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A ver, hija, con qué te quedas: la denuncia
de Risco contra la discriminación racial de la que es víctima
en el Congreso o, pucha, la dignidad ofendida con la que el porcino
del Alan García reaccionó cuando Madame Carrot le
dijo lo que le dijo (que me da pavo atroz repetir). Cuando le
planteé el dilema a Maripí en la mesa del café
en el Country, pucha, me miró como si Einstein le estuviera
tratando de explicar la diferencia entre la teoría de la
relatividad y la de los quanta y me contestó, "China, he
venido a relajarme porque estoy estresadísima y no para
que me hables cojudeces antropológicas". De modo que lo
dejé ahí y nos mandamos con un chisme sobre la depre
que le ha dado a Raúl Modenesi ahora que le cerraron el
Costa Verde y bueno, concluimos en que era lo mejor que podía
haber pasado (no lo de la depre, no seas mala, sino la clausura
del restaurante) porque últimamente ya no veías
ahí a nadie, a nadie, pues, yo sé que tú
me entiendes.
Bueno, en esas andábamos, disfrutando del
último lugar en Lima donde puedes seguir sintiendo la continuidad
de la historia (o al menos eso creíamos) cuando en eso,
qué crees: se abre la puerta de vidrios y entra una especie
de horda paleolítica que para comenzar, arrasó con
la mesilla rodante de los postres. Hija, cuando vi a Doris Sánchez
metiéndose a la boca con la manito una porción entera
de crocante de lúcuma mientras a Garavito le colgaba una
fresa de las comisuras de la bocota, pucha, me empezó a
doler el brazo derecho y le dije a Maripí que esperara
un ratito, que me iba al baño a acomodarme el infarto.
Por supuesto que en el baño lo que me vino fue un ataque
de llanto de tal magnitud que agoté los kleenex y el papel
higiénico y cuando estaba en plena sobadera de nariz entran
dos peruposibilistas a retocarse el maquillaje y eso ya fue demasié
para mí: con lápiz Faber se pintoneaban las cejas
y se ponían chapas de unas polveras que te juro, o sea,
las colocabas sobre un pedestal en la galería de la Municipalidad
de Miraflores y ya tenías una muestra sobre la post modernidad,
el mundo andino y los desgarrones de nuestra identidad cultural,
casi privo.
Encima, chola, faltaba el cherry del pastel: don
Pachi recién bajado de Asia, con más cara que nunca
de pan de ayer, o sea, entrando al café cual Toparpa reivindicado
por la historia gracias a la derrota de los chancas, no sabes
lo que era. Ante semejante espectáculo, hija, yo comencé
a sentir por dentro una cosa rarísima, que nunca antes
me había pasado. Era como una necesidad de hablar fuerte,
pucha, de hacer sentir mi conflicto intercultural regio, ¿ya?,
sea como fuere, y entonces, o sea, mientras Pachi en su mesa se
mandaba con una perorata tipo "Ho vonodo o onstolor lo poz o lo
concordio on ol corozón do nuostro orgonozoción
portodorio", pucha, yo por mi lado me trepé a la mesa,
me clavé la servilleta como gorro frigio en la cabeza y
con una Maripí que si abría un poco más los
ojotes se la llevaban al frente para que conviva con los delfines
del hotel; pucha, comencé a gritar mi verdad.
"¡Tolerancia, cuántos crímenes
se cometen en tu nombre", arranqué casi en francés,
no sabes, "porque si no es tolerancia lo que una debe tener por
toneladas para aguantar que ese mundo, que pucha, siempre estuvo
al frente, ahora se meta hasta a los predios de mis ancestros,
entonces de qué estamos hablando. ¿Acaso yo me he
ido a zampar a sus clubes interprovinciales a comer chiuruchi
sin que me inviten? ¿Alguien podría acusarme, pucha,
de haber invadido con mi presencia occidental y cristiana, los
universos mágico religiosos de los que ustedes provienen?
Entonces, si cada uno tiene su lugar en este mundo, establecido
por la historia con minúscula y la Historia con mayúscula...¿qué
carajo hacen en el Country Club, me pueden explicar?"
Hija, cómo te explico que Pachi se clavó
al hilo tres blues dobles y a pelo, mientras Waissman se despeinaba
como un estropajo de cine de barrio, no sabes lo que era. Por
supuesto que bajó el administrador, el gerente, la relacionista
pública y la mamá de Tarzán pero nadie podía
contener mi grito de rebeldía; qué hermanos Gutiérrez
ni niño muerto. El asunto terminó cuando la pendeja
de la Sánchez se le acercó en secreto a Pachi y
parece que le dijo quién era yo. Pucha, tendrías
que haberlo visto de color blanco por primera y última
vez en su vida. "Vómonos do ocó quo so Oliono so
ontoro quo ho ostodo bojo ol momo tocho con lo Chono Todolo, moñono
solo o docloror sobro lo órobo o lo quo so torobo Olon
Gorcío o mo popolorodod bojo o monos coro": y así,
sin más ni más, pucha, desaparecieron los migrantes,
hija, pero dejando el local como el Coliseo un domingo a las seis
de la tarde. Maripí zafó apenas pudo, y yo terminé
sola, desgarrada, expoliada, rendida, frente a un arete que había
dejado Celina Palomino con el apuro y es tan feo, hija, tan pero
tan feo que qué más te puedo decir. Chau, chau.
(Rafo León).
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