidió que era hora de publicar. Luego de un silencio de dieciocho años, apareció El huso de la palabra (1989) al que siguieron Historia natural (1994), Cosas del cuerpo (1999) y Habitó entre nosotros (2002); libros que le bastaron para convertirse en el poeta más emblemático de su generación sin perder su merecida condición de "insular". Esta paradoja sustenta su personalidad poética, la misma que fue anunciada en 1970, cuando el hijo de un inmigrante japonés que leía haikús y trabajaba en una hacienda cañera al norte del Perú ganó el Premio Poeta Joven con un libro titulado Álbum de familia (1971). ¿Por qué, hoy por hoy, Watanabe es el más importante punto de referencia para los jóvenes poetas del Perú? Ni la amistad ni la comunidad de experiencias con sus compañeros de ruta están en condiciones de explicarlo (él mismo ha confesado con humor que si no firmó los manifiestos de Hora Zero "fue porque quizás estaba con gripe"). La respuesta debemos encontrarla en el silencioso y complejo tejido que hilvanan sus palabras, en la solitaria pasión que a pesar del escepticismo se atreve a apostar por la trascendencia. Contra el lugar común que quiere ver en los poemas la exaltación del vitalismo espontáneo y la inspiración del instante, Watanabe no teme exhibir el obsesivo trabajo que suponen. Lo sorprendente es que esta exhibición (hecha con el mismo pudor y la misma dignidad con la que cuenta los hechos más personales) consigue convencernos de que cada una de sus palabras es irremplazable porque no puede sino estar allí, porque su presencia borra las huellas del trabajo que costó invocarla. Esta última observación funciona como el motor de su sistema expresivo: muchos de los poemas de Watanabe tienen como tema las dificultades del proceso de escritura. Pero allí donde otros se rinden a la queja ante la imposibilidad del decir, Watanabe nos ofrece la dimensión de su mirada. Una mirada adiestrada en los paisajes del norte del Perú, en los oscuros movimientos del cuerpo, en la permanente lección de los animales. En su poesía el silencio está al servicio de la palabra y la descripción al servicio de la reflexión, de allí la sensación de sentirnos partícipes de un ojo meditativo que sabe extraerle a los hechos más cotidianos su oculta condición de parábola universal. Esto último cobra particular relevancia en Habitó entre nosotros, libro que en apariencia se aparta de las reflexiones que definen sus volúmenes anteriores, pues cuenta nada menos que la historia de Cristo, desde su nacimiento hasta el descenso de la cruz. Es en este libro excéntrico donde hallamos el sustento ideológico de las parábolas que recorren de norte a sur la obra de Watanabe. Lejos de una recreación piadosa de la pasión de Cristo, estos poemas proponen una reflexión poética (y por lo mismo más popular y más humana) que se solidariza con su mayor deseo: el que la palabra poética sea la palabra de todos. (...) Hay poéticas que eligen condensarse para ganar en hondura y, de paso, arrojar sombras. La de Watanabe es una de ellas: aprendida la lección estética y moral que le impartiera su padre "quien le "traducía, en medio del pleito de pollos y patos del corral, los poemas de Bashó"', aprendida la lección de Mallarmé `quien asumía en la destrucción a su Beatriz', la poesía de Watanabe discurre entre la visión de un ojo atento al mundo y el registro de una mano amable y censora que refrena el exceso y controla severamente cualquier desborde. Esto último podría dar la errónea impresión de que se trata de una poesía que apuesta por el control expresivo, cuando lo que hace es poner respetuosamente en escena aquellas experiencias íntimas que reclaman en voz baja nuestra complicidad. _________
Geometría Concreta SI aceptamos que la creación es un descubrimiento, entonces también debemos decir que ese proceso está plagado de incertidumbre. Paso a paso, ésta va cediendo para transformarse en una certeza que a fuerza de insistencia intentará convencer al receptor. El producto de ese convencimiento (esa verdad) es la que Javier Aldana nos presenta en "Continuidad Escultórica", muestra donde el fierro, granito y la cerámica abandonan lo figurativo para intentar atrapar estados de ánimo a través de una geometría particular que se esboza a medida que se descubre. Así, la exposición se conforma por 7 piezas en las que el fierro abraza al mármol, otras 6 donde a través del granito se nos muestra una textura íntima y, finalmente, 30 pequeñas obras de cerámica en las que detalles en azul refulgen en la mirada.
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